Con el economista británico Alan Freeman. ‘La globalización no deja espacio para más Coreas’

-EN CIERTA IZQUIERDA existe la tradición de pronosticar reiteradamente el inminente fin del capitalismo. Por otro lado, el discurso dominante subraya el dinamismo impulsado por la globalización y plantea que, más tarde o más temprano, el bienestar llegará a todas partes. ¿Cuál es su perspectiva?

-Durante mi carrera como economista aprendí una regla: nunca pronostique, sobre todo el futuro. Mi método es mirar el pasado y ver cuáles son las tendencias. Siempre hay tres posibilidades: que todo siga como antes, que cambie para peor o que cambie para mejorar. Y esto depende de la acción de los seres humanos. Los «ismos», el neoliberalismo y los marxismos (hago una fuerte distinción entre el marxismo y Marx) tienen una visión muy estrecha de las posibilidades.

Por un lado el neoliberalismo plantea que el mercado es absolutamente perfecto, que los problemas surgen siempre del exterior. La solución política es «dejar hacer» al mercado y si el resultado no es bueno es porque la gente no entiende lo que es bueno. Por el contrario, para el marxismo el mercado no funciona. Yo creo que nos hace falta una teoría de «la falla del mercado». Cuando el mercado falla, no es cierto que la sociedad deja de funcionar ni que se corregirán los problemas automáticamente. Lo que sucede cuando la mano invisible empieza a temblar es que aparece la política. Ahora bien, hay dos políticas posibles: la de la clase capitalista y la de la clase obrera. El problema es que ellos se dan cuenta antes que nosotros de lo que está pasando.

En concreto, usando cifras del FMI, si comparamos el ingreso mundial per cápita promedio en los países «adelantados» respecto de los subdesarrollados, la brecha pasó de ocho a uno antes de la globalización a ser, actualmente, de 23 a uno. La polarización creciente y acelerada es la característica de la globalización.

-¿El aparente dinamismo de los países desarrollados se explica en parte por el estancamiento de los subdesarrollados?

-Las reglas las imponen los países «adelantados». En mi opinión la globalización -que empezó hace 24 años- significa sobre todo un régimen de política. Es esencialmente la consecuencia de la libre circulación del capital. Existe un aumento en el comercio de bienes y servicios, pero no hay mercado libre para todos los productos de los países del Sur, no hay movilidad de la fuerza de trabajo.

Ahora tenemos polarización combinada con estancamiento, y el resultado es el empobrecimiento de los países pobres. Esta es la diferencia fundamental con los años que suscitan nostalgia, ya no existe espacio para el viejo desarrollismo.

-¿ El mundo desarrollado evolucionó en forma homogénea?

-Para los países del Sur la globalización implicó un proceso de convergencia desde arriba hacia abajo. En el Norte está sucediendo otra cosa. Hasta los años ochenta o noventa los rivales de Estados Unidos crecían más rápido, pero este país hizo un proceso de catch up. Alrededor de los años ochenta el ingreso promedio de casi todas las grandes regiones del «norte global» era parecido. Pero la economía estadounidense absorbe capital del resto del mundo, lo que empieza a aplastar a las de Europa y Japón. El liderazgo de Estados Unidos no se produjo por un incremento de sus tasas de crecimiento sino a través de la disminución de las tasas de sus rivales.

-Desde la perspectiva de los países pobres, ¿ existen diferencias entre el comportamiento de las corporaciones estadounidenses y las europeas?

-Las grandes trasnacionales estadounidenses quieren que la ganancia -o, mejor dicho, la super-ganancia, porque es una ganancia más alta que la del promedio mundial- vaya hacia Estados Unidos, y las de origen europeo hacia su continente. Pero también existe una diferencia en la forma como participan en el proceso económico, lo que puede ser un peligro o una oportunidad. Esto se ve en Argentina, donde todo el sector financiero está en manos de los bancos con sede en América del Norte, mientras que casi todas las empresas de servicios públicos están en manos de europeos. Las luchas por el control se reflejan en la política central del FMI. Creo que la meta del FMI era provocar la quiebra de las empresas en manos europeas para que los intereses financieros pudieran comprarlas a muy buen precio. Las dos medidas que exigió el FMI -la anulación de la ley de quiebras y la anulación de la ley de subversión económica- buscaban provocar una nueva onda de captación de la economía argentina por los intereses estadounidenses.

-Mientras esto sucede en Argentina, en Brasil un gobierno de izquierda tiene como presidente del Banco Central a un ex primer funcionario de un banco internacional que, junto al ministro de Economía, se muestra muy firme en el cumplimiento de la más rigurosa política fiscal. Esto plantea el tema de la amplitud de los márgenes de maniobra.

-Hay mucho más de lo que la gente piensa. En primer lugar las tendencias que han producido esta convergencia de las naciones del «sur global» han también impulsado un proceso de regionalización. Estamos viviendo una época que desde cierto punto de vista tiene mucho que ver con la situación del imperialismo clásico de fines del siglo xix, pero con grandes diferencias. En primer lugar todo el mundo participa en el mercado. En segundo lugar, hay naciones por todas partes, hay un sentimiento de soberanía que, por ejemplo, no admite la presencia de fuerzas exteriores en otro país. En tercer lugar estamos viviendo en una época de competencia entre los continentes. Si esta integración es esencial para los países más ricos de Europa, es tanto más importante para los pobres. Esto nos conduce al MERCOSUR y a todas las iniciativas, como la del presidente Hugo Chávez, de ampliarlo y de instalar empresas y bancos públicos continentales. He aquí la amplitud de los márgenes que se busca.

-¿ Son posibles los caminos al desarrollo individuales?

-No hay espacio para más Coreas en este mundo. La esperanza de cada país chiquito es buscar un modelo. Aquí he escuchado cosas del tipo «podemos ser una nueva Nueva Zelanda o una nueva Escocia». O un nuevo Puerto Rico, como pienso que busca su actual gobierno. Ahora bien, la cantidad de países que lograron «salir» de lo que podríamos llamar «sur global» es realmente muy pequeña. No son más que 80 millones de personas, o sea apenas un décimo de la población de los países llamados «adelantados», y no habrá más. Aun aquellos países que lo han logrado han sufrido crisis muy fuertes. No hay espacio para que la gente de los países del grupo sur lo logren: o lo logran juntos o no lo logran. No hay salida individual para un país. La única posibilidad es ser una colonia militar de Estados Unidos.

-¿De qué manera los países fuertemente endeudados pueden negociar con el FMI?

-Un club de deudores puede presentar un frente unificado ante el FMI y, también, señalar la responsabilidad de los acreedores. Como sucedió con la deuda de Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial bajo el tratado de Londres de 1952. Este era un tratado entre naciones y no entre naciones y conjuntos de acreedores privados, como sucede actualmente con la negociación de la deuda argentina. Hay que negociar con el gobierno de Italia, con el gobierno de Gran Bretaña, pero como un club. El tema se puede arreglar reconociendo la responsabilidad de los países que originalmente prestaron el dinero.
-Pero no prestaron los países. Quienes prestaron fueron, como se dice en estas latitudes, las ancianas inglesas que colocaron sus ahorros en bonos de los «mercados emergentes».

-En una entrevista muy interesante, el director del London School of Economics dijo que el cuerpo regulatorio del mercado de las finanzas en Gran Bretaña impidió que se le vendiera un solo bono a los ahorristas británicos. Por otro lado, gran parte de las deudas en América Latina, particularmente en Argentina, eran originariamente privadas y el Estado las asumió a través de canjes. ¿Por qué el FMI exige que los estados asuman responsabilidad por la deuda de sus residentes y no hace lo mismo en el caso de los acreedores, cuando las deudas no se pueden pagar? Tiene que ser una negociación en la cual los pueblos ingresen a través de sus gobiernos y sus estados, de forma de negociar el problema como un problema político.

O sea que no hay pequeños ahorristas británicos, aunque sí los hay italianos, por ejemplo. Esto es serio, porque son gente humilde. Los culpables son los bancos, que vendieron bonos que habían comprado con un alto descuento porque ya conocían la situación. Y esto en Gran Bretaña es un crimen, bajo nuestra ley no lo pueden hacer.

-El economista Dani Rodrick plantea tanto la relevancia de las instituciones como de la experimentación, y sostiene que existe un importante margen entre aquello que se sabe dará malos resultados y aquello sobre lo cual hay cierto consenso. ¿Comparte este punto de vista ?

-Lo comparto absolutamente. Y esto se relaciona con el tema del fundamentalismo religioso llevado al plano económico. El economista es el sacerdote moderno y debe seguir una sola idea, una sola teoría porque Dios nunca decreta dos cosas, Dios no es esquizofrénico. Por eso hay una sola verdad. Estamos perseguidos por los «ismos». Yo reclamo el pluralismo: cada teoría económica tiene que ser escuchada, sus consecuencias políticas y sociales tienen que ser explicadas. El economista tiene que explicar que tal política va a crear pobreza, tal otra va a crear desempleo, aquella va a permitir una convergencia pero con pobreza, que tomando estas medidas se generará crecimiento pero a costa de cierto sacrificio. El economista tiene el deber de explicar y, después, el pueblo tiene el derecho de experimentar.

-En la tradición de izquierda, y usted es un economista de izquierda, siempre se soslayaron los temas relativos a la gestión. Y cuando las fuerzas de izquierda llegan al gobierno, a escala nacional o local, se encuentran con grandes dificultades. A esto se agrega el tema del relacionamiento de la autoridad de izquierda con los funcionarios del órgano ejecutor de las políticas. ¿ Qué importancia le asigna a esta problemática ?

-Es importante por varias razones. En primer lugar el problema del poder no es simplemente el de la toma del poder, es también el de su ejercicio. Todo gobierno, cualquiera sea su signo, que llega al poder, se encuentra con dos mundos: uno externo y otro interno. El mundo externo sería, por ejemplo, el que representa el FMI y sus restricciones y condicionamientos. Pero también existe el mundo interno, que es el de la burocracia, el de la vieja capa gobernante que se mantiene. Hay elecciones y hay funcionarios y el deber de un funcionario es implementar lo que el pueblo ha decidido. El problema de la gestión, entonces, no es el de realizar una gestión eficaz sino el de trasladar la visión política escogida por el pueblo en una gama de acciones concretas. Y este es el deber del régimen político. Una de las cosas que se pueden decir abiertamente, francamente, que ha logrado el alcalde de Londres, es que impuso una visión política sobre la burocracia, sobre los funcionarios. Les ha dicho «esta es la decisión del pueblo, la cumples o te vas», «haces lo que el pueblo ha decidido o limpias las calles con los otros». Si la autoridad duda en dejar en claro que el funcionario es un servidor del pueblo, está perdida.

Por otro lado la cuestión de la gestión es sumamente importante. En relación con las privatizaciones, la frontera de la lucha que está resurgiendo en Londres no radica tanto en si la propiedad es privada o estatal sino en las reglas que se deben seguir, las normas que deben cumplir las empresas y cómo se controlan: es el tema de la regulación. Lo interesante es que originariamente la idea de la regulación era una invención de la derecha, pero ahora se vuelve un instrumento de acción en manos de la izquierda.

-¿Coincide entonces con el discurso de la derecha cuando plantea que el problema no es quién tiene la propiedad sino cómo se gestiona?

-Esta es mi idea, no necesariamente es la idea general de la izquierda. Claro, cuando me refiero a la frontera de la lucha lo que quiero señalar es que esto corresponde a la relación de fuerzas actual. No hay una relación de fuerzas a partir de la cual se pueda reivindicar la reestatización, por ejemplo.

Revolucionario es un reformista que sigue hasta el fin. Aplicado a lo anterior significa que con los funcionarios el mensaje es «lo haces o te vas»; con las empresas es «inviertes o se acaba el contrato». Esto también es ir hasta el fin.