Génesis del proteccionismo en el Uruguay

No tiene sentido que un gobernante quiera hacer un “país productivo”
del suyo. Eso ya lo hace la gente; ella sola, espontáneamente, si la
dejan. Quien no se lo permite, muchas veces, es el gobierno, que suele
operar como una impedimenta agobiante, que le hace a uno recordar a
esas hormiguitas que llevan sobre sí una carga, por lo general una
brizna de hierba, demasiado pesada para sus fuerzas. ¿No le ha
acontecido a usted, lector, durante un paseo campestre, detenerse a
observarla, a la más pequeña de toda la larga fila, tratando de portar
un fragmento de hoja verde mayor que el que las demás transportan
airosamente sobre el lomo? No pudiendo con el que le ha tocado en
suerte, la pobrecita trastabilla, y se le cae la carga. Muchas de sus
compañeritas la dejan atrás, pero ella no ceja, acuciada por su sufrida
naturaleza, y vuelve a arreglárselas, penosamente, para restaurar la
brizna verde sobre sus espaldas, y continuar la marcha extenuante. Pues
yo sí, he interrumpido bastantes paseos para contemplar ese esfuerzo,
noble pero a mi parecer cruel, tan desmedida se ve la tarea en relación
a las fuerzas del heroico bichito.
Y, lector –¿sabe usted?– nunca, cuando me ha tocado presenciar el
triste espectáculo de la hormiguita sobrecargada, ni una sola vez, ha
dejado él de evocarme la también triste suerte de nuestro país. El
cual, en una etapa nefanda de su historia, tras haber llegado a la cima
de la prosperidad, después de haber escrito en 1853 Juan Bautista
Alberdi, el ilustre argentino, sobre nuestro “progreso extraordinario”,
acotando que, “con su Constitución abierta hacia el extranjero, (el
Uruguay) ha salvado su independencia por medio de su población
extranjera, y camina a ser la California del Sud”–comparación esa,
dicho sea de paso, con la región a la sazón más dinámica del mundo
entero– y, luego de haber atraído, en el lapso 1850-1912, en proporción
a sus habitantes, más inmigrantes que ningún otro país latinoamericano,
más que Argentina, y mucho más que México, Brasil, Chile y todos los
demás, descubrieron algunos compatriotas al Estado como factor
dinamizador de la economía, capaz de transformarnos en un país
realmente productivo. Y ahí fue donde si armó el zafarrancho.
Como el presidente Vázquez amaga con redescubrir el Estado
productificante, ruego a quien tenga acceso a su oído, a fin de
informarle que los datos de que hoy escribo están perfectamente
documentados. Luis Bértola, a quien sin duda conoce y tiene en su
estima, como todos los que lo conocemos a él y su obra le tenemos,
decano de la Facultad de Ciencias Sociales y hombre de izquierda, sobre
el cual, en su virtud, para el presidente, no pesa ninguna de las
sospechas que podrían invalidar la palabra de los que no lo somos. Él
puede informarle sobre lo que este artículo afirma. Asimismo, podrá
recurrir a su libro (cuya autoría es compartida por su equipo de
investigadores) titulado Ensayos de historia económica, con un
subtítulo especialmente interesante: Uruguay y la región en la economía
mundial (1870-1990). Allí el libro le comunicará que, al comenzar el
período investigado, Uruguay –habiendo llegado a la independencia en la
extrema pobreza, y con apenas 74 mil habitantes– cuarenta años después,
ya con cerca de medio millón de almas, lucía un ingreso per cápita al
nivel de los países más ricos del mundo (EEUU, Gran Bretaña, Francia y
Alemania), 20 % por encima de Argentina.


De manera que, productivo, entonces, vaya si lo éramos. Los barcos
llegaban cargados de gente con ansia de trabajar, ahorrar, invertir.
Hacer la América. Muchos la hacían. Llegado un barco, dos o tres mil de
sus pasajeros ya estaban trabajando el día siguiente. Pero en 1975
Latorre era presidente, y estaba resuelto a hacer del Uruguay un país
productivo. Su principal instrumento era la protección aduanera. La
caída de los ingresos fiscales fue tan fuerte que el gobierno tuvo que
dar marcha atrás con los impuestos a la importación. En 1888 el
proteccionismo se afianzó, y todo empezó a encarecerse en este país. La
afluencia de inmigrantes, entre tanto, caía verticalmente, mientras
Argentina se mantenía abierta y su crecimiento hacia fin de siglo había
superado ampliamente al uruguayo. Hasta la época de Perón, y su propia
versión de país productivo, Argentina lideró, y Uruguay siguió a
apreciable distancia. Pero la gran frenada de la economía uruguaya
llegó con Batlle y Ordóñez, a principios del siglo XX.


El gran desastre fue hijo del ocio, después de su primera presidencia,
del gran líder colorado, cuya influencia fue incontenible, y liquidó
toda posibilidad de recomponer al Uruguay pujante de 1850 al 74.
Durante sus cuatro años en París, sin hablar francés, asediado por el
tedio, se dedicó a construir el Uruguay del futuro, en su pensamiento.
¡Qué caro nos resultó ese exilio voluntario! La idea de las empresas
públicas constitucionalmente organizadas, protegidas por monopolios
legales, dirigidas por órganos colegiados, compuestos de políticos,
automáticamente dedicados a cultivar las consiguientes chacritas
electorales, contribuyó decisivamente a ponernos en la ruta de los
países caros. Otro tanto el empuje que confirió a la legislación del
trabajo, imitada por toda la clase política. Un informe reciente del
Banco Mundial nos ubica entre los diez países más gravados por
impuestos en el mundo entero. Y el actual gobierno amenaza con aspirar
al Nº 1.


La alternativa a considerar por el presidente es la de un país, en vez
de productivo –que eso, no olvidarlo, lo hará espontáneamente la
población, si no le rebanan los incentivos– eso sí, económico. Por
cierto, nada que ver con la ciencia económica ni los economistas. Me
refiero a las acepciones del adjetivo que en el Diccionario de la Real
Academia llevan los números 4 y 6, a saber: “4. Moderado en gastar. …
6. Poco costoso, que exige poco gasto”. Ese es el secreto. Necesitamos
un país económico para que la gente quiera quedarse en él, y en su caso
regresar a él, y hasta venirse sin contacto previo, sólo porque se
vuelva a decir en el mundo que la tierra de promisión de que hablan
algunos libros viejos, después de un paréntesis secular, ha vuelto a la
vida. Venir a trabajar, porque rinda; a ahorrar; porque valga la pena
invertir. Lector, reflexione: hay países en el mundo donde la gente
quiere ir a quedarse, y otros de donde quiere irse de una buena vez.
Aquellos son los que prosperan, porque son económicos, todos ellos, y
estos otros son … bueno, ¿para qué decirlo? Usted vive en uno de
ellos, y lo sabe de sobra.