Masacre en el regreso de Bhutto.

«Si queremos salvar a Pakistán del extremismo, que quiere tomar el país, necesitamos la democracia». Así había hablado la ex primera ministra (1988-1990 y 1993-1996) pocas horas antes de que su avión tocara la pista de su natal ciudad de Karachi, poniendo fin a un exilio de casi nueve años. En los días previos, el gobierno de Islamabad había sugerido a Bhutto que pospusiera su regreso al país dadas las amenazas de radicales islámicos. La ex gobernante había estudiado en Gran Bretaña y EE.UU. y es considerada una «niña mimada» de Occidente, lo que enfurecía a los extremistas, cada vez más activos, de la segunda población musulmana del planeta. «Un verdadero musulmán no mata a una mujer, no comete atentados suicidas», había dicho Bhutto.Cuando la ex premier llegó a Karachi, el recibimiento fue apoteósico. Unas 250 mil personas la vivaban por las calles -fuentes del partido político de Bhutto, el PPP, hablaron de dos millones de entusiastas-. Ella, quien a los 35 años se había convertido en 1988 en la primera mujer que regir un estado islámico, no pudo evitar las lágrimas de emoción.Sin embargo, y pese al dispositivo de seguridad integrado por 20 mil policías, las peores previsiones se cumplieron. Primero se escuchó una pequeña explosión; enseguida, una enorme detonación a pocos metros del camión que transportaba a Bhutto, durante la procesión por Karachi. El estallido destruyó las ventanillas de ese vehículo; un coche policial se prendió fuego.El Ministerio del Interior dijo que los inhibidores de frecuencia que tenía el vehículo de Bhutto no sirvieron de nada, ya que las explosiones no se realizaron por control remoto sino que fueron atentados suicidas. La ex primera ministra salió ilesa, ya que entonces se encontraba descansando en la parte inferior blindada del rodado. Se canceló el discurso que pensaba realizar y fue trasladada a la residencia de su familia en Karachi.Pero el panorama en las cercanías era desolador. Decenas de personas muertas o desmembradas. Además de las víctimas fatales, hubo entre 200 y 300 heridos, algunos de ellos de extrema gravedad. Los hospitales no daban abasto. Los fallecidos se dividen entre simpatizantes de Bhutto e integrantes del operativo de seguridad.Hasta el momento, nadie reivindicó el atentado, que había estado precedido por amenazas de combatientes islamistas cercanos a los talibanes y de Al Qaeda, cuya influencia ha crecido en el país, sobre todo luego de la masacre en la Mezquita Roja, en julio.Pakistán es una potencia nuclear de 160 millones de habitantes. El presidente desde 1999, Pervez Musharraf, es considerado un fuerte aliado de EE.UU. en su lucha contra el terrorismo. Con la popularidad de éste en picada, Washington y Londres promovieron un acuerdo -que aún no fue definido completamente- entre el mandatario y Bhutto para que gobiernen conjuntamente el país desde el año próximo. Una alianza entre ambos contaría con el apoyo de la población más occidentalizada del país, pero un abierto rechazo de una porción cada vez mayor de los paquistaníes.Tras una oleada de atentados suicidas sin precedentes que dejó 300 muertos en todo el país en tres meses, Osama Bin Laden declaró en persona la «guerra santa» a Musharraf, al que Al Qaeda califica de «perro de EE.UU.» Bhutto, avalada por Occidente, también merecería ese calificativo de los radicales.