Los líderes del planeta se reúnen en Rusia

Miguel Enesco, AFP. Vladimir Putin (Rusia), George W. Bush (Estados Unidos), Tony Blair (Gran Bretaña), Junichiro Koizumi (Japón), Jacques Chirac (Francia), Angela Merkel (Alemania), Romano Prodi (Italia) y Stephen Harper (Canada) se reunirán desde el sábado en el Palacio Konstantin, a 15 km de San Petersburgo, ubicado en una propiedad que Pedro el Grande concibió en 1720 para ser un «Versalles ruso».

Pero el contexto de este G8, presidido por primera vez por Rusia, es preocupante: a Medio Oriente, Irán o el terrorismo se añaden la crisis de los misiles norcoreanos y los nuevos récords históricos del petróleo, impulsados precisamente por estas tensiones geopolíticas.

Los presidentes brasileño Luiz Inacio Lula da Silva y mexicano Vicente Fox figuran entre los invitados a la cumbre, junto a mandatarios de otros grandes países emergentes como China, India y Sudáfrica, entre otros.

Con ello, el G8 confirma la creciente importancia que tienen estos nuevos actores emergentes en el escenario político y económico planetario.

Presidir este año el G8 -el selecto e informal club de los ricos al que Moscú fue invitado en los años 90- es un triunfo para Putin, y un orgullo para los rusos, algo que se percibe en las impolutas (para la ocasión) calles de San Petersburgo, 15 años después del humillante hundimiento del régimen soviético.

Pero este G8 está además marcado por la controversia: ¿debe Rusia presidir el G8, club de ricos pero también de las mayores democracias mundiales.

«Una Rusia más transparente, abierta y democrática habría actuado de forma diferente en muchos asuntos», escribían esta semana John Edwards y Jack Kemp (ex candidatos demócrata y republicano a la vicepresidencia de Estados Unidos) en el Herald Tribune, reprochándole su relación con Hamas, su tibieza ante Irán o la utilización de sus enormes recursos energéticos como «presión política».

Precisamente, antes de que se multiplicaran en el planeta las crisis políticas, la energía figuraba como principal tema de esta cumbre del G8, a instancias de Rusia, primer productor mundial de gas (suministra 25% del gas consumido en Europa) y segundo de petróleo (abastece el 18% del crudo europeo).

Esa interdependencia energética genera conflictos: Rusia es acusada de usar con fines políticos su sólida posición de abastecedor, y de negarse a poner fin al cuasi monopolio de su gigante Gazprom, omnipresente en la red de gasoductos.

Por su parte, Moscú se queja de que los occidentales cierran sus puertas a las pujantes empresas rusas que, mediante adquisiciones, querrían tomar posiciones en el mercado europeo.

Ese desencuentro energético, en el mismo seno del G8, se produce además mientras los precios del petróleo suben de forma espectacular: tras la ofensiva israelí en Líbano, el precio del barril aumentó cuatro dólares en solamente 48 horas, superando los 78 dólares tanto en Londres como en Nueva York.

«Parece que hay un estallido en los cuatro rincones del planeta, con lo que el mercado (petrolero) se dispara a toda máquina, y en una única dirección, hacia el alza» de precios, explicaba Ed Meir, analista de la sociedad Man Financial.

Hasta ahora, la subida del crudo no ha afectado el crecimiento económico global.

Antes de este último acceso de fiebre, el Director general del Fondo Monetario Internacional, Rodrigo Rato, acababa de revisar al alza las previsiones de crecimiento mundial a 5% para éste y el próximo año.

Pero con un barril a tiro de piedra de los 80 dólares, el G8 podría constatar que se ensombrecen notablemente las perspectivas económicas mundiales para los países ricos, pero también para los más pobres, especialmente en África.

Es otro nubarrón más sobre la cumbre de San Petersburgo.