Europa pide que Wolfowitz deje su cargo en el Banco Mundial

Y así llegó a la presidencia del Banco Mundial con el objetivo de luchar frontalmente contra la corrupción.

Hoy, Paul Wolfowitz está en la silla de los acusados. Su cargo presidencial tiembla y su cabeza está a punto de caer nada menos que por su bandera en el organismo internacional: ¡corrupción!

Pero, cuidado no es un «hombre aplastado por los errores», se defiende con «uñas y dientes» y cuenta con el apoyo, nada menos, que de los principales contribuyentes: Estados Unidos, Canadá y Japón y varios países africanos y, personalmente, de George W. Bush.

Y la gran pelea la va a dar con un famoso abogado, Robert S. Bennet, al que contrató hace pocas horas. Fue defensor del ex presidente Bill Clinton an- te las acusaciones de conducta sexual inapropiada.

Europa en pleno, el Parlamento del Viejo Continente lo acusa de nepotismo, la Asociación de Funcionarios, 42 ex directores y 15 de los más altos jerarcas del banco promueven junto a la prensa y la opinión pública más informada, su renuncia. Y el Directorio Ejecutivo, el cuerpo que preside (que representa a los 185 países miembros) emitió declaraciones ambiguas, sin dar un paso a favor de su permanencia o dimisión, sólo votó una investigación a fondo del caso.

Cuando era subsecretario de Defensa, detrás de Donald Rumsfeld, los dedos lo apuntaron como la figura que había impulsado a la Administración Bush a la impopular invasión de Irak. Su suerte desde ese momento estaba echada, «quemado políticamente» debía irse. Pero como «halcón» incondicional no lo quisieron dejar «saltar al vacío» y lo propusieron para dirigir el Banco Mundial.

Pasó de joven por las Universidades de Johns Hopkins, Yale y Chicago y nunca se caracterizó por su simpatía. Fue embajador en el período Reagan. La prensa lo siguió siempre para sorprenderlo en alguna falta. Y en orden menor lo «pilló» por un hecho de cuidado personal cuando al ingresar a una mezquita en Turquía se sacó los zapatos y las cámaras lo sorprendieron con enormes agujeros en los calcetines. La foto circuló por todas las carátulas del mundo.

Y ahora «estalla» el escándalo de la «amiga».

La novia, Shaha Riza, 54, ciudadana británica de origen libanés, nacida en Arabia Saudita, se desempeñaba, hasta la llegada de Wolfowitz al Banco Mundial, como asesora del Departamento para Medio Oriente. Pero el estatuto de ética impide que funcionarios con lazos de parentesco o de otro tipo, permanezcan en el organismo internacional. Se decidió su traslado al Departamento de Estado. Era una regla principista a cumplir.

Y lo hizo, pero salió a luz que el proceso no fue tan cristalino.

Junto con el «pase» Riza recibió subas de sueldo, sin autorización del Directorio, sólo por orden expresa de Wolfowitz que la situaron U$S 7 mil por encima del ingreso de la jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Condoleezza Rice.

También en el revuelo de papeles quedó al descubierto que en el período que Wolfowitz era subsecretario de Defensa, la «novia» cumplía también un contrato con una empresa asesora del Pentágono.

El tema está que arde. Los funcionarios corean en los amplios patios: ¡renuncia, renuncia! Wolfowitz reconoce el «pecado» pero se niega a dimitir.

A esta altura todo Washington piensa que liará los petates y se «irá» y no lo salvarán ni los poderosos «padrinos» que lo respaldan.