Ni una pizca de pan duro.

Entendida como un consumo de energía alimentaria permanentemente inferior a las necesidades mínimas para llevar una vida sana y realizar una actividad física liviana, la cantidad de personas que la padecen no disfruta de un derecho que en un mundo justo sería inherente a todos los hombres: el derecho a la alimentación.
Ni dietas, ni fast food, ni slow food, ni Elgourmet.com. La séptima parte de la población mundial, incluidos muchos uruguayos, no tiene comida suficiente para acallar el gruñido de su estómago.
Las Naciones Unidas propusieron como Objetivo de desarrollo
del Milenio la reducción a la mitad del hambre en el mundo para 2015. Faltan siete años y la meta final se desdibuja cada año, a pesar de los esfuerzos.
Hoy mismo murieron 40.000 niños a causa de la malnutrición y las enfermedades relacionadas; mañana lo harán otros tantos, y así sucesivamente durante esta semana y la otra.
Si persisten las tendencias actuales de mejora de las condiciones de vida -cuyo ritmo es demasiado lento-, se prevé que el número de personas subnutridas disminuirá a 580 millones en 2015, cifra que convierte al propósito de alcanzar la mitad de los 854 millones en otra utopía para la comunidad internacional. Para conseguirlo, sería necesario que hubiera 20 millones de hambrientos menos al año.

MÁS PROBLEMAS
Ahora, a la buena de Dios, anualmente dos millones de personas logran ganar más de un dólar diario, el billete verde que según la FAO los separa de la extrema indigencia y de la subnutrición, pero que, realmente, no les llena la panza. Con un dólar y monedas en el bolsillo, los hambrientos crónicos pasan a una categoría más numerosa, en la que se conoce la sopa, pero nunca dos platos.
Un tercio de la población mundial -2.000 millones de personas-sufre carencias nutricionales severas que afectan su desarrollo físico y mental: la desnutrición. Es decir, a veces tienen qué comer y otras tantas veces no.
Sumando el grupo de los subnutridos y el de los desnutridos, la FAO notifica que tres de cada cuatro personas hambrientas son campesinos o pescadores. Decir que esto es irónico es poco.
El problema no radica en la producción de alimentos, sino en las políticas de distribución, por las que nunca faltan los productos en los países ricos, pero sí en el lugar donde fueron plantados, cosechados, pescados o procesados; en su mayoría, los países menos favorecidos.
Ni reality shows para bajar de peso, ni liposucción, y menos la desencadenante adicción al chocolate;
los 2.854 millones de personas que no se alimentan como corresponde poco saben de que el resto del mundo está enfermo por devorar lo que a ellos le falta.

LO PEOR DEL MUNDO
Eritrea -estado al noreste de África- es uno de esos países de los que poco se sabe. Por una leída a la Guía del Mundo se descubre que tiene más de cuatro millones de habitantes, cuya esperanza de vida no es superior a los 60 años y sus producciones alimenticias más importantes son sorgo, lentejas, maíz y café. También hay vacas y cabras, y abundante pesca.
Sin embargo, el 75% de su población padece subnutrición, un número que ha ido en aumento en las últimas décadas y no se prevé que se detenga.
Ahora, todo lo que sé de Eritrea es que es el país más hambriento del mundo.
Lo sigue la República Democrática del Congo (RDC), con un 74% de su población sin nada para comer ni hoy ni mañana ni pasado, aunque allí se produzca caña de azúcar, mandioca, plátanos, tubérculos, maíz y frutas. La vida es más corta en RDC: con 50 años, un congoleño sobrevive a las estadísticas.

LO PEOR DEL CONTINENTE
En América Latina y el Caribe, el país puntero en el más magro de los censos de la FAO es Haití. El 46% de su población (unos 7 millones en total) padece de subnutrición; ésta es una lacra que hasta ahora no se ha podido superar. Lo siguen Nicaragua (27% de subnutrición), Panamá (23%) y Venezuela (18%), trío caribeño en el que, según la tendencia de los últimos 30 años, el índice se ha modificado hacia el alza y no hacia una esperanzadora recuperación.
Si bien República Dominicana (limítrofe con Haití) es formalmente el segundo país latinoamericano más subnutrido, con un 29% de sus habitantes crónicamente hambrientos, ha logrado reducir la cantidad desde un trágico 40% en 1970, según los registros de la FAO.
El derecho a la alimentación continúa siendo un gran reto para la humanidad.