Bhutto asesinada, Pakistán en caos.

Bhutto, de 54 años y quien fuera la primera mujer en gobernar un estado islámico, recibió un disparo en la nuca y otro en la espalda antes de que el terrorista suicida hiciese estallar su carga en un parque de Rawalpindi, cerca de Islamabad, en el que acababa de celebrarse un acto electoral. Sus restos fueron trasladados por la noche desde el hospital de Rawalpindi hacia una base aérea militar para ser llevados a su ciudad natal de Larkana. Allí será sepultada hoy junto a los restos de su padre, Ali Bhutto, que también fue primer ministro paquistaní.

El presidente paquistaní, Pervez Musharraf, decretó tres días de luto nacional calificando el acto de «inmensa tragedia», y pidió a las fuerzas armadas mantenerse alerta de posibles nuevos atentados. «Esto es obra de los terroristas con quienes estamos en guerra», expresó. No se decidió nada sobre una posible postergación de las elecciones, a la que dirigentes opositores ya anunciaron que boicotearán.

La muerte de Bhutto es además el corolario de un año terrible para Pakistán. El aumento de la acción de los extremistas provocó la muerte de unas 800 personas por atentados suicidas. La bala que terminó con la vida de la líder opositora también hizo trizas la que muchos pensaban -sobre todo Estados Unidos, que aún considera a Pakistán como un aliado contra el terrorismo- la única esperanza en salir de esa situación: una alianza Bhutto-Musharraf.

El magnicidio fue condenado por dirigentes de todo el mundo, que hicieron además un llamamiento a la calma y advirtieron contra las tentativas de desestabilización de la potencia nuclear.

El atentado ocurrió cuando Bhutto se desplazaba desde la tribuna hacia su vehículo. Según los testigos, se oyó un disparo antes de la explosión, y luego el pánico: una multitud tratando de huir entre miembros mutilados, pedazos de carne y charcos de sangre.

Gravemente herida, la dirigente opositora fue inmediatamente trasladada a un hospital, donde falleció poco después. Su médula espinal estaba destrozada; esa fue la principal causa de la muerte.

El drama ocurrió dos meses después de su regreso a Pakistán tras ocho años de exilio y 15 días antes de las elecciones legislativas y provinciales del 8 de enero. Entre los muertos figuran el kamikaze y al menos 20 de los asistentes al acto, mientras que otras 56 personas resultaron heridas.

Bhutto ya había escapado a un primer atentado suicida el 18 de octubre pasado en Karachi, inmediatamente después de su regreso al país tras seis años de exilio. En ese ataque, en una manifestación del partido de Bhutto, dos kamikazes provocaron la muerte de 139 personas que celebraban el regreso de la ex primera ministra.

Extremistas. El ex primer ministro y dirigente opositor paquistaní, Nawaz Sharif, exigió la dimisión de Musharraf para «salvar a Pakistán» y llamó a una huelga en el país. Anunció que su partido boicoteará los comicios. «Exijo que Musharraf abandone el poder antes de 24 horas», dijo en rueda de prensa antes de culpar al jefe de Estado paquistaní de ser la causa «de todos los problemas que enfrenta el país».

El atentado siguió a un tiroteo que, horas antes, se había registrado en una concentración de partidarios de Sharif, también en Rawalpindi. Tres activistas de la Liga Musulmana-N de Sharif murieron y siete quedaron heridos cuando un grupo de hombres armados abrieron fuego con fusiles AK-47 sobre la multitud que esperaba a Sharif, quien se encontraba todavía a varios kilómetros del lugar del suceso.

Cuatro personas murieron en los disturbios que siguieron al atentado en ciudades como Lahore, Peshawar (noroeste), Karachi (sur) y Multan (centro).

Hasta el momento el atentado no fue reivindicado, pero recientemente Bhutto había acusado a los servicios secretos de Pakistán de intentar asesinarla y aseguró que había recibido amenazas de muerte de grupos islamistas incluyendo la red terrorista Al Qaeda.

El primer ministro interino paquistaní, Mohammedmian Soomro, apuntó a la autoría extranjera, refiriéndose probablemente a Al Qaeda, cuando prometió «aclarar el complot» contra Pakistán.

Hay quienes apuntan concretamente al dirigente talibán Bailtullah Mahsud, un hombre que ya fue acusado de una serie de ataques que causaron una decena de muertos este año.

Mahsud ya había amenazado varias veces a Bhutto con matarla si volvía de su exilio para participar de las elecciones de enero. Y su hermano, que se había convertido en uno de los principales líderes de los talibanes después de ser liberado de la cárcel estadounidense de Guantánamo, en Cuba, se inmoló en julio pasado para evitar ser capturado.

En las horas posteriores se especuló con la posibilidad de que el presidente Musharraf decida volver a imponer el estado de emergencia, que había levantado recientemente.

Antes del atentado, durante su discurso partidario, Bhutto había acusado a Musharraf de la violencia y la «tensa» situación que vive el país y le instó a dar respuestas a la ciudadanía. Comentó que «toda» su familia se había sacrificado por la «causa» de la democracia y pidió al pueblo paquistaní que le ayude a «acabar con el terrorismo».

Los simpatizantes de Bhutto salieron furiosos a las calles de Karachi tras el asesinato. Hubo disparos a la policía, quema de neumáticos y automóviles. En el hospital donde se constató la muerte de la dirigente, se escucharon cánticos contra Musharraf, al que tildaron de asesino.