Israelíes y palestinos: paz en 2008.

Aún faltan muchos escollos para saber si Annapolis será considerado, en un futuro, como un sinónimo de paz. Se acordó que las negociaciones entre ambas partes -promovidas y tuteladas por EE.UU.- comiencen de manera «inmediata», el 12 de diciembre, y luego serán seguidas por reuniones quincenales. El objetivo de máxima es que a fines de 2008, año en que el Estado de Israel cumpla seis décadas, ese país pueda coexistir pacíficamente con un Estado Palestino.

El documento de la declaración conjunta promete llegar a un tratado de paz «que incluya todos los temas sobresalientes, incluyendo los más duros». De ese tipo de escollos abunda el conflicto que ya lleva seis décadas y que dejó solo en los últimos siete años -los que siguieron a las últimas conversaciones de paz, también supervisadas por Washington- casi seis mil muertes, en su mayoría palestinos. Entre estos puntos se enumeran el estatuto de Jerusalén (que ambos pueblos reclaman como su capital), la frontera del futuro Estado que se cree, y la situación de los refugiados palestinos, que llegan a cuatro millones.

Líderes. El acuerdo alcanzado ayer supone un respiro a tres líderes que no pasan por un buen momento. Un escándalo financiero que data de 2004 salpica al primer ministro israelí, Ehud Olmert; el presidente palestino, Mahmud Abbas, solo mantiene su poder en Cisjordania; el otro territorio palestino, la Franja de Gaza, está bajo control de Hamas, una milicia islámica que no reconoce a Israel y ya anunció su rechazo a cualquier acuerdo al que se alcance; finalmente, el presidente de EE.UU., anfitrión y tutor del proceso, George W. Bush, tiene cuotas de popularidad de apenas un 30% cuando aún le queda poco más de un año al frente de la Casa Blanca.

Al entrelazar ayer sus manos con las de Abbas y Olmert, Bush no sólo sellaba la reactivación de un proceso de paz estancado desde hace siete años. También dejaba claro cuál es el objetivo que le queda en el resto de su mandato, al que se aferra casi como a una tabla de salvación.

«Les doy mi compromiso personal para apoyar su trabajo con los medios y la decisión del gobierno estadounidense (…) Llegará un día cuando la libertad dé paso a la paz, que verá la luz en la tierra que es sagrada para muchos», afirmó el mandatario estadounidense.

La sucesión de buenos deseos continuó en los discursos de los otros líderes. Términos como el fin del terrorismo y el derramamiento de sangre, la paz y la convivencia, y el reconocimiento y el respeto estuvieron presentes tanto en las alocuciones como en la declaración conjunta.

Abbas dijo que cualquier acuerdo de paz en Medio Oriente deberá garantizar a los palestinos recibir la parte oriental de Jerusalén como capital y la erradicación de los asentamientos israelíes en los territorios disputados; a su turno, Olmert dijo a los árabes asistentes a la conferencia que «ha llegado el momento de concluir el boicot y la alienación impuestos a Israel».

En lo que es considerado uno de los mayores logros de su mediación, EE.UU. logró que Arabia Saudita participara en la cumbre, lo que marca la primera vez que Riad se sienta con Israel a discutir la paz.

Annapolis reflejó también el interés (y el éxito) norteamericano de involucrar en el proceso a los árabes moderados, argumentando que todas las partes deben preocuparse por la influencia de Irán, acusado de respaldar a los grupos extremistas en todo Medio Oriente.

Unas horas después de inaugurar la conferencia, Bush reconoció estar preocupado por las consecuencias si el proceso fracasa, pero consideró que «vale la pena intentarlo«.