Esperan que a fines de agosto Botnia comience a funcionar

Sami Saarela, el único finlandés que quedará en la planta una vez que esté operando al cien por cien, dice que se han previsto todas las contingencias posibles, incluso la peor: un corte total de energía que dejara a la fábrica totalmente paralizada.

En términos relativos, según informó ayer el gerente de producción Eugenio García, la obra civil ha avanzado en un 95%, en tanto que la instalación de montaje se encuentra en un 88% de su ejecución.

Los casi 3.500 operarios que aún permanecen en el predio de Fray Bentos se ocupan ahora de detalles de terminación y de las obras de caminería interna y enjardinado.

La planta tendrá espacios verdes en su interior y la última etapa es el acondicionamiento paisajístico de su entorno: la barrera forestal que rodeará al complejo sobre la margen del río Uruguay y que no guarda relación con la idea manejada desde Argentina de crear una «barrera verde» que oculte la ya característica silueta industrial desde la costa del balneario Ñandubaysal, a 11 kilómetros de la margen uruguaya.

Lejos de los vaivenes del conflicto con Argentina, la sexta planta que construye Botnia -y la primera fuera de su país- se yergue en toda su dimensión a punto de «prender los motores». No obstante, buena parte de los esfuerzos de los técnicos se dirigen al tema medioambiental, algo así como la niña de los ojos del emprendimiento.

AGUA LIMPIA. Un tercio de la planta está destinado al tratamiento de los efluentes. Tres gigantescas piletas de 25.000 metros cúbicos procesan el agua que la planta toma del río Uruguay para extraer la celulosa de la madera.

García explica en términos sencillos el proceso que hará la planta: la madera que ingresa a la primera línea se transforma en astillas o chips, a los que luego se extrae la pulpa de celulosa. «Los elementos químicos inorgánicos que se utilizan para separar la celulosa de la madera funcionan en circuito cerrado, esto quiere decir que ingresan una vez y luego se recuperan para volver a utilizarlos», explicó García.

Esta es, en rigor, una de las claves en la controversia en lo que tiene que ver con riesgos de contaminación ambiental: el agua que la planta de Botnia devuelve al río Uruguay, y las emisiones gaseosas durante el proceso de producción de pulpa de celulosa.

El sistema implementado por la planta procura mitigar estos impactos, explicó García.

«En el sistema de recolección de gases se recupera más del 99% y se queman los gases que producen mal olor en la caldera de recuperación. Dependiendo de las condiciones climáticas, el olor puede ser perceptible dentro de la planta entre dos y cuatro veces al año, de manera muy tenue en Fray Bentos y totalmente imperceptible para poblaciones más alejadas como Mercedes o incluso Gualeguaychú», expuso García.

En cuanto a las aguas del río Uruguay, el directivo de la empresa finlandesa indicó que, junto a técnicos de Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama), dependiente del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, se realizan monitoreos en distintos puntos del curso fluvial.

«Eso nos va a permitir saber desde dónde partimos y cómo va a influir el funcionamiento de la planta», señaló García. «La calidad de los efluentes no tiene ningún impacto en el río, si lo tuviera Dinama no nos permitiría funcionar», resumió.