Murió Yeltsin, el hombre que despidió a la unión soviética

Pero tenía los instintos correctos. Por liberar a los rusos del yugo del Estado de partido único y economía planificada, se merece una inmensa gratitud. Pero su nepótico y caprichoso gobierno desplegó una colosal ilegalidad y corrupción, pavimentando el camino para su autoritario sucesor, Vladimir Putin.

Yeltsin, quien siempre había tenido una salud frágil, falleció ayer por una insuficiencia cardíaca. Tenía 76 años.

El presidente Putin, comentó que una “nueva Rusia democrática, un Estado libre abierto al mundo” nacieron gracias a Yeltsin.

“Boris Nikolaievich Yeltsin, el primer presidente de Rusia, ha muerto. Es con este título con el que entra para siempre en la historia de Rusia. Ha muerto un hombre gracias al cual toda una época pudo ver la luz”, declaró Putin.

Nacido en 1931, Yeltsin fue un leal comunista de provincia, que, por ejemplo, demolió la casa Ipatiev en Sverdlovsk donde la familia del zar había sido asesinada. Promovido a jefe del partido en Moscú por Mihail Gorbachov, mostró un revolucionario toque popular. Los jefazos comunistas solían despreciar a la gente. Yeltsin se mezclaba con el pueblo, compartiendo su furia por la escasez y las indignidades de la vida diaria.

En 1987, Gorbachov lo despidió, después de un arrebato con críticas directas a la esposa del líder soviético, Raisa: aun en una atmósfera de glasnost, eso era tabú. Yeltsin se retiró a un segundo plano, sólo para regresar en 1990 como presidente de la Federación Rusa. La independencia de Rusia había sido tan nominal como la de otras repúblicas socialistas soviéticas como Ucrania o Kazakstán. Pe-ro con las repúblicas bálticas galopando hacia la libertad con el entusiasta apoyo de Yeltsin, eso cambió. ¿Podría la Federación Rusa también volverse un país por sí mismo?

Pronto lo fue. Cuando los torpes “halcones” del partido Comunista organizaron un golpe contra el liderazgo soviético en 1991, fue Yeltsin, denunciando a los golpistas desde un tanque de guerra, quien simbolizó la exitosa resistencia democrática. Cuando Gorbachov regresó a Moscú se encontró con Yeltsin a cargo. El líder ruso humilló a su antiguo jefe obligándolo a leer una declaración de aceptación del nuevo orden.

Mientas las otras 14 repúblicas soviéticas digerían su independencia, Yeltsin convocó a jóvenes reformistas, liderados por Yegor Gaidar, que desarrollaron una contundente reforma económica. Fue muy impopular: la liberación de los precios hizo evidente la destrucción de los ahorros bajo la inflación soviética. Las privatizaciones fueron campo fértil para el enriquecimiento de los barones del crimen. Las instituciones que se necesitaban para que una economía de mercado funcionase, estaban rotas. Fue en la era de Yeltsin que el mundo aprendió el término “oligarca”, los poderosos magnates que combinaban poder político y económico.

Y esas reformas funcionaron. Rusia tiene un floreciente mercado consumidor. Los barones del crimen fueron mucho mejores que los “directores rojos” a los que remplazaron, cuya forma de pensar y sus lealtades aún estaban enraizadas con la economía comunista.

Si las reformas económicas ahora se ven mejor de lo que parecían en su momento, los errores políticos se ven peor. Blindando el Parlamento ruso en 1993, para desplazar a los comunistas que habían tomado el control, Yeltsin reintrodujo el virus de la violencia en la política rusa.

Lo mismo hizo con la guerra de Chechenia entre 1995 y 1996, que desató el poder de la maquinaria militar rusa en una pequeña república.

Venció al comunista Gennady Zyuganov en las presidenciales de 1996, creando un sistema de conteo oficial de votos, que destrozó la credibilidad en las elecciones rusas.

Sus errores fueron peores cuando involucraban a su familia y sus acólitos. Mientras mantenían al jefe repleto de vodka, secuestraron el destino político y económico de Rusia, enriqueciéndose y desacreditando a la democracia y al capitalismo ante la mirada de millones de ciudadanos.

Pero Yeltsin siempre defendió tres principios fundamentales. Creía en la libertad de expresión, incluyendo la libertad de prensa. Quería que Rusia fuera amiga de Occidente. Y despreciaba al partido Comunista, particularmente la KGB. Fue una tragedia que no la disolviera por completo en 1991, cuando tuvo la oportunidad. Fue irónico que el candidato que la familia eligió como sucesor, el cauteloso y poco conocido, ex hombre de la KGB, Vladimir Putin, haya hecho tanto para revertir su legado, culpando de los males de Rusia a lo que él llama el “caos” de la década de 1990.