Cumbre de tres días entre dos naciones todavía en guerra

Simbólicamente, el presidente surcoreano Roh Moo-Hyun tiene previsto cruzar a pie la última frontera heredada de la guerra fría para encontrarse con su anfitrión, Kim Jong Il. La cumbre entre los líderes de dos países separados desde hace más de seis décadas se realizará en Pyongyang, la capital de Corea del Norte.

Temas como la asistencia económica desde Seúl, la culminación del plan nuclear de su vecino del norte y dar un paso firme para asentar definitivamente la paz en la península gobernarán las discusiones hasta el 4 de octubre.

Roh se convertirá así en el primer presidente surcoreano que cruza por tierra la frontera, y lo hará caminando unos 30 metros a través de la llamada Zona Desmilitarizada -el mismo lugar donde se firmó el armisticio que puso fin a la Guerra de Corea-, paradójicamente, una de las áreas más protegidas y con mayor presencia de soldados de todo el planeta.

Recientemente se multiplicaron las señales de distensión entre ambos países. La última de ellas, a mediados del pasado mayo, cuando por primera vez desde el conflicto de 1950-53, los trenes cruzaron la frontera entre las dos Coreas.

En el curso de su visita, a la que concurrirá acompañado por un séquito de 300 personas, el presidente surcoreano asistirá a un espectáculo donde millares de actores y actrices glorificarán al hermético régimen comunista de Pyongyang. Además de reunirse por varias horas con Kim, Roh tiene pensado realizar una gira por ese país.

Según la presidencia surcoreana, Roh y su homólogo podrían evocar durante el encuentro, desde hoy al jueves, la firma formal de un tratado de paz para salir de una situación anacrónica. Dado que al final del conflicto, Corea del Norte y Corea del Sur sólo firmaron el armisticio mencionado, los dos países siguen teóricamente en guerra.

«La cumbre constituirá un gran paso hacia adelante para la paz y los intercambios entre los dos países», consideró a principios de agosto Kim Dae Jung, el ex presidente surcoreano (1997-2003) que firmó con Kim Jong Il la declaración conjunta del 15 de junio de 2000 -la histórica primera reunión entre líderes de ambos países en 47 años- que marcó el deshielo de las relaciones.

Esta «política del rayo de sol», inspirada en la «Ostpolitik» alemana de Willy Brandt, le valió obtener el premio Nobel de la Paz y se tradujo en reuniones familiares entre coreanos del norte y del sur y una creciente cooperación económica.

La ayuda al régimen de Corea del Norte será precisamente uno de los principales temas de la reunión. Corea del Norte, que con regularidad enfrenta dificultades para alimentar correctamente a sus 23 millones de habitantes, debería esforzarse por obtener más ayuda de su vecino y principal donador.

Los ingresos por habitante de Corea del Sur -estimados en 15.840 dólares al año- son 17 veces superiores a los de su hermano pobre del norte.

«De momento, la principal preocupación de Kim (Jong Il) es obtener una asistencia económica de Corea del Sur. Al mismo tiempo, buscará la ocasión de mejorar las relaciones con Estados Unidos», señala Koh Yu Hwan, profesor de la universidad Dongkuk en Seúl.

El presidente estadounidense George W. Bush autorizó el pasado viernes la concesión de 25 millones de dólares de ayuda energética a Corea del Norte, considerando que ésta respeta por el momento sus compromisos de desnuclearización.

Aunque esta cumbre, oficialmente de interés bilateral, no es considerada como una plataforma de diálogo para las negociaciones en el terreno nuclear, el tema no dejará de ocupar un importante lugar en las conversaciones.

La cumbre coreana se celebra en un momento en que Corea del Norte parece progresar en la vía de su desnuclearización en el marco de un acuerdo internacional de seis países (las dos Coreas, Estados Unidos, Japón, China y Rusia) firmado el 13 de febrero en Pekín.

La reunión que comienza hoy era impensable un año atrás. En octubre de 2006, Corea del Norte anunció haber realizado una prueba atómica. Esto estremeció la estabilidad regional y generó gran preocupación a nivel internacional. También obligó a Estados Unidos a abandonar la línea dura que hasta entonces mantenía con Pyongyang.

Posteriormente, Pongyang cerró su único reactor nuclear -luego de las negociaciones en ese acuerdo a varias bandas- y prometió desactivar sus instalaciones atómicas para fines de este año.

Aunque con cautela, el optimismo en que esta reunión marque un antes y un después en el camino hacia la paz reina en las distintas esferas del gobierno surcoreano. A grandes rasgos, lo mismo percibe la población en general, con la salvedad de sectores conservadores que nada quieren saber con un acercamiento a Pyongyang. «Nunca se sabe qué puede pasar con los norcoreanos», es un sentimiento popular.