Memoria Anual: Prefacio 1993

Sin embargo puede resultar revelador analizar algunos aspectos económicos que no se aprecian a simple vista: la diferente evolución a nivel de ciertos sectores y de ciertas variables y la posibilidad de estar ante una nueva etapa de desarrollo del país, con un fluido ingreso de capitales por encima de la coyuntura regional o de los típicos ciclos de las últimas décadas.

La evolución sectorial

Más allá de la evolución global es necesario analizar la composición de la variación del Producto. Se observa que existe un estancamiento del sector primario, un retroceso del sector secundario y una fuerte expansión del sector terciario.

En efecto, continuando una tendencia que ya se ha evidenciado años atrás, el sector terciario experimentó un crecimiento sumamente significativo y ganó participación en el Producto Bruto Interno.

Si se tiene en cuenta la participación porcentual de cada sector en el Producto, se aprecia que en 1983 el sector primario -agropecuario, pesca y canteras y minas- contribuía con casi 14%, el secundario -industria manufacturera, electricidad, gas, agua y construcción- con casi 33% , los servicios del Gobierno con 10.8% y el sector terciario privado -comercio y servicios privados- con 42.7%. Estos porcentajes se modificaron con el correr de los años y así, en 1993 el sector primario se redujo una participación en torno al 9 %, el secundario retrocedió hasta 27 %, el Gobierno se mantuvo en 11% y el sector terciario privado incrementó su contribución al PBI situándose en  casi 53%.

Similar tendencia se desprende del análisis de la Encuesta de Comercio y Servicios que lleva adelante la Cámara Nacional de Comercio desde 1990. Esta Encuesta cubre actualmente 225 empresas, que representan 742 puntos de venta y ocupan más de 18.600  personas. Se aprecia que casi todos los giros comerciales y de servicios considerados experimentaron a lo largo de los tres últimos años significativas tasas de incremento de actividad en un marco de creciente competencia internacional e interna.

Pero a su vez, resulta interesante destacar que este crecimiento de actividad se ha realizado con una expansión de precios muy por debajo de la del resto de la economía. En efecto, tanto por la competencia internacional -que lleva a reducción de los precios en origen- como por el ritmo de devaluación, como por la creciente competencia interna -que conduce a una reducción en los márgenes de rentabilidad-, los precios de los productos transables internacionalmente han experimentado crecimientos sensiblemente inferiores a los del resto de los precios de la economía. Esto se refleja en la evolución de los componentes del Indice de Precios de Consumo de los últimos años. En particular, durante 1993 los precios de bienes comerciables crecieron aproximadamente 20 puntos por debajo de los precios de los bienes no comerciables, con un claro impacto positivo en el consumo y por tanto, en el bienestar de la población.

Si se analiza la composición de la población ocupada, se aprecia que también en este caso el sector terciario es el de mayor peso dentro del total. En efecto, según el último Censo económico de 1988, el 53% del Personal ocupado se encontraba en el sector terciario.

Es decir que, siguiendo una tendencia internacional, los sectores  económicos han tenido diferente importancia a lo largo de la historia: primero fue el sector primario, luego el secundario y en nuestros días, el país es básicamente terciario.

Variables relevantes

Para analizar la situación económica del país, no basta considerar la evolución de su Producto.

Durante 1993 se registró una de las tasas de inversión más importantes de los últimos años. Así, la inversión experimentó un crecimiento de más de 20% en términos reales y representó el 15.6% del Producto.

Por su parte, la importación de maquinaria y equipo se incrementó un 22.3%, representando en la actualidad el 14% del total de bienes importados.

Del mismo modo, es interesante destacar que el descenso en la producción industrial no fue generalizado y estuvo acompañado de un descenso aún más pronunciado en la población ocupada en el sector, por lo que se desprende que existió un importante incremento en la productividad industrial, tal como ocurre a nivel internacional.

Asimismo, la tasa de desempleo enseña una evolución prácticamente incambiada, por lo que los puestos de trabajo emigrados del sector industrial pasaron al resto de la economía privada sin mayores problemas. Tal como se analiza en un reciente estudio de CEPAL, entre 1986 y 1992 se crearon en el país 115.000 puestos de trabajo. Si a ello se agrega que en el sector público se ha reducido el número de funcionarios en aproximadamente 10.000 personas, se concluye que el sector privado ha incorporado al menos 125.000 nuevos puestos de trabajo en 7 años.

Los ciclos económicos

Si se analiza la tendencia observada en los últimos años, se aprecia que los vaivenes cíclicos se han presentado con fuerza a intervalos de cuatro o cinco años.

En efecto, al auge de fines de los 70 y comienzos de los 80 siguió una gran recesión hasta 1984; a ésta, otro auge durante 1986 y 1987, un posterior receso hasta 1990 y un nuevo auge cuyo máximo parece haberse alcanzado en 1992, con un crecimiento de actividad de 7.7% .

Así, durante los períodos de auge se asiste a un importante crecimiento del gasto tanto en bienes nacionales como importados, con un consiguiente deterioro de la cuenta comercial y aún corriente del Balance de Pagos y un encarecimiento relativo del país, comunmente conocido como «atraso cambiario».

La contracara de este auge es el posterior receso, durante el cual se recomponen los equilibrios externos, se reduce el gasto y la actividad se enlentece o cae.

Ello estaría revelando que pese a que la tendencia del Producto ha sido creciente, hasta ahora ha sido imposible para el país lograr un crecimiento sostenido y estable a lo largo del tiempo.

La permanencia del crecimiento

En base a la observación de la evolución de los diferentes sectores, de algunas variables relevantes y al análisis de los ciclos económicos en el Uruguay, surge la interrogante de si este proceso que se está viviendo tiene características diferentes de los que se dieron en el país anteriormente. En otras palabras, se trata de poder determinar si se está comenzando una reconversión que posibilitará un crecimiento sostenido o si simplemente se está viviendo una etapa de un ciclo económico más de los que ya ha tenido anteriormente el país.

Para que el proceso fuera duradero tendría que haber ocurrido un cambio en la política económica que sumara en forma coordinada a las políticas macroeconómicas más recomendadas, un conjunto de medidas de corte estructural.

Las políticas macroeconómicas deben atender a preservar los equilibrios económicos fundamentales. En este sentido, en los últimos años en Uruguay se ha apreciado un saludable celo de las autoridades por reducir el déficit del sector público y por mantener una política monetaria acorde. En el campo monetario, aún restan algunos componentes que pueden estar resultando inflacionarios, tales como la remuneración de ciertos encajes legales o ciertas medidas tomadas por el BROU para sus depósitos en el Banco Central. A su vez, la política comercial ha continuado en el mismo sentido iniciado décadas atrás, hacia la apertura del país a la región y al mundo, aunque también en este terreno es necesario profundizar en algunos aspectos tales como la protección extra-arancelaria.

Así, pues, en líneas generales, las políticas macroeconómicas adoptadas han estado siguiendo un sendero acorde con las tendencias internacionales, pero en general, las mismas no han sido adecuadamente acompañadas en forma coordinada de políticas de corte estructural.

Precisamente, la ausencia de este último tipo de medidas ha sido la causa común del fracaso de los planes de estabilización que con una frecuencia casi exacta se llevan a cabo en el país en cada década. Lograr transitoriamente un equilibrio de las cuentas del Estado o una reducción de los porcentajes inflacionarios sin acompañar esas sanas medidas de otras más profundas sólo ha llevado al fracaso de los planes en el mediano plazo.

Los agentes económicos pueden estar dispuestos a soportar sacrificios financieros transitorios en aras de un progreso futuro, pero penalizan los planes incoherentes o cortoplacistas simplemente no creyendo en ellos y actuando en consecuencia. El resultado de tal pérdida de credibilidad se traduce en que, en ausencia de efectos externos favorables, se de un magro logro en cuanto a reducción inflacionaria a costa de una gran recesión.

Sin embargo, es posible que la profundización de algunas medidas de política económica haya comenzado a remover viejas estructuras. Es así que la continuidad en el proceso de apertura ha quebrado ciertas inercias propias del país en décadas pasadas y -como era de esperar- ha comenzado a aumentar el bienestar de la población y a renovar no sólo los procesos productivos, sino lo que es mucho más importante, la mentalidad de muchos empresarios.

En otras palabras, aún reconociendo que queda mucho por andar en el terreno de reformas estructurales, no puede desconocerse que el Uruguay de hoy es sustancialmente diferente al de hace diez años y que ello obedece en forma preponderante a la apertura comercial.

Dos posibilidades

Teniendo en cuenta lo que resta por hacer, probablemente cuando las circunstancias externas cambien y se de un aumento sostenido en las tasas de interés internacionales o una desaceleración de la economía argentina o un abaratamiento argentino y brasileño, nuestra economía enlentecerá su crecimiento.

Pero, teniendo en cuenta el camino ya transitado en materia de apertura, tanto al mundo como a la región, también es probable esperar que muchas actividades continúen creciendo porque el país ha ganado en dinamismo y flexibilidad y existen giros en los que se es cada vez más competitivo. Si la rentabilidad de los proyectos de inversión locales es superior a la internacional y especialmente, a la rentabilidad de proyectos en países hasta ahora tradicionales captadores de inversión de riesgo como Europa, es posible que continúen entrando capitales al país y que la cuenta corriente del Balance de Pagos continúe arrojando un saldo negativo más allá de los vaivenes argentinos.

Se asistiría así a un fenómeno desconocido a nivel nacional en los últimos sesenta años: la posibilidad de ingresar en una senda de crecimiento sostenido merced a una corriente de nuevas inversiones.

Cómo potenciar esta nueva posibilidad

Ambas posibilidades existen y no sería positivo esperar pasivamente los acontecimientos.  Por el contrario, todo aplazamiento en la adopción de medidas correctivas en materia estructural, resulta sumamente costoso en términos económicos y sociales.

A nivel internacional se ha comprobado que una de las medidas estructurales de mayor repercusión en cuanto a flexibilidad y aumento de la producción son las que atañen a la desregulación en el mercado de trabajo.

Aún resta mucho por hacer en materia de legislación y de aplicación de las leyes en materia laboral.

Del mismo modo, se impone una solución al sistema previsional. Normalmente se encara el tema del Banco de Previsión Social teniendo en cuenta exlcusivamente la necesidad de su saneamiento a efectos de evitar presiones indeseadas en los gastos del Gobierno y por tanto, en el resto de la economía. Sin embargo, existe un aspecto que es aún más importante que el financiero: el dotar al sistema previsional de una razonable proyección de futuro que permita a los cotizantes, especialmente a los jóvenes, confiar en el mismo y así dejar de tener incentivos para evadirlo.

Otro aspecto a encarar dentro de una serie de medidas estructurales es una adecuada reforma del sistema jurídico e institucional que promueva una revalorización del derecho de propiedad en su sentido más amplio.

Del mismo modo, no se debería dejar de intentar la racionalización de la gestión del sector público en aquellos casos que sea posible mediante privatizaciones o concesiones de obra y especialmente, continuar con los incipientes procesos de desregulación y desburocratización. En particular, los procesos tendientes a reducir la burocracia se deberían adoptar con el asesoramiento del sector privado para evitar costosos errores tales como los derivados de la aplicación del Documento Único de Importación (DUI).

Por último, no puede olvidarse que también en el campo comercial resta mucho por hacer: aún subsisten trabas no arancelarias tales como los precios de referencia y precios mínimos de exportación.

Si el país cuenta con una adecuada legislación antidumping, es hora de que se pregunte hacia dónde va a apuntar su actividad productiva, qué actividades se quieren desplegar y en cuáles se desea desarrollar o profundizar una especialización. Parecería que lo más sano en un país de las dimensiones de Uruguay es concentrarse en productos de primera calidad y tratar de lograr una mayor escala en ellos.

Conclusiones y perspectivas

Es posible que nuestro país se encuentre en una etapa decisiva en cuanto a su futuro desarrollo económico. La apertura a la región y al mundo le ha posibilitado un cambio de bienestar, de mentalidad y de estructuras impensable hasta hace algunos años. La continuación de este proceso no es sencilla ni carece de costos, pero mucho más gravoso sería pretender desandar el camino o contentarse con lo alcanzado.

Puede afirmarse que para 1994 se preve un enlentecimiento del Producto y de la inflación, un menor déficit de cuenta corriente y una devaluación más acorde con el ritmo inflacionario. Pero lo que realmente importa es que las perspectivas para el año 94 y más aún, para los próximos años dependerán sustancialmente de las medidas que se adopten en el presente: serán ellas quienes permitan quebrar la inercia cíclica que ha caracterizado la evolución económica de las últimas  décadas y posibiliten ingresar por un camino de crecimiento sostenido y más estable.