‘No se puede jugar con la macroeconomía, cualquiera sea el partido o la ideología en el poder’

Enrique Iglesias es un referente de primera línea para el próximo presidente del Uruguay, cualquiera sea el resultado de las elecciones del 31 de octubre. Antes de las internas de junio, Tabaré Vázquez fue el primero en comunicar públicamente su deseo de tenerlo como ministro de Economía en un eventual gobierno por él presidido. Inmediatamente, tanto Jorge Larrañaga como Guillermo Stirling dijeron que también ellos aceptarían de muy buen grado la posibilidad de contar en sus eventuales gabinetes con el actual presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Iglesias, que orienta el BID desde hace casi 17 años luego de haber sido el canciller del primer gobierno posdictatoríal encabezado por Julio Sanguinetti, advirtió en una entrevista con Búsqueda, que la presión de las corporaciones es «uno de los grandes problemas que enfrentan los gobiernos», porque en América Latina, con los progresos de la democracia y las crisis económicas «se han hecho mucho más fuertes y organizadas».

«Hay que trabajar para el interés general» y «hay que preocuparse también de los que no pueden expresarse y darle soluciones al país en su conjunto para poder crecer y distribuir para todos y no sólo para los que tienen la suerte o el privilegio de poder presionar y conseguir respuestas a sus aspiraciones», dijo.

Iglesias manifestó estar muy preocupado por el hecho de que en América Latina e 144% de las personas vivan con menos de dos dólares por día y que un 20% esté «en la pobreza absoluta». Agregó que «la mala distribución del ingreso» es algo «aún más grave y destructor del tejido social que la pobreza», y planteó la necesidad de «políticas públicas activas con intervenciones inteligentes del Estado».

Del mismo modo llamó a repetir «con convicción» que «todas esas políticas son necesarias pero si no crecemos y crecemos mucho más que lo que estamos haciendo, los problemas de la pobreza, el empleo o la desigualdad no se resuelven».

El presidente del BID señaló, por otra parte, que «para ser populistas no basta con querer; hay que poder. Hay que tener recursos» que pueden ser «acumulados con buenos precios, excepcionales, de materia prima o con créditos abundantes del exterior», pero advirtió que «eso no dura».

«La historia de América Latina demuestra los costos económicos y sociales y aun políticos de abrazar un espejismo populista», dijo Iglesias. Añadió que «no se puede jugar con la macroeconomía, cualquiera sea el partido o la ideología en el poder. Se puede jugar por un rato, pero a la larga la economía – como la naturaleza-pasa la cuenta por los abusos cometidos».

Iglesias abogó por reformas en el Estado, aunque aceptó que sino tienen apoyo popular «es muy difícil tener éxito». Las reformas, dijo, «deben ser percibidas como justas y equitativas, provenientes de gobiernos transparentes y representantes de la voluntad popular».

«No sirve querer vender reformas y obtener apoyo sin la credibilidad de los líderes. Eso tiene mucho que ver con la percepción del público de la honestidad, tanto de la dirigencia política como de la dirigencia privada», afirmó.

– En su informe anual presentado en abril, el BID estimó que América Latina crecerá en torno a 4% este año por la suba de precios de las materias primas a nivel mundial, la mayor demanda de China y las bajas tasas de interés internacionales, pero ese panorama favorable comenzó a cambiar en los meses recientes. ¿Qué prevé para las economías de la región en los próximos años?

– Este año la economía de la región en general marchó bien o muy bien.
Las previsiones de crecimiento han venido aumentando y hoy se aproximan al 4,5%. Observamos cierta bonanza externa reflejada en bajas tasas de interés, altos precios de algunas materias primas importantes para el área, baja del riesgo país y un discreto retorno de los capitales. También percibimos buenas señales macroeconómicas, tales como prudencia fiscal y tasas de cambio flexibles, entre otras. Las altas tasas de crecimiento de Argentina, Uruguay y Venezuela empujan el promedio para arriba. ¡Pero cuidado! Esa bonanza ya la hemos conocido. Hay riesgos externos importantes, como los ajustes que tendrá que encarar la economía norteamericana cualquiera sea que la administración que llegue, el inevitable enfriamiento de la economía china y los precios del petróleo. ¿Cómo se harán los ajustes? ¿Con qué grado de intensidad? ¿Con qué coordinación internacional? Todo eso abre riesgos e incertidumbres. Creo que esta situación puede durar este año y el próximo, pero tendría dudas en extender esa previsión más allá del próximo año.

– ¿Qué tipo de políticas y/o medidas concretas considera que deberían adoptar los gobiernos de la región para revertir los problemas económicos y sociales que se produjeron en los años recientes?

– Bueno, en cierto modo esta pregunta complementa la anterior. Cuidar el frente fiscal, gran talón de Aquiles de la región a pesar de contar con un respeto que no conocimos en el pasado por los balances fiscales en todos los gobiernos, aun aquellos que llegan al poder con banderas progresistas. Eso es bueno. Pero creo que lo importante es generar confianza asegurando los balances fiscales a largo plazo. Y eso requiere, además de buenas reformas fiscales, una imprescindible reforma del Estado. Hoy, los márgenes fiscales que tienen los gobiernos para actuar son muy estrechos. En algunos países de la región, donde la presión fiscal es muy baja, claramente habría que generar nuevos recursos. La solución pasa por reformas fiscales y reformas del Estado. Gastar mejor y dejar espacio para que el ahorro se canalice a las inversiones. Pero le repito: desarrollo es confianza; la que aportan gobiernos transparentes y sobrios, con reglas claras y previsibles para los mercados y con un compromiso efectivo y realista con los problemas sociales.

– Sobre todo, ¿qué cosas deberían evitar hacer las sociedades y los gobiernos para no provocar males mayores, aun cuando crean de buena fe que están haciendo un bien?

– Buena pregunta. Yo creo que uno de los grandes problemas que enfrentan los gobiernos es cómo administrar las presiones corporativas. Esas presiones siempre existieron. Pero últimamente, con los avances de la democracia y con las crisis económicas, se han hecho mucho más fuertes y organizadas. No es que no haya buenas intenciones detrás de los derechos adquiridos o legítimas aspiraciones de mejorar el nivel de vida de la gente. Pero hay que trabajar para el interés general. No siempre es posible atender al mismo tiempo y en todas sus demandas los intereses de los grupos corporativos. Creo que hay que preocuparse también de los que no pueden expresarse y darle soluciones al país en su conjunto para poder crecer y distribuir para todos y no sólo para los que tienen la suerte o el privilegio de poder presionar y conseguir respuestas a sus aspiraciones. ¡Ése sí que es un gran desafío para los líderes políticos!
– ¿Cómo se debe atacar en particular el problema de la pobreza y la desigualdad social, tan persistente en la región?

– Ése es el gran tema. Me preocupa mucho que esta región, con su ingreso que bordea los 3.000 dólares per cepita, tenga el 44 por ciento de las personas viviendo con menos de dos dólares al día y un 20 por ciento en la pobreza absoluta con menos de un dólar por día. Como es sabido, esa situación se vuelve socialmente insoportable cuando se considera que el problema tiene solución. Pero le diría que no se puede mirar el tema de la pobreza de manera aislada. Hay que integrarlo al tema de la equidad; es decir, a la mala distribución del ingreso, que a mi juicio es aún más grave y destructor del tejido social que la pobreza. ¡Es triste tener que reconocer que América Latina es la región más desigual del mundo! Hay que tener una agenda de pobreza pero también una agenda de equidad, de la que -dicho sea de paso- se habla poco en la cooperación financiera internacional. El tema es muy complejo para abarcarlo en una respuesta telegráfica. Pero déjeme decirle que la solución pasa por expandir el acceso a la educación de calidad, a la tierra, al crédito, a la salud, a la justicia, etc. Pasa también por buenas políticas macroeconómicas. La inflación, como las crisis financieras de los últimos años, han sido demoledoras para los pobres y generadoras de más desigualdad. Todo eso requiere de políticas públicas activas con intervenciones inteligentes del Estado, con una visión de largo plazo, pero también requiere -y hay que decirlo claramente- del comportamiento de los precios de nuestros productos en los mercados internacionales. Cuando se reducen los precios de las materias primas, se empobrecen los países y más los más pobres. Todo eso está muy bien, pero déjeme reiterarle que hay que crecer. Y hay que repetirlo con convicción. Todas esas políticas a que me refiero son necesarias, pero si no crecemos y crecemos mucho más de lo que lo estamos haciendo, los problemas de la pobreza, el empleo o la desigualdad no se resuelven.

– Las crisis de los últimos años, particularmente aquellas que afectaron severamente a países como Argentina y Uruguay, ¿se produjeron porque los gobiernos de la región fallaron porque no aplicaron políticas sugeridas por los organismos multilaterales o, al revés, debido a que estos últimos promovieron y apoyaron políticas que, al final, se revelaron como equivocadas?

– Yo podría darle una respuesta institucional y decirle que la responsabilidad general es de los gobiernos y con eso los organismos se lavarían las manos. Pero sería escamotearle la pregunta. Es sabido que para los mercados la opinión del FMI cuenta. Pero, claramente, cuando se trata de países industrializados o países grandes o con muy buena situación, esa opinión es un buen consejo. Cuando se trata de países en crisis y todavía en vías de desarrollo, la opinión del Fondo es bastante más que un consejo. Se convierte en un instrumento muy importante en las decisiones de los países. Eso me inspira dos preguntas para complementar mi respuesta. Yo le preguntaría: ¿por qué frente a situaciones críticas parecidas y con condiciones económicas equivalentes, las mismas medidas aconsejadas por el Fondo funcionaron en algunos países y en otros no? Vea el caso de ciertos países asiáticos: atravesaron violentas crisis financieras como nosotros, con causas distintas pero de la misma o mayor intensidad; aplicaron las mismas recomendaciones que les aconsejó el Fondo; salieron y a los dos años estaban creciendo al 7 y 8 por ciento. ¿Qué pasó allí donde esos consejos no funcionaron? ¿No será que las medidas no fueron bien implantadas? ¿No será que fallaron las instituciones? ¿No será que se dejaron de atacar ciertos problemas? Al mismo tiempo, y como lo decía el reciente informe del Fondo sobre la evaluación de las recomendaciones en Argentina, ¿no será que no se alertó a tiempo a los países de las desviaciones de rumbo? ¿O que no se les exigió el cumplimiento de los compromisos acordados a su debido tiempo? Permítame esbozar una reflexión para otra oportunidad: las reglas de juego de la comunidad internacional para la solución de las crisis cambiaron bruscamente para el caso argentino. Algún día deberíamos discutir sus resultados.

Como ve, el tema no es blanco o negro. En todo caso, déjeme recordarle que efectivamente la responsabilidad última de las políticas debe recaer en los países mismos y en sus gobiernos, que deben proponer medidas coherentes y ejecutarlas con perseverancia y firmeza. Creo que esa conclusión la estamos redescubriendo todos, organismos y gobiernos.

– ¿Qué solución sugiere ante el elevado nivel de endeudamiento que enfrentan los gobiernos de varios países de la región, en algunos de los cuales la relación deuda-producto oscila en el entorno del 100%?

– Para comenzar, no aumentar el nivel de la deuda y sí crear las condiciones para una reducción progresiva del endeudamiento del sector público, generando superávit fiscales. Con dos complementos adicionales: crear las condiciones de confianza para que aumente el ahorro y la inversión privada interna e internacional. Y en segundo lugar, reconocer que el Estado tiene tareas sociales irrenunciables y que para realizarlas debe mejorar sustancialmente la calidad del gasto social.

– Algunos analistas sostienen que la concesión de nuevos créditos para cancelar préstamos con los organismos financieros entrañan un riesgo de «bancarrota» para esas instituciones multilaterales y consideran, además, que eso no resuelve los problemas de fondo de los países. ¿Comparte esa visión?

– Vamos a ver. En primer lugar, lo de la bancarrota de los organismos: pienso que lo que se quiere decir con esto es que si algunos de los países no pagan sus deudas no podríamos honrar los compromisos asumidos con los tenedores de bonos que son los que nos dan los recursos para prestarles a los gobiernos. ¿No es cierto? Déjeme aclararle. Primero: en el BID durante 44 años ningún gobierno (salvo por «períodos breves en cuatro casos que yo recuerdo) dejó de pagar y todos terminaron saldando sus deudas. Hay un gran respeto por proteger al Banco por parte de sus gobiernos. Segundo: los bonos en el caso del BID están garantizados sólo por los socios desarrollados del Banco: Estados Unidos, Canadá, Europa, Japón. Creo que con esas garantías los bonistas pueden dormir tranquilos si ocurriera algún default. Estos países se harían cargo de los bonos y luego recurrirían ante los socios regionales para compartir su cuota de responsabilidad. El problema terminaría siendo un tema de deuda entre países, pero no se verían afectados los compradores de nuestros bonos. Por lo demás, el Banco tiene reservas equivalentes a alrededor del 26% de los créditos. Por tanto estamos alertas, pero muy tranquilos. Eso es lo que dicen los mercados cuando nos otorgan los mejores «ratings». Respecto a asumir menos créditos para cancelar préstamos con estos organismos: por supuesto, no es la solución de fondo, pero ha servido para evitar colapsos financieros en los mercados y ganar tiempo para hacer las cosas de fondo que hay que hacer para volver a crecer y recuperar el crédito internacional. Por eso todos los países deudores del Banco han, siempre, respetado y protegido el espíritu cooperativo del mismo.

– ¿Cree que hay riesgo de que algunos gobiernos de la región, si asumen o confirman un talante de características populistas, desemboquen en nuevas crisis fiscales y de deuda, y en un resurgimiento del proteccionismo comercial?

– Mire usted: para ser populistas no basta con querer; hay que poder. Hay que tener recursos. Estos pueden haber sido acumulados con buenos precios, excepcionales, de materia prima o con créditos abundantes del exterior, que hoy son muy escasos y cautelosos. Pero eso no dura, Y a la larga lo paga el crecimiento y la inflación, que es el peor impuesto contra los pobres. Creo que la historia de América Latina demuestra los costos económicos y sociales y aún políticos de abrazar un espejismo populista. Le repito lo que he dicho en otras oportunidades: no se puede jugar con la macroeconomía, cualquiera sea el partido o la ideología en el poder. Se puede jugar por un rato, pero a la larga la economía -como la naturaleza- pasa la cuenta por los abusos cometidos.

– Usted dijo hace pocos meses durante una disertación en Montevideo, que hay que «tener mucho cuidado» con «repetir una cierta tendencia» en la región a «descubrir la rueda de vez en cuando». ¿Puede abundar respecto a esa advertencia?

– Es cierto. Mire, yo llevo casi medio siglo acompañando, analizando y viviendo el largo peregrinaje teórico y político en busca de «la solución» y «el paradigma». Han quedado en el camino buenas y malas lecciones. Yo pienso que hay que aprender de esas lecciones y aplicarlas a las aspiraciones políticas. Pero creo también que hay que mirar qué está pasando en el mundo, que es mucho y que nos guste o no, nos genera límites y también oportunidades. Eso no implica necesariamente ni desoír los reclamos de justicia, ni carecer de un proyecto ambicioso de país. Todo lo contrario. Implica hacer lo que hace el conductor del vehículo: mirar el retrovisor para ver hacia atrás y evitar riesgos, pero seguir apretando el acelerador en la buena dirección. Muchas veces nos olvidamos de las lecciones del pasado y volvemos a tropezar con la misma piedra, descubriendo de nuevo el agua tibia. ¡Es la triste realidad!

– ¿Es posible pensar en un nuevo ciclo de reformas estructurales en América Latina desde el 2005 en adelante? En la región hay evidencia empírica que prueba que es imposible hacer reformas estructurales en los países si previamente la ciudadanía no internaliza que serán beneficiosas para la. gente. Muchas veces les ha resultado, difícil a los gobiernos explicarle eso al público y por esa razón han fracasado. ¿Cómo cree que hay que obrar desde los gobiernos para que la gente finalmente acepte de buen grado la necesidad de las reformas, evitando así que cada vez que alguna de ellas se plantea se generen duros conflictos políticos y sociales?

– Mire, yo creo que, nos guste o no, navegamos en este mundo cambiante al que me acabo de referir. Implica un ejercicio permanente de modernización económica y social. Es decir, reformas permanentes para gobernar con eficiencia económica y social para no quedarnos fuera del tren del progreso mundial. Pero usted tiene razón: si esas reformas no tienen apoyo popular, es muy difícil tener éxito. Y así pasó con muchas de las reformas de los ’90. Yo creo que ése es el gran arte de la política. Las reformas deben ser percibidas como justas y equitativas, provenientes de gobiernos transparentes y representantes de la voluntad popular. No sirve querer vender reformas y obtener apoyo sin la credibilidad de los líderes. Eso tiene mucho que ver con la percepción del público de la honestidad, tanto de la dirigencia política como de la dirigencia privada. Por eso, además de presentar reformas coherentes, hay que abrir espacio de diálogo con la sociedad. Hay que explicar y así disminuir los niveles de rechazo y los conflictos políticos y sociales que los acompañan. Yo sé que esto no es muy fácil, pero no tenemos alternativa. Todos tenemos que trabajar en esa dirección.