Memoria Anual: Prefacio 1981

Ambos factores incidieron en forma negativa durante el año 1981 y agudizaron la recesión, a la vez q nuevos factores depresivos comenzaron a actuar.

Fue así que durante el año 1981 la economía del Uruguay experimentó las consecuencias de la recesión que afectó a todos los países del mundo occidental, así como a las economías de los países socialistas, también denominadas centralmente planificadas.

La recesión generalizada se concretó en un aumento en la desocupación y en la caída de la demanda internacional, lo q dio origen a un aumento de las prácticas proteccionistas de muchos países.

Asimismo, el año 1981 se caracterizó por la continuidad de elevadas tasas de interés internacionales, lo que también afectó muy seriamente al país.

De modo particular nuestro país se vio afectado por el fortalecimiento de algunas monedas dominantes. Este fortalecimiento, especialmente del dólar de los Estados Unidos de América, creó importantes dificultades a nuestras exportaciones, por el hecho de que la moneda del Uruguay está ligada al dólar USA.

En el orden interno, la recesión se manifestó en una caída del producto, en un aumento de la desocupación y en las serias dificultades que debieron enfrentar muchos sectores para sus ventas y posteriormente para las cobranzas. De modo particular, a la crisis del sector agropecuario siguieron las dificultades de la construcción, del sector industrial orientado hacia el mercado interno, – por efecto de competencia externa -, del sector exportador industrial – por efecto de la disminución de sus márgenes de rentabilidad y del comercio en general.

Factores recesivos fundamentales

En el orden interno, en síntesis, la coyuntura recesiva iniciada a fines del año 1981, lo que afectó la rentabilidad de algunos sectores empresariales, de modo especial aquellos con una situación financiera más comprometida.

Cuatro elementos básicos constituyen quizá la raíz de las dificultades que en forma creciente han exhibido muchos sectores de la economía nacional.

Por una parte, la situación argentina. La crisis cambiaria de ese país y el profundo receso sufrido significaron una pérdida de dinamismo de años anteriores de las exportaciones uruguayas hacia ese mercado, así como una detención de las fuertes inversiones inmobiliarias argentinas en nuestro medio.

En segundo término, se asiste al receso depresivo que siguió el auge económico provocado en parte por la fuerte expansión del crédito favorecida por la apertura financiera y la política cambiaria implementada. El fuerte endeudamiento de muchas empresas, durante el período de expansión y las elevadas tasas de interés internacionales provocaron que, una vez iniciada la caída de la inflación que el modelo cambiario implicaba, las cargas financieras se hicieran insostenibles.

Poco a poco, no sólo algunos sectores empresariales comenzaron a sentir los efectos de la expansión de años anteriores, sino que el mismo sector financiero ha debido enfrentar la creciente insolvencia de muchos deudores.

Asistimos así a la evolución cíclica, fenómeno con la periodicidad irregular cabe esperar en los procesos económicos.

En tercer lugar, se estima que no ha sido adecuada la política de precios administrados por parte del gobierno. La fijación de incrementos mínimos de salarios, independientemente de la situación del mercado de trabajo y de las pautas cambiarias fijadas, ha provocado una creciente distorsión de precios relativos.

Asimismo, el establecimiento de tarifas públicas ha respondido más a la búsqueda de la solidez de los balances de los entes correspondientes que al mantenimiento de unos precios administrados proporcionales con el valor del dólar.

De igual forma, el régimen de reajuste de alquileres ha provocado un proceso de realimentación de la inflación, en momentos en que el mercado de la vivienda indicaría otros valores para los alquileres.

Estos tres sectores de precios administrados, fijados en proporciones no acordes con el reajuste de precios relativos que supone el mantenimiento del cronograma cambiario como eje de la política antiinflacionaria, no contribuyeron a la necesaria coherencia de la estructura general de precios, en perjuicio en especial del sector exportador.

Un cuarto elemento contribuye a las diversas manifestaciones recesivas que vive el país es consecuencia en parte de un elemento ya mencionado: la expansión del gasto con cargo al endeudamiento. Nos referimos en particular a la expansión de las importaciones, con ocasión de las mayores facilidades de que gozó la introducción de mercaderías al país. La disminución gradual de dirigismo en ese terreno combinada con el ofrecimiento de grandes facilidades crediticias, trajo consigo errores empresariales en los volúmenes importados, los cuales superaron la capacidad de absorción del mercado.

Gasto global, endeudamiento privado y tasas de interés

Tal como se dijera al principio, la fuerte entrada de capitales financieros y el consiguiente endeudamiento de empresas y particulares llevó a unos niveles de consumo e inversión superiores a las posibilidades de producción interna. Si bien ésta exhibió un fuerte aumento en algunos períodos, no fue suficiente para proveer a la incrementada capacidad de gasto, lo que se tradujo así en un fuerte déficit de balanza comercial. El país alcanzó momentáneamente, mejores niveles de consumo y capitalización pero a costa de un endeudamiento a corto plazo y con altas tasas de interés, que hicieron que el equilibrio así establecido fuese circunstancial. El receso argentino, la política estabilizadora uruguaya y las altas tasas de interés internacionales contribuyeron a tornar en rápidamente crítica la situación financiera de empresas y particulares.

Obviamente, esta situación se refleja en el sistema bancario que tiene muchos deudores con dificultades, en tanto sus acreedores – nacionales y extranjeros – han obtenido excelente rentabilidad en sus colocaciones a plazo fijo, sea en moneda nacional o extranjera.

De alguna manera, en síntesis, se puede afirmar que algunos sectores empresariales tienen serios problemas mientras que el sector ahorrista financiero ha hecho un negocio acertado. Ello conduce a que la crisis de las empresas y de los particulares se traslade poco a poco al sistema financiero institucional.

En cuanto a la distribución del Producto, es de destacar que en tanto el consumo privado descendió respecto a 1980, el consumo público creció, con las consecuencias negativas que ello trae aparejado sobre el nivel de vida y la rentabilidad de la inversión.

Reflexiones

El excesivo endeudamiento de empresas y particulares, alentado por una política cambiaria que hacía negativa la tasa de interés durante el período de auge de 1979, hace necesarias algunas reflexiones sobre la vocación de plaza financiera del Uruguay.

Es indudable que muchos factores favorecen que nuestro país proporcione los elementos constitutivos de una plaza financiera. Sin embargo, la experiencia nos indica que se deberá procurar que los flujos hacia dentro y hacia fuera de tal plaza financiera no interfieran con el desarrollo de la economía doméstica. Por ello parecería más conveniente que las colocaciones recibidas de no residentes fueran preferentemente recolocadas, en el exterior, dejando en el país el beneficio de sede contable y todas sus consecuencias.

Los flujos de capitales que recibió el país – colocaciones a corto plazo – fueron en buena medida recolocados internamente para financiar consumo e inversión.

No quiere decir esto que el país no deba acudir al ahorro externo, pero debiera hacerlo básicamente a través de la inversión física extranjera y de créditos a mediano o largo plazo, de modo que el aumento de la inversión nacional no sea hecha con cargo a créditos de corto plazo que tornen inestable toda la economía .

Un segundo punto a analizar es la utilización de la política cambiaria como herramienta anti-inflacionaria, en momentos en que se procura la apertura de la economía.

Es así que se instrumentó detener la inflación mediante el uso de la fijación de la moneda doméstica al patrón dólar. Esto implica suponer que durante el período de ajuste, los precios de los bienes que se comercian con el exterior – importación y exportación – descendieran relativamente respecto a los precios de los bienes o factores que no se comercian con el exterior – salario, tarifas públicas, ciertos servicios, alquileres, inmuebles – todo aquello hasta que el receso detuviera e hiciera caer en términos relativos los precios de los bienes no comercializables con el exterior y se recuperase así la estructura de precios relativos original. Es oportuno destacar que la utilización de la distinción entre bienes comerciables y no comerciables no sólo resulta útil analíticamente, sino que es parte del lenguaje económico habitual actual, incluso a nivel oficial, por encima de las sofisticadas consideraciones académicas que permite el tema.

En otras palabras, cuando se comenzó a fijar el valor del dólar por anticipado, a un ritmo mensual claramente inferior a la tasa de inflación interna del momento, se pretendió que los precios de los bienes ligados al dólar – básicamente los importables y exportables – detuvieran su ritmo ascendente y comenzaran a subir de acuerdo con el ritmo establecido por el cronograma cambiario. De ese modo, en las primeras etapas de la lucha antiinflacionaria, los precios de los bienes que no se comercian con el exterior continuaron subiendo a un ritmo superior. Se produjo entonces una distorsión de precios relativos que le fue restando rentabilidad a las exportaciones y a aquellos sectores que produciendo para el mercado interno comenzaron a sufrir la competencia externa, no por efecto de los aranceles, sino de la valuación del dólar. Entonces, poco a poco, se acentuó el receso y cayó el ritmo de inflación promedio, por el efecto conjunto de los precios de los bienes que se comercian con el exterior – pautados por el cronograma cambiario – y por la menor demanda interna que debieron enfrentar los bienes no comercializados.

En estas condiciones, la conducción económica previó que en una segunda etapa, los precios de los bienes que no intervienen en el comercio exterior comenzaran a aumentar por debajo de las pautas del cronograma cambiario y se produjera una lenta recomposición de precios relativos, es decir, las exportaciones recuperarían su rentabilidad y las industrias de mercado interno no se verían tan afectadas por la valoración del dólar. Mientras tanto la inflación caería por debajo del ritmo de las devaluaciones durante un cierto período de tiempo y con los precios relativos recompuestos podría ser el momento de fijar definitivamente el precio del dólar. Tal es el mecanismo que teóricamente se esperó que operase cuando se decidió detener el proceso inflacionario mediante la política cambiaria.

Obsérvese cuál es el proceso que se espera que ocurra cuando se abre comercialmente una economía  y se podrá concluir que es un proceso contradictorio al que se acaba de describir.

Cuando se decide bajar los aranceles se espera un aumento de las importaciones, esto es, un incremento de la demanda de divisas, lo que traería aparejado un alza en el dólar. Ello produciría un aumento de los precios de las importaciones y exportaciones, es decir, se produciría un aumento de los precios de los bienes comercializables respecto a los no comercializables. Lo que se pretende así es una mejoría de los márgenes de utilidad de las exportaciones, actividad hacia la cual comenzarían a volcarse muchos recursos impulsando el desarrollo y absorbiendo los recursos que antes se destinaban a actividades que la nueva rebaja de aranceles haría ahora ineficiente.

En síntesis, la lucha antiinflacionaria mediante el uso de la política cambiaria implicaría una apreciación relativa del signo monetario nacional – un precio relativamente bajo del dólar – en tanto la apertura comercial de la economía implica una depreciación relativa del signo monetario nacional – un precio relativamente alto del dólar-.

Como se ve, la persecución de dos objetivos distintos, lucha antiinflacionario mediante esta política cambiaria y apertura comercial de la economía por medio de la rebaja arancelaria son aún teóricamente objetivos contrapuestos porque exigen comportamientos inversos de los precios de los bienes comercializables y no comercializables.

Parecería que, o se utiliza el control monetario brusco para contener la inflación y se intenta luego la apertura de la economía o simplemente se posterga uno de los objetivos si se quiere utilizar el sistema de patrón fijo o deslizante activo – esto es, la fijación anticipada del cronograma cambiario – para detener la inflación. 

Se hace necesario reconocer que en abstracto el sistema cambiario basado en el cronograma anticipado, permitía, sobre la base de detener la inflación, que los precios de los bienes comercializables – exportación e importación – comenzaron en una segunda etapa a subir relativamente respecto a los no comercializados, sin la necesidad de que los precios de éstos cayeran nominalmente.

En otras palabras, era interesante considerar que si bien durante la primera etapa del cronograma cambiario – para detener la inflación – se produciría lo que no muy técnicamente se llama atraso cambiario, en la segunda etapa – la que seguiría al receso y comienzo de la expansión – las exportaciones se volverían más rentables sin necesidad de una caída nominal de los precios de los bienes no comercializables – concretamente salarios -. Ello resultaba políticamente atrayente dada la rigidez de los precios a la baja por una parte y, por otra, a que la apertura se obtendría en un marco de estabilidad.

En los hechos, sea por el boom expansivo del año 1979 o por las elevadas tasas de interés o por la administración de ciertos precios, la segunda etapa del mecanismo recién entraría en funcionamiento cuando el receso fuere ya demasiado severo, lo que se estima como una solución difícil de ejecución práctica.

Una tercera reflexión, que quizá resuma las dos anteriores, se refiere a las relaciones entre apertura financiera y apertura comercial.

Parecería que la apertura financiera, por el optimismo que un nuevo ambiente para los negocios provoca y por el surgimiento efectivo de nuevas posibilidades de negocios, trae consigo un alza de la tasa de interés lo que estimula la entrada de capitales extranjeros que se agrega a la repatriación de capitales nacionales. Esta entrada de capitales provoca una caída de los precios de los bienes comercializables respecto a los no comercializables cualquiera sea el modelo monetario que se instrumente, ya que opera indistintamente por una expansión de la cantidad nacional de dinero o por una caída de la tasa de cambio nominal. Veamos por qué.

En el caso de la existencia de un tipo de cambio fijo, esto es, que el Banco Central compre y venda dólares a un precio por él establecido, ocurre que el alza de la tasa de interés y la entrada de capitales traen consigo una expansión de la cantidad de dinero, lo que a su vez provoca un déficit de la balanza comercial y un alza de los precios de los bienes que no se comercian con el exterior, en tanto los precios de los bienes exportados e importados permanecen indirectamente determinados por la tasa de cambio fija.

En caso de que se dejara flotar el dólar, esto es, que el Banco Central no intervenga en el mercado de cambios, la entrada de capitales produciría un exceso de oferta en el mercado de divisas y el dólar caería. Como consecuencia, los precios de los bienes exportables e importables también descenderían.

En definitiva, en ambos casos, con cambio fijo y con cambio flotante, se produce pues una caída relativa de los precios de los bienes comercializables, respecto a los no comercializables, o, dicho en otros términos, se produce un fortalecimiento del signo monetario nacional, o simplemente, una caída relativa del valor del dólar.

Tal como ya se mencionó, esto produce serias dificultades al proceso de apertura comercial que se basa en una apreciación real del tipo de cambio – aumento relativo del valor del dólar – que promueve el crecimiento de la economía a través de la expansión de sus exportaciones.

Sin duda, lograr la apertura de la economía sin ciclos y convulsiones parece una tarea difícil.

Perspectivas

El horizonte económico del año 1982 no luce ciertamente alentador. El costo de la detención de la inflación ha sido un receso que tiende a generar un pesimismo que no invita a ver las cosas con un poco más de perspectiva en el tiempo.

El receso interno unido a la recesión internacional, asociados al hecho de que el país vivió niveles de gasto más allá de sus posibilidades productivas, implican para el año 1982 y quizá los siguientes, que los niveles de consumo e inversión deban caer.

En algún momento, la recomposición de la economía exigirá que por uno u otro mecanismo se produzca una progresiva depreciación del signo monetario nacional respecto del dólar en términos reales.

El proceso mencionado puede darse por una caída de los precios de los bienes no comercializables, por una aceleración de las mini devaluaciones en términos de los índices del costo de vida o por una alteración de la política cambiaria.

Lo que quizá plantea un horizonte menos claro, es la situación de endeudamiento a corto plazo, de muchos agentes económicos en momento de receso interno.

La política oficial apunta a una postergación del problema, a la espera de un mayor auge internacional y a una caída de las tasas internacionales, de modo de dilatar mediante un endeudamiento adicional a la solución del problema financiero a la espera que la ecuación económica resulte más rentable. 

Una doble base sustenta esta política: internacional una, interna la otra. Por una parte, existen pronósticos relativamente fundados de que el mundo occidental salga hacia 1983 del receso que vive, luego de una caída de las tasas de interés internacionales y de la detención de la inflación. Desde el punto de vista interno se espera que los precios de los bienes comercializables, comiencen progresivamente a subir en relación a los precios de los no comercializables, de modo de mejorar la rentabilidad del sector exportador y de algunos productores para el mercado interno.

El punto más complejo del programa iniciado será instrumentar la forma que permita al sistema financiero sobrellevar la carga del ajuste, si bien en este punto el comportamiento de la autoridad monetaria será fundamental.

Desde el punto de vista empresarial, la variación de su situación económica y financiera que sólo se base en los flujos futuros y no altere la situación de balance actual puede ser insuficiente, máxime cuando el sistema cambiario actual implica para el futuro una tasa de interés interna altamente positiva cualquiera sea la tasa internacional. En otras palabras, si la economía es financieramente abierta, la tasa de interés no puede ser inferior al efecto acumulado de la tasa internacional más el ritmo de devaluación.

Si éste supera la tasa de inflación doméstica, el interés interno puede hacerse altamente positivo.

Esta dificultad de que las empresas con alto endeudamiento puedan salir adelante sólo mediante una mejoría en los flujos futuros, sin alteración de las valoraciones de los diferentes componentes de su balance, hace correr el riesgo de que la política económica desemboque en otras alternativas que generarían una fuerte convulsión.

Será sin duda un período difícil durante el cual el sentido común y un fino equilibrio pueden llevar a un lento relanzamiento de la economía sin ocasionar graves perturbaciones.

Por encima de los ciclos coyunturales y de los vaivenes de la política económica, son el trabajo, la capacitación, ahorro y la imaginación del sector privado, los factores que permiten encarar el futuro con una razonable esperanza.

De igual forma, la proyectada disminución de la gravitación del sector público en el conjunto de las actividades económicas del país, se constituirá en un paso adelante en la más eficiente asignación de recursos. Asimismo los planes de privatización de empresas y entes estatales contribuirán a un mayor dinamismo de la economía y a una mejora en la calidad de los servicios prestados. Es con preocupación que se observa que, en 1981, el país no ha avanzado en ninguno de los aspectos mencionados, lo que neutraliza en buena medida los esfuerzos de racionalización económica que se llevan a cabo en otros campos.

La Cámara Nacional de Comercio reitera que por encima de las alternativas financieras que el país haya de vivir se hace imprescindible mantener muy claro la necesidad de la permanente vigencia de la libertad en el campo económico, la integración de la economía uruguaya en el ámbito internacional mediante una sana apertura a la economía y su impostergable disminución del excesivo peso del sector público sobre la población.