Capitalismo del Siglo XXI

Si ya es difícil prever el impacto económico que la crisis tendrá en América Latina, más difícil es tratar de predecir los impactos que tendrá en la arena política. Hace algunas décadas, el politólogo Ted Gurr escribió un libro llamado “Por qué los hombres se rebelan”. En él decía que las rebeliones surgen normalmente cuando los períodos de crecimiento y de oportunidad se revierten súbitamente. Si bien su ar­gumento es más una hipótesis que una regla, sí nos hace preguntarnos sobre la futura estabilidad política en América Latina.

 

Por ejemplo, la reciente alza en los precios de las mate­rias primas llevó a una aceleración en el crecimiento econó­mico y una mejora en los estándares de vida que permitió a mucha gente pobre subir a la clase media o por lo menos soñar con poder hacerlo. La crisis financiera mundial ahora amenaza con mover a la gente en el sentido inverso. Amé­rica Latina también se caracteriza por una enorme desigual­dad en la distribución de los ingresos y donde la tecnología ha permitido que líderes populistas muevan a las masas en protestas contra sus respectivos gobiernos. La existencia de enormes grupos no integrados a la economía nacional o al sistema político, como grupos indígenas, aumenta el potencial de movilización de estas fuerzas. También lo hace la ausencia de sistemas de apoyo social que permitan paliar los golpes por una súbita baja en los niveles de vida.

 

Sin embargo, no todos los países de América Latina es­tán igual de expuestos a la inestabilidad política. Los menos vulnerables tienen sistemas políticos bien institucionali­zados y responsables que no dependen para su estabilidad de un solo individuo. También han diversificado sus expor­taciones, tienen enormes reservas en moneda extranjera y bajos niveles de deuda externa. Y uno o dos han adoptado políticas fiscales contracíclicas que ahorran parte de su nue­va riqueza para los períodos de vacas flacas.

 

Para estos países, la crisis representa una oportunidad para reducir la posibilidad de mayor inestabilidad política en el futuro por medio de la implementación de reformas que fortalezcan a sus instituciones políticas, eleven la pro­ductividad y competitividad de sus economías y provean oportunidades a los más pobres. Ejemplos de estas reformas incluyen inversiones en educación e infraestructura como carreteras, puertos y tecnología de información, que a la vez proveen empleos y generan mayor crecimiento económico que simplemente entregar dinero a la gente. Las inversiones que mejoren los niveles de seguridad de la gente al reducir el crimen y la corrupción fortalecen tanto a las instituciones políticas como el potencial económico del país.

 

La crisis financiera mun­dial también representa una oportunidad para que aquellos países manejados por caudillos populistas cambien su rumbo. El populismo sin abundantes recursos para distribuir es difícil de mantener. Hay dos obvias alternativas para esta problemá­tica situación. Una es mantener la estabilidad por medio de métodos cada vez más autoritarios de gobierno. La otra es implementar políticas económicamente sustentables y pro­ductivas. La reciente conducta de los caudillos populistas en la región hace que sea más probable ver la primera opción que la segunda.

 

Pero el fortalecimiento de los caudillos populistas como resultado de la crisis financiera mundial no es una conclu­sión ineludible. Mucho dependerá de la conducta de los grupos de oposición democráticos y su capacidad de ofrecer una atractiva alternativa económica al populismo autorita­rio. Las recientes elecciones en Venezuela muestran lo que se puede lograr si los movimientos de oposición trabajan juntos y se unen bajo el estandarte de un candidato único en elecciones a cualquier nivel de gobierno. También, lo que se requiere es una alternativa económica al populismo, lo que el analista político venezolano Aníbal Romero llama un programa de modernización capitalista. Ésta requerirá rees­tructurar el actual sistema capitalista de América Latina, que sólo sirve para perpetuar una estructura social y de distribu­ción de ingresos altamente desigual, a un capitalismo que es más productivo y eficiente y que provea empleo, ingresos y oportunidades para el progreso de mayores porcentajes de la población. Es una meta difícil, pero, ya que cada crisis pre­senta nuevas oportunidades, no es algo imposible.