El Mercosur ha ido ganando presencia y relevancia como un organismo político

Cualquier mecanismo de integración va a estar supeditado a las decisiones de los socios principales. Lo interesante es que esa supeditación también incorpore las buenas prácticas que se han ido diseñando en otros bloques, no sólo para resolver las controversias sino también para ir resolviendo las asimetrías en dicho proceso, señaló el economista chileno Osvaldo Rosales, director de la División de Comercio Internacional de la Cepal, en diálogo con ECONOMIA & MERCADO. El entrevistado fue designado por el presidente Lagos como jefe-negociador de Chile para concretar los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, la Unión Europea y Corea del Sur. A continuación se publica una síntesis de la entrevista.

—¿Qué efectos ha tenido el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos en la economía chilena?

—El TCL firmado en 2003 entró en vigor el 1º de enero de 2004, de modo que no es serio pretender sacar conclusiones definitivas. En todo caso, en su primer año de funcionamiento, las exportaciones al mercado estadounidense crecieron un 32%, si bien hay que reconocer que en 2004 el flujo de exportaciones creció a tasas elevadas con todos los socios. En el primer trimestre de 2005, las exportaciones a Estados Unidos han crecido un 11%, tasa que nos pareció en su momento que podría constituir la nueva tendencia de expansión de largo plazo con respecto al 7% existente previo al acuerdo comercial. De todas formas, los datos indican no sólo un incremento importante en las ventas a ese país sino también una gradual diversificación de las exportaciones, sobre todo del sector industrial, que es uno de los principales objetivos de este tipo de acuerdos.

Quizá más importante que los resultados comerciales que se consigan en el plazo de uno o dos años son las expectativas que el TLC ha contribuido a generar, instalando en el escenario nacional la posibilidad de un destino exportador para sectores de la actividad económica que antes no lo percibían así. Por ejemplo, hoy existen varios proyectos de inversión encaminados a aprovechar ese potencial exportador en textiles, lácteos y carnes rojas. En ninguno de esos tres rubros Chile ha sido un exportador relevante. Sólo desde hace un par de años se comenzaron a realizar exportaciones marginales de esos productos, pero actualmente —gracias a los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea— las organizaciones empresariales se han fijado metas muy ambiciosas para aprovechar dichos convenios, para lo cual están haciendo diversas inversiones.

—¿No hay sectores que se hayan visto perjudicados por el tratado comercial chileno-estadounidense?

—Cuando se discutió la aprobación del TCL en el Congreso, mostramos que la relación comercial de Chile con Estados Unidos es complementaria, de acuerdo con los estudios realizados por la Direcon, la entidad de la Cancillería encargada de las negociaciones comerciales. En efecto, con Estados Unidos tenemos superávit total en la balanza comercial, con superávit sectoriales en lo que se refiere a todos los rubros primarios y también en la industria intensiva en mano de obra. El déficit aparece sólo en la industria con mayor aporte de tecnología, especialmente bienes de capital y maquinaria, que es un sector que prácticamente no tiene presencia en la estructura productiva chilena. Por consiguiente, no se han presentado dificultades en el intercambio comercial con Estados Unidos al haberse mantenido dicha complementariedad.

—Sin duda el TLC con Estados Unidos ha sido muy útil para el desarrollo de las grandes empresas chilenas que ya estaban exportando al mercado norteamericano. ¿Se han podido incorporar las Pymes a la dinámica exportadora?

—Las empresas grandes y medianas son los principales exportadores en Chile, mientras que las estadísticas oficiales señalan que las Pymes sólo exportan entre el 4% y el 12% del total, dependiendo de cómo se clasifican a estas empresas. Esa participación en el comercio exterior era anterior al TLC y, por ende, es natural que en los primeros años reciban más beneficios las empresas con mayor potencial exportador. Una tarea que se desprende para la política del gobierno es generar las condiciones de competitividad en las Pymes y en las regiones que sean capaces de subirse al carro exportador, pero no puede esperarse que eso se produzca en uno o dos años de manera drástica.

Prioridad del Alca

—Luego de haber suscrito el TLC con Estados Unidos, ¿qué interés puede tener Chile en que se le dé un nuevo impulso al Alca?

—En este tema hay que separar dos aspectos: uno es el interés conceptual que Chile tendría en la aprobación del Alca y el otro es la respuesta política a lo que está sucediendo actualmente. Es importante la primera distinción para separar conceptos. Aunque Chile ya ha firmado convenios con los países del Nafta, de Centroamérica, etc., tiene interés relevante en el Alca porque no es lo mismo haber suscrito una serie de acuerdos bilaterales de comercio que contar con un mercado unificado en el hemisferio. El Alca no sólo significa aranceles cero, sino que —y es lo más importante— puede ayudar a establecer un marco similar de disciplinas para procedimientos aduaneros, para medidas de defensa comercial como las cláusulas de salvaguardia, el antidumping, los regímenes de compras públicas, etc. y, en definitiva, para todas las prácticas que tienen que ver con el comercio exterior. Si se pudieran acordar procedimientos unificados en todos esos ámbitos, sería, un estímulo considerable a los flujos de comercio e inversión en la región, incluyendo la estabilidad jurídica que aporta un mecanismo único y, ojalá eficaz, de solución de controversias. Por otra parte, los acuerdos de Chile con el Mercosur y con los países andinos se restringen sólo a bienes, es decir que no incorporan servicios, inversiones, compras públicas, etc., que son áreas cada vez más importantes en la economía global y, por ende, sería muy beneficioso tenerlas incorporadas.

—¿Cuál sería entonces el escenario estratégico que los países latinoamericanos deberían abordar en materia de integración hemisférica?

—Un Alca equilibrado, por cierto, debería ser una gran prioridad, considerando las perspectivas de un estrechamiento en las relaciones de América del Sur con el área Asia/Pacífico. Todo este acercamiento, que ha encabezado China, seguido de cerca por Corea del Sur y Japón, que ya tiene una presencia importante en varios países de nuestra región, sería todavía mucho más impactante si los latinoamericanos contásemos con un mercado unificado. Conocemos las iniciativas chinas para proveerse de petróleo, energía, minerales, cobre y productos agrícolas y, por tanto, cada vez es mayor la urgencia de concretar la Iniciativa de la Iirsa (Integración de la Infraestructura Regional Suramericana) para avanzar en una infraestructura de calidad (caminos, puertos, aeropuertos, energía, telecomunicaciones). Eso no sólo potenciaría nuestra relación con Asia/Pacífico sino que además generaría importantes externalidades para avanzar en el comercio. En ese esquema, el Alca ayudaría mucho para ampliar nuestra capacidad de negociación y de alianzas estratégicas extrarregionales.

—¿Qué rol desempeña Chile en las negociaciones del Alca?

—Hay una diferencia importante en los puntos de vista de los principales socios, Estados Unidos y Brasil en torno al Alca. Entiendo que Chile no tiene ni la fuerza, ni los recursos, ni el tiempo, ni las ganas para buscar intermediaciones entre dos gigantes. Ojalá exista algún espacio de acuerdo, porque no tengo ninguna duda que en ese momento Chile, al igual que otras economías de la región, convergería rápidamente hacia él.

Unión Europea

—Visto el actual impasse en las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea (UE), ¿cuál fue la experiencia chilena para lograr el acuerdo comercial con ese bloque en el año 2003?

—Fue una negociación compleja como sucede con los grandes países y bloque económicos, pero siempre hubo voluntad política para ir limando las diferencias ya que ambas partes entendían la importancia y la oportunidad política de ese acuerdo. Desde el punto de vista chileno, como lo hizo ver en su momento el Presidente Lagos, era muy conveniente tener un convenio comercial firmado con la UE, antes de suscribir uno con Estados Unidos. Con los europeos no sólo se negociaba un tratado de libre comercio, sino que también había un componente de acuerdo político y de cooperación económica, es decir, detrás había un modelo social con el cual el gobierno chileno se sentía más cercano y con el que quería converger. Ese interés, sin embargo, no eximía de las dificultades para negociar bienes, especialmente los productos agrícolas. Por algo ese rubro fue el último que se resolvió.

Hay que dejar muy claro que, a diferencia de los países del Mercosur, los productos agrícolas chilenos tienden a ser complementarios más que competitivos con la agricultura europea. Eso sin duda facilitó la negociación. Si Chile fuera un gran exportador de carne, de leche o de trigo, las dificultades habrían sido mayores para llegar a un acuerdo. Por eso comprendo cabalmente los obstáculos que tiene el Mercosur en ese aspecto. En esto, no se deben hacer ilusiones. Las convergencias políticas no bastan para llegar a buenos acuerdos comerciales: siempre existirán diferentes sensibilidades productivas, determinadas restricciones políticas; en fin, una serie de obstáculos que pueden ser mejor vadeados cuando junto al pragmatismo, a la capacidad técnica de los negociadores, se une una vocación de apertura comercial y la construcción de consensos nacionales entre gobierno, organizaciones empresariales y laborales sobre los principales ejes de la negociación. Esto último ha sido uno de los principales activos de Chile en sus negociaciones comerciales.

—¿Cómo se dilucidó la discusión respecto a los productos comprendidos en la política agrícola común europea?

—Ya se sabía que no era realista suponer que algunos ejes de la política agrícola común europea podían ser modificados en una negociación bilateral. Desde un principio explicamos que había temas que se podían tratar en la negociación bilateral y otros que debían ser remitidos a la OMC, tales como los subsidios agrícolas, los apoyos domésticos y el antidumping. Por eso, luego de las negociaciones con Estados Unidos y la UE, Chile ha mantenido un activo rol en ese organismo, como parte del G-20 que defiende los intereses de los países en desarrollo exportadores de productos agrícolas, buscando enfrentar el proteccionismo de las naciones industrializadas.

—¿Qué estrategia aplicó Chile en la mesa de negociaciones con la UE?

—Lo que se intentó fue tratar de examinar con el mayor detalle posible cuál era el tipo de producto subsidiado por los europeos que podía hacer daño a la economía chilena a efectos de dejarlo excluido de la negociación o, en caso de negociarlo, fijar un plazo muy largo para su puesta en vigencia, de modo de permitir la adecuación competitiva de esos rubros. También había otros productos agrícolas que Chile no producía y, por lo tanto, desde un punto de vista práctico no hacían ningún daño. En resumen, la negociación de ese sector tuvo un enfoque bastante pragmático, sobre la base de una discusión producto a producto, donde se concordaron puntos de vista con las organizaciones de productores, buscando minimizar el daño y maximizar la oportunidad de acceso al mercado europeo para aquellos bienes que tenían potencial competitivo.

Cuenca del Pacífico

—A partir de 2003 Chile ha firmado acuerdos comerciales de distinto alcance con la Unión Europea, Estados Unidos y Corea del Sur. ¿Con qué otros países está actualmente negociando convenios de esa naturaleza?

—En estos momentos se está concluyendo un acuerdo trilateral de libre comercio con Nueva Zelanda y Singapur, al que se sumará Brunei. Asimismo, debería suscribirse a inicios del próximo año un TLC con China. También se está negociando un acuerdo de alcance parcial con India y se realizan estudios previos a una negociación de un TLC con Japón y probablemente esas negociaciones empezarán el 2006.

—¿A qué atribuye el interés de China por concretar un acuerdo de libre comercio con Chile?

—Nuestra relación con China es de larga data. Chile fue el primer país de América Latina que estableció lazos diplomáticos con la República Popular China en 1971 durante el gobierno de Salvador Allende. También fue el primero que negoció con el gobierno de Beijing para apoyar su ingreso a la OMC. Esos «detalles» cuentan en el historial de ambas naciones, particularmente en la mirada de los líderes chinos. Por otra parte, ellos prevén una relación comercial cada vez más intensa con América del Sur y alaban la estabilidad económica chilena, su crecimiento elevado y su política de negociaciones comerciales tan activa. Por eso es que seríamos el primer país extra-asiático con el cual China suscriba un acuerdo de libre comercio, repitiendo lo que aconteció con Corea del Sur. Por lo tanto, el próximo TLC sino-chileno constituye un punto central dentro de una estrategia que apunta a que Chile se convierta en un puente de comercio e inversión entre América del Sur y el área Asia/Pacífico.

—¿Se van a incluir las disciplinas de los servicios, inversiones, etc. en ese tratado con China?

—Por ahora el acuerdo partirá con bienes y más adelante se explorará esa posibilidad. Hay que entender que China sólo tiene acuerdos —muy limitados— en inversión y servicios con Hong Kong y Macao; por ende, es natural que ellos esperen un par de años antes de avanzar en estos temas. Estos temas son importantes para Chile pues de ellos depende la posibilidad de convertirse en puerta clave de acceso para el comercio entre América del Sur y Asia Pacífico, ya que lo obliga a ir más rápido en sus desafíos en telecomunicaciones, acceso masivo, en particular de las Pymes, a la banda ancha, dominio del idioma inglés, desarrollo de servicios especializados, mejora en la calidad de la educación y una apuesta más sustantiva en innovación tecnológica.

Experiencia europea

—Dado que el Mercosur muestra más relevancia en el aspecto político que en el comercial, ¿qué consecuencias tendrá la posición de marcado liderazgo que ha asumido Brasil en la región?

—Cualquier mecanismo de integración va a estar supeditado a las decisiones de los socios principales. Lo interesante es que esa supeditación también incorpore las buenas prácticas que se han ido diseñando en otros bloques no sólo para resolver las controversias sino también para ir resolviendo las asimetrías en el proceso de integración y para converger en mecanismos de coordinación macroeconómica y de infraestructura física, incluyendo cooperación energética. En la medida que eso se incorpore con una visión de economía global, donde el Mercosur sea visualizado no como una competencia por el mercado existente en la propia región sino como una plataforma para penetrar otros mercados, habrá espacio para que este organismo se potencie.

—El Mercosur ha seguido generalmente los pasos del proceso de integración europea. ¿Es razonable que regiones diferentes compuestas por países también diferentes sigan una misma ruta para integrarse?

—A veces, los tiempos exigen innovar de manera acelerada. Si pretendiéramos replicar el ciclo de integración de Europa, vamos a encontrar que no disponemos de los cuarenta años que ellos demoraron para la unificación monetaria. Probablemente, el Mercosur tendrá que hacerlo en un plazo mucho más breve. De todas formas, hay algunos elementos claves en la experiencia europea que se deben estudiar y evaluar pragmáticamente, respetando nuestras especificidades políticas e institucionales.