Fidel Castro abandonó la presidencia

Ha sido su frágil estado de salud, que le ha impedido aparecer en público en los últimos 19 meses, lo que finalmente le ha llevado a anunciar lo que muchos cubanos creían imposible: su renuncia a los cargos de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y también al grado simbólico de «Comandante en Jefe». Después de 49 años de ejercicio interrumpido del poder, a partir del próximo domingo será simplemente el «compañero Fidel». Pero un compañero importante.

En la isla, más allá de la sorpresa y el estupor, la vida transcurrió normalmente. La salud del dictador fue considerada desde el principio un «secreto de Estado» en el único gobierno comunista de Occidente y no se habló más. Sólo algunas voces de protesta recientes, más algún reconocimiento del presidente provisorio Raúl Castro (en diciembre criticó en el Parlamento el «exceso de prohibiciones y medidas legales» imperantes), permiten vislumbrar un cambio, que los expertos vaticinan será a largo plazo.

El exilio cubano en Miami, para quien Fidel Castro es la versión terrenal de Satanás, festejó la noticia y pidió el fin del comunismo en la isla. Estados Unidos y la Unión Europea exigieron que el paso al costado del dictador, sea una primera etapa de una transición hacia la democracia. Nuevamente, no se espera un cambio inmediato.

Castro, de 81 años y gravemente enfermo, comunicó su decisión en vísperas de la constitución de la Asamblea Nacional, el domingo 24 de febrero, que elegirá a un nuevo Consejo de Estado de 31 miembros.

Ese día, el Parlamento unicameral y unipartidario -todos los diputados son del Partido Comunista Cubano (PCC, único en el país)-, tendrán en su orden del día renovar el mandato al Consejo de Estado y su liderazgo, un cargo que Fidel ostenta desde su creación en 1976.

Su renuncia abre el camino para que le sustituya Raúl, su hermano menor, de 76 años, presidente en funciones desde hace 19 meses, ministro de las Fuerzas Armadas y sucesor constitucional de Fidel. Otra variante es que el Parlamento elija a un dirigente más joven, como Carlos Lage, de 57 años, fórmula que oficializaría el relevo generacional, aunque Raúl siguiera siendo el verdadero poder.

Fidel Castro dio a conocer su decisión en un mensaje a la nación publicado en la diario Granma y difundido por todos los medios de prensa. Admitió que «no está en condiciones físicas» de gobernar y dijo que «traicionaría» su «conciencia» ocupando unas responsabilidades que requieren de «movilidad y entrega total», algo que ya no «puede ofrecer». Secreto de Estado mediante, las informaciones oficiales sobre su estado de salud no existen y filtraciones no hay, ni médico capaz de hacer un pronóstico sobre su expectativa de vida, por lo tanto se desconoce cuál es su situación real.

Quizás, lo que más sorprendió ayer a sus compatriotas fue la renuncia al cargo de Comandante en Jefe, que todo el mundo consideraba vitalicio.

Fidel se marcha, pero no tanto. En el que quizás sea su último mensaje a la nación como Comandante en Jefe, señala peligros y da criterios a sus herederos de lo que a su juicio serían errores: «desconfío de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis. Prepararse siempre para la peor de las variantes. Ser tan prudentes en el éxito como firmes en la adversidad es un principio que no puede olvidarse», recomienda a la gallega, haciendo uso de su habitual hermetismo.

Ese hermetismo tampoco permite aventurar los alcances de la reclamada transición. Los «pequeños pasos» dados por Raúl Castro no han sido del agrado de Washington ni de sus aliados occidentales. De hecho, el próximo presidente será «elegido» por el mismo régimen que hasta ayer perpetuó a Fidel, por lo que nadie espera grandes cambios. EE.UU no piensa modificar su política de bloqueo; la vida de los cubanos tampoco ha tenido mayores variantes sin su líder histórico.

Castro asegura que no se «despide» y que seguirá escribiendo sus habituales reflexiones -que ya suman unas 80 en un año- en Granma, pero, anuncia que estas ya no serán firmadas más por el «Comandante en Jefe» sino simplemente por «el compañero Fidel».

Sin embargo, seguidores y analistas sostienen que Castro, desde su rol de editorialista, seguirá siendo el «Jefe de la Revolución», trazando límites de eventuales reformas.

Además, no menciona en su texto nada de dejar su cargo de primer secretario del PCC, que le confiere una gran autoridad sobre el Estado y el gobierno, además de su indiscutido liderazgo histórico.

Hasta el mortal más humilde en esta isla cree que, con cargos o sin ellos, hasta el último hilito de vida habrá que contar con el «compañero» Fidel. Y si la palabra mágica en Cuba ahora es cambio, su sombra e influencia planeará sobre las reformas hasta el último día.