Con su autoridad maltrecha, Bush enfrenta dos años más al mando

La derrota en las elecciones legislativas del Partido Republicano, que le dio el control de ambas cámaras del Congreso, le complican aun más las cosas. El mes pasado, su padre, el ex presidente George Bush, dijo que «odiaría pensar en lo que sería la vida de mi hijo» si los demócratas ganaban el Congreso. Los últimos seis años, en las buenas y en las malas, Bush ha sido capaz de descansarse en dos cosas: una sólida mayoría republicana en el Capitolio y un igual de sólido respaldo en su partido. En enero de 2006 aún disfrutaba de 90% de aprobación entre los republicanos, comparado con 10% entre los demócratas. Ya no más.

Ayer se confirmó que el Senado quedó también bajo control del Partido Demócrata, luego de que el senador republicano saliente del Estado de Virginia, George Allen, reconociera su derrota en las legislativas.

Al obtener esa crucial banca en el Senado, los demócratas completan 49 escaños en esa cámara -igual número que los republicanos-, a los que se suman dos independientes que suelen votar con ellos. El Congreso es con mayoría demócrata por primera vez desde 1994.

En su primera medida tras conocer la derrota, Bush decidió aceptar la renuncia de su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, uno de los promotores de la guerra en Irak. Esa fue la causa por la que los votantes los prefirieron demócratas.

El Congreso se pasará dos años en investigaciones. El tema será Irak. ¿Por qué se equivocó tan feo Inteligencia? ¿Por qué no se planeó mejor la ocupación? Pero tendrán más asuntos. ¿Por qué no se aplicaron las recomendaciones de la comisión del 11/S para mejorar las agencias de Inteligencia? ¿Por qué no supo lidiar con el Katrina? Y una de las viejas deudas: la decisión de poner a Dick Cheney, el vicepresidente, al frente de una agencia energética que aboga por la explotación indiscriminada de recursos.

Como Bush y su equipo han mirado al Congreso como algo así como un estorbo constitucional, harán todo para frustrar esa expandida percepción. Va a haber una amarga disputa entre un resucitado Congreso y el Ejecutivo, y eso terminará distrayendo al gobierno.

Los medios van a estar plagados de trapos sucios del gobierno. Los jefes demócratas de comisiones son maestros en el oscuro arte de las interpelaciones. No sólo forzarán a la administración a admitir sus pecados; además manejan los medios como maestros, asegurándose que cada historia llegue desde su infidencia hasta el New York Times, pasando por los informativos del domingo.

Eso va a profundizar la sombra de Irak. Los investigadores le darán un mal rato a los funcionarios. Eso dará a los soldados en actividad la oportunidad de expresarse. Investigadores demócratas tienen un importante recurso de su lado: los veteranos de Irak que pueden hacer preguntas precisas sobre la conducta en la guerra. Así, las noticias serán dominadas por dos tipos de historias: unas sobre el continuo polvorín iraquí, y las otras sobre las malas decisiones que llevaron al desastre.

La humillación republicana también podría provocar una revuelta dentro del partido. Bush ya vio a muchos republicanos abandonándolo en la campaña. Ahora se distanciarán de él en el negocio de manejar el país. Los republicanos no sólo fueron vapuleados en los estados tradicionalmente demócratas. Perdieron en sus bastiones, lo que es una contundente señal de alerta. La derrota puede envalentonar a senadores críticos de la guerra, como John McCain y John Warner. Pero a su vez producirá nuevos críticos, los republicanos del Congreso que se mordían la lengua para no amenazar la unidad del partido. Ahora, un montón de delegaciones de congresistas irán a la Casa Blanca a pedir explicaciones de lo que pasa y qué piensa hacer el presidente al respecto.