Los fantasmas de anteriores crisis petroleras se ciernen sobre la economía

Washington anunció que los datos de la balanza comercial son peores de lo previsto; decreció la confianza de los consumidores estadounidenses -hipersensibles a un precio de la gasolina que sigue siendo inferior al de gran parte del mundo-, y Wall Street cerró a la baja.

Sin embargo, no parece haber unanimidad sobre los efectos del alza sin freno del crudo.

«Los precios no cesan de aumentar y esó incrementará la presión sobre la economía en el curso del verano. El petróleo podría tener un impacto importante en el conjunto de los indicadores en los dos meses venideros», dijo Steven Wieting, de Citigroup.

El economista de Lehman Brothers Drew Matus puso cifras a esa inquietud y estimó que el crecimiento del PIB en el segundo trimestre «será de 3,7% en vez del potencial 4,0% que esperábamos».

«Hasta ahora la economía ha absorbido bien estos altos precios y creo que podemos continuar haciéndolo. Pero ciertamente no ayudan, son negativos para la economía», dijo secretario del Tesoro John Snow.

El aumento veloz de los precios azuza el recuerdo de las crisis perroleras sufridas en 1973, por el embargo petrolero árabe, 1979-80, tras la revolución iraní y 1990, después de la invasión de Kuwait por Saddam Hussein.

Sin embargo, aunque los precios actuales son 164% superiores a los de agosto de 2002 -cuando el barril se pagaba a 25 dólares-, siguen estando unos 13 dólares por debajo de los de 1979, cuando -ajustándolos a los niveles de inflación-, alcanzaron los 80 dólares.

Si en aquellas crisis la escasez jugó un papel determinante, en el contexto actual la fuerte demanda parece ser el factor determinante.

Al margen de su indudable impacto en sectores vitales como los transportes, el hecho de que la economía mundial esté pidiendo más leña y que los productores estén en disposición de satisfacer su hambre es la cara positiva del aumento de los precios.

En ese contexto, hay quien sostiene que, en ausencia de crisis, la escalada de los precios no tiene porque ser tan alarmante como fue en otras épocas.

Así, en su comentario financiero semanal, la revista The New Yorker decía que «no puede ser 1974 para siempre».

«La economía estadounidense ha cambiado dramáticamente desde los años 70 y es mucho menos dependiente del petróleo de lo que era. Hablando crudamente, Estados Unidos usa la mitad de energía por dólar de su Producto Interior Bruto (PIB) de lo que hacía 30 años atrás», comentaba la revista».

«En cuanto a los consumidores, el gasto energético aún supone menos del 5% del gasto medio del presupuesto familiar (…) La Reserva Federal es otro factor; es más sofisticada de lo que era en su gestión de las tasas de interés y su comprensión de los precios del petróleo», añadió.

El columnista de la revista Forbes, Kenneth L. Fisher, apuntó en la misma dirección al afirmar este sábado que no hay correlación entre los precios del petróleo y la caída de los mercados bursátiles.

«Exploren todos los datos que quieran. No encontrarán una creíble relación causa-efecto entre petróleo y bolsas», afirmó.

Los inversores que se asustan ante la actual subida «están cometiendo un grave error. Están sucumbiendo a un mito de la prensa. Es fascinante cuantas veces la prensa sale indemne de una historia alegando que X causa Y cuando hay abundante evidencia estadística para desautorizar esa conexión».

(AFP)