Inmigrantes: un fenómeno que une y enfrenta a Europa con Latinoamérica.

Después llegaron otros más/ sus aldeas los echaban, medios muertos de hambre/ ganaron sangre, los alistaron guerras atrás/ y después los escupieron sin explicaciones…”, dice el cantautor uruguayo Fernando Cabrera en su canción “Continuarᅔ en la que, entre otras cosas, cuenta las peripecias de los inmigrantes que en el siglo XXl llegaron a esta tierra buscando refugio.
Con otras palabras más o menos drásticas, los políticos de América Latina han expresado por estas horas su fastidio ante la “ingratitud” y la amnesia “histórica” supuestamente demostrada por la Unión Europea al votar una ley migratoria que “criminaliza” a los latinos que buscan por allá una vida mejor.

A principios del siglo XXI, son unos 200 millones de personas las que viven fuera de los países en los que nacieron; países que suelen formar parte de las zonas más empobrecidas del mundo.

En ese contexto, la Unión Europea aprobó el mes pasado las denominadas “directivas de retorno” que fijan en 18 meses el plazo máximo que un inmigrante ilegal puede permanecer detenido antes de ser deportado nuevamente a su país de origen.

Ayer, los presidentes presentes en la XXXV Cumbre del Mercosur en Tucumán aprobaron una declaración en la que expresan su “rechazo” a la decisión de la UE y lamentan que naciones tradicionalmente generadoras de corrientes migratorias, y que ahora son receptoras de migrantes, “no reconozcan, en base al principio de reciprocidad histórica, la responsabilidad compartida entre los países de origen, tránsito y destino de los flujos migratorios”.

La declaración iba a ser un poco más tibia –expresaba la “profunda preocupación” de los presidentes– pero la palabra “rechazo” fue incluida a propuesta del mandatario boliviano, Evo Morales.

De ayer a hoy. Las acusaciones de ingratitud lanzadas por los presidentes latinoamericanos aluden a las grandes corrientes migratorias de europeos que arribaron a América Latina en el siglo XIX sin nadie que les pusiera trabas.

Si bien aquellos extranjeros se beneficiaron con sociedades y gobiernos que les ofrecían tranquilidad y trabajo, también es cierto –y el caso de Uruguay es arquetípico- que muchos países del sur sacaron provecho con la llegada de personas dispuestas a poblar tierras que precisaban con urgencia ser aradas.

Por ejemplo, de los 130 mil pobladores que tenía Uruguay en 1842, más de un tercio había bajado de los barcos en el puerto de Montevideo (franceses, españoles peninsulares, canarios, italianos, ingleses, alemanes, norteamericanos, portugueses y brasileños).

La mayoría de los extranjeros llegaba al Uruguay por iniciativa propia, pero a otros incluso los mandaban a buscar.

En 1853, la Sociedad de Población y Fomento firmó varios convenios destinados a atraer familias de origen suizo y alemán para poblar zonas rurales.

También se exoneró de impuestos a los barcos que arribaran al puerto cargando exclusivamente colonos con semillas e instrumentos de labranza

En los años inmediatos a los primera guerra mundial llegaron 105 mil nuevos inmigrantes. Fue en la década de 1950, cuando la economía uruguaya comenzó a estancarse, que la inmigración devino en emigración. Según las últimas estadísticas, sólo el 3% de los pobladores de Uruguay son nacidos en el extranjero.

A su vez, la Europa reconstruida después de la segunda guerra mundial había sido flexible en el ingreso de emigrantes del tercer mundo proclives a aceptar trabajos que los europeos desdeñaban. Eso sucedió hasta que la cota de extranjeros comenzó a superar las previsiones y se convirtió en un problema.

Por otra parte, los países europeos, uno más otros menos, habían recibido con muestras de solidaridad a los latinoamericanos que en la década de 1970 huían de las dictaduras que se habían instalado en sus países.

“Tontería supina”. El documento emitido ayer en la cumbre del Mercosur “reivindica” el aporte “positivo” de los latinoamericanos en la sociedad, la cultura y la economía de los países de la Unión Europea y piden una mayor apertura de las fronteras.

Los presidentes del viejo continente no coinciden con la alarma de sus colegas latinoamericanos. “Es una tontería supina”, dijo el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero sobre las afirmaciones de que los planes de la UE perjudican a los inmigrantes (ver apunte).

Por su lado, al presidente francés, Nicolas Sarkozy, no le alcanza con las “directivas de retorno” aprobadas por la UE. Por eso quiere aplicar un “Pacto por la Inmigración y el Asilo” por el cual los inmigrantes deberán portar “visados biométricos” (con impresiones dactilares, faciales y oculares). Los indocumentados serán deportados en “vuelos colectivos” .

Ayer, el embajador de Francia en Perú, Pierre Charasse, admitió que fue un error por parte de los europeos “no tener en cuenta la sensibilidad” que ese asunto despierta en América Latina. Pero advirtió que, en todo caso, hubo problemas de “comunicación”al explicar la decisión que “pretende ordenar y facilitar las migraciones legales, luchar contra la inmigración ilegal y promover el desarrollo de los países con fuerte migración”. De paso, Charasse consideró “curioso” que en lugar de consultar a los europeos, los países latinoamericanos hayan acudido a la Organización de Estados Americanos (OEA) para protestar por lo decidido en la UE. “En la OEA participa Estados Unidos, que literalmente está construyendo un muro contra los inmigrantes, algo que es más violento que la directiva de retorno”, dijo el embajador francés.

Si bien las sociedades europeas han dado muestras claras de rechazo ante la llegada en aluvión de latinoamericanos, africanos o asiáticos, ese sentimiento también campea por estos lados. Una encuesta realizada en 2001 demostró que el 54% de los uruguayos era partidario de frenar el ingreso de trabajadores ilegales (bolivianos, peruanos, etc) y un 39% quería expulsar a los que ya estaban viviendo en el país.