El escepticismo se sumará a los negocios

No es prematuro pensar en decisiones de Año Nuevo. Tal vez este año podamos tomar una decisión nacional, algo que todos podamos adoptar, por ejemplo: en 2009 voy a ser más escéptico.
Sería muy bueno que todos fuéramos más desconfiados respecto de lo que nos dice cualquiera que esté, aunque sólo sea remotamente, vinculado con Wall Street. Banqueros, operadores bursátiles, asesores financieros, economistas y todo tipo de inversores, desde ejecutivos institucionales de finanzas hasta jefes de fondos de alto riesgo, absolutamente todos.

A diferencia de las promesas de adelgazar y no volver a subir de peso, confío en que todos podremos cumplir esto en 2009 y tal vez también en 2010.

Después de todo ¿cuánto le llevó a la gente recuperarse de la Gran Depresión? ¿Veinte años? ¿Treinta? ¿Cincuenta? Hace unos días almorcé con mi padre, que tiene 84 años y aún no cree en las tarjetas de crédito.

Lo más importante que hay que recordar en relación con la crisis actual es que aún no vimos lo peor de ella. Presenciamos el congelamiento de los mercados de crédito, no una sino dos veces, si se tiene en cuenta la crisis del mercado de títulos de tasa de subasta este año.

También vimos cómo se evaporaban nuestros ahorros para la jubilación con la caída del mercado bursátil. Aún no llegamos a ver el fondo del pozo en que cayeron los precios de las casas, y la ola de despidos no hizo más que comenzar.

Un posible panorama negro. Por mi parte, no dejo de pensar en todos los funcionarios públicos a quienes los banqueros ofrecieron acuerdos e inversiones en derivados y canjes.

Los funcionarios no podían entenderlos. Por lo que parece, tampoco los banqueros que los vendían podían entenderlos. El argumento decisivo, sin embargo, es que al vender esos productos a estados y municipalidades, muchos de los vendedores les decían a los funcionarios públicos que no había de qué preocuparse, que para que ellos perdieran dinero tendría que derrumbarse el mundo.

¿Saben una cosa? En lo que respecta a muchos de esos tipos de negocios, ya se trate de deuda a tasa variable combinada con canjes de tasas de interés o la compra de obligaciones de deuda titulizadas, el mundo se derrumbó. Las cosas que los vendedores decían que nunca sucederían, o que sólo podían pasar una vez cada cien años, sucedieron.

Me gustaba leer los estudios de factibilidad que acompañaban la emisión de bonos municipales de alto rendimiento. Me gustaba analizar los distintos casos que planteaban los especialistas y señalar qué imperfectos eran los peores panoramas posibles que presentaban. No creo que ahora haya algún panorama que pueda descartarse. Aunque sólo se tenga un mínimo de escepticismo, hay que preguntarse: “De acuerdo, ¿qué pasa si al mismo tiempo sucede esto, esto, esto y esto?”.

No hay trato. Problema de especialistas. Están luego los grandes cerebros. En este momento tenemos un verdadero problema para especialistas en los mercados financieros. Tal vez todos ellos piensen que tienen que decir algo extravagante si quieren conseguir algo de aire, o tal vez en este año difícil todos se hayan vuelto locos. Tal vez incluso se trate de que hasta ahora sus palabras se tomaron demasiado en serio.

Hay que evitar el dólar “a cualquier precio”, dijo a fines de junio Jim Rogers, presidente de Rogers Holdings y un hombre inteligente. Unos días antes había dicho que el mercado alcista del petróleo continuaría “varios años” y que podría llegar a US$ 200 el barril.

Rogers no era el único. Llegué a leer en alguna parte que el petróleo llegaría a los US$ 400 el barril.

Todos sabemos lo que pasó con el dólar desde entonces, y también con el precio del petróleo.

Tal vez sea hora de que nos mostremos más escépticos en relación con los sabelotodos.

Precio en aumento. En este momento, nuestras autoridades electas se muestran muy interesadas en cómo se indemniza a los directivos bancarios. Hacen muchas preguntas incómodas respecto de sueldos y sobresueldos, y tienen derecho a hacerlas ahora que todos contribuimos al rescate del sector financiero.

De todos modos, hay que felicitar a los banqueros. Defienden los planes indemnizatorios e insisten en que se les paga por su creatividad y carácter innovador. ¿Pueden creerlo?

Tal vez no lo advertí en el fragor de las audiencias, pero me gustaría que algún legislador dijera: “¿Ah, sí? ¿Como la creatividad y el carácter innovador que nos cuesta US$ 700.000 millones como mínimo?”

El precio parece aumentar a diario, ¿no es cierto? Tal vez sea hora de mostrarse un poco más escépticos también en relación con eso.