La reunión. La alianza de gobierno en Argentina está en coma.

El primer encuentro entre ambos luego de 22 días comenzó con cortesía. «Gracias por recibirme», dijo Cobos ni bien entró al despacho presidencial en la Casa Rosada. Había pedido una reunión por escrito esa misma mañana. «De ninguna manera, Julio, vos sos mi vicepresidente», respondió ella, según consignó ayer el diario Clarín.

Pero ahí se acabaron las amabilidades. Si bien los 45 minutos de reunión estuvieron carentes de adjetivaciones, la tensión quedó clara desde el inicio. La presidenta no permitió una foto entre ambos, ni siquiera tomada por el fotógrafo oficial.

Cobos descubrió entonces el campo de hielo al que el kirchnerismo decidió confinarlo después de su noche de «rebelión» en el Senado. En la madrugada del 17 de julio, el voto del vicepresidente fue el que decidió el fin del proyecto oficial de retenciones móviles a las exportaciones de granos, un plan que desató un conflicto de 130 días entre la Rosada y el sector rural.

Seca, cargada de reproches, la presidenta lo esperó con una invitación a resignarse: le confirmó el enojo por haber votado contra las retenciones móviles, le dijo que era él -no toda la Concertación- quien se había alejado del Gobierno y sólo le prometió «respeto» a su investidura como vicepresidente. Esta tácita oferta de convivencia excluía las ilusiones que se había creado Cobos cuando había aceptado en el acto el pedido de audiencia.

«No se puede explicar que vos votaras en contra», le dijo Fernández. Para ella, el rechazo de su vice al proyecto de retenciones era «inexplicable». Clarín agregó otra frase más de la mandataria: «Me hubiera gustado que me llamaras por teléfono o me vinieras a ver para anticiparme que ibas a votar en contra».

Pero la presidenta no fue la única que se mantuvo firme en su postura. «Creo que hice lo correcto y los hechos posteriores lo están demostrando», dijo Cobos, aludiendo a la notoria distensión que se vive ahora en la sociedad argentina.

¿Fue una reconciliación? Queda claro que no. El mayor avance fue la rápida respuesta a un pedido de audiencia de Cobos a Cristina. «Cada uno trabajará en su rol institucional y sólo el tiempo definirá si lo que pasó rompe definitivamente la relación», dijo un funcionario del gobierno. Una voz oficial admitió que el objetivo del encuentro fue que «la gente no sienta que ambos están peleados y que el mundo no se lleve esa imagen de la fórmula presidencial».

Lo que sí queda claro es que la Concertación Plural -la alianza que tejió el kirchnerismo con los radicales «K», como Cobos, para ganar las elecciones pasadas- quedó al borde del fracaso. Tras una problemática convivencia, agravada por el fracaso del gobierno en el Senado, los radicales «K» sienten ahora que su alianza con el kirchnerismo está llegando a su final.

Cobos llegó el miércoles a la Rosada rebosante de optimismo. La rápida respuesta a su pedido de reunión sustentaba esa sensación. Tenía pensado pedir un mayor espacio para los radicales «K» en el gobierno, e incluso discutir sobre la inflación y el problema energético. Pero fue su voto en el Senado lo que insumió los 45 minutos del encuentro. «Fue un encuentro a cara de perro y nos fue para el diablo», dijo un allegado a Cobos. El gesto adusto del vicepresidente al salir de la reunión no permitía otras dos interpretaciones. Ni siquiera se sabe si pudo escuchar al irse el grito de «¡Traidor, hijo de puta!» que le dedicó un simpatizante kirchnerista tras las rejas de la Casa Rosada.

Para el grupo de Cobos, que integran varios intendentes radicales «K», la mitad de ese bloque en Diputados y un funcionario de Cancillería, la reunión fue un reconocimiento: el Gobierno no está muy interesado en tenerlos como socios.

Desde el gobierno, se prefería seguir considerando a la Concertación Plural como un ente, al menos, aún en pie. «Pronóstico reservado», dijo una fuente allegada al kirchnerismo sobre el futuro de esta alianza. La Concertación, al menos como la soñaron los radicales que se pasaron al bando kircherista, está en coma.