Bush empieza a quedar en soledad en la Casa Blanca

Hoy la gente y funcionarios golpean las puertas de la Casa Blanca para despedirse. Una ola de renuncias se suma cada día para dejar más solitario a George W. Bush. Y la mayoría de los alejamientos no son en silencio, pequeños o grandes escándalos rodean la salida en tropel de los asesores.

La impopularidad del gobierno se inició con la ocupación de Irak, que exhibe, en cuatro años, 3.300 soldados americanos muertos y miles de heridos y decenas de muertos y heridos civiles iraquíes, víctimas de los atentados suicidas.

Los negativos resultados de esa guerra en Medio Oriente precipitaron la derrota electoral del oficialismo, que perdió la mayoría absoluta del Congreso en manos de los demócratas.

Fue después de este episodio en las urnas, sumado a sondeos de opinión cada vez más bajos para George W. Bush, que cayó el primero de los «halcones», uno de los conservadores de línea dura que rodean al presidente. El ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, sin prestigio en la gente, ni en las fuerzas militares, presentó renuncia.

Y el segundo «halcón» acaba de caer o por lo menos viene tropezando escaleras abajo. Paul Wolfowitz, cuestionado éticamente por ordenar aumentos indiscriminados e ilegales a su «amiga», funcionaria del Departamento de Estado, suplicó ante el resto del directorio ejecutivo una decisión justa para mantenerse en la presidencia del Banco Mundial.

Pero sólo George W. Bush dio claro apoyo a Wolfowitz, más fríamente lo sostuvieron Japón, Canadá y algunos países africanos, representando algo más del 30% del capital accionario del organismo internacional. El resto, principalmente Europa y América Latina en pleno, vehementemente reclamaron su dimisión.

Wolfowitz, que hasta fines de 2004 figuró como segundo de Rumsfeld, fue el arquitecto de la invasión de Irak. Cuestionado al quedar en evidencia que Saddam Hussein carecía de armas de destrucción masiva , el pedido de «su cabeza» no demoró y Bush aceptó la renuncia, aunque no lo dejó ir demasiado lejos, lo trasladó a la presidencia del Banco Mundial, en marzo de 2005 .

Y el «halcón» más poderoso, el vicepresidente Dick Cheney, sostenedor hasta hoy de la guerra en Medio Oriente, defensor de las escuchas telefónicas y electrónicas ilegales y de la existencia de las prisiones clandestinas y de los métodos severos de interrogatorio, también está en la «cuerda floja», acosado por bajísimos sondeos de opinión y legisladores demócratas que exigen su renuncia.

En la jornada de ayer nuevos nubarrones surgieron sobre la Casa Blanca. El senador republicano Chuck Hagel, uno de los hombres de confianza de Bush en el Parlamento, sumó su voz a la de otros republicanos, entre ellos el candidato presidencial John McCain, y al pleno demócrata, pidiendo el alejamiento del ministro de Justicia, Alberto González, amigo y asesor clave del presidente, por haber separado del cargo a ocho fiscales por razones estrictamente políticas.

Datos oficiales informan que en los últimos seis meses se han ido, por renuncias forzadas o voluntarias, 20 importantes asesores de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o del Pentágono.

En la mañana del miércoles se anunció que el presidente George W. Bush había designado, (hasta el momento no existía el cargo) al teniente general Douglas Lute como «zar de las guerras», con la función de supervisar y coordinar las operaciones militares en Irak y Afganistán.

Nada decía el comunicado, con lógica, que el puesto había sido rechazado antes por tres tenientes generales retirados.

Sin duda la Casa Blanca va quedando aislada. A menos de 600 días de la elección presidencial, con los resultados de los sondeos que crucifican la gestión del gobierno y una guerra desatada entre demócratas y republicanos en el Congreso y el lastre del interminable conflicto de Irak, la soledad de Bush se irá acentuando.