‘Obamanía’, un fenómeno que puede ser arma de doble filo

En la puja oratoria que desde el 3 de enero enfrenta duramente a este senador negro por Illinois y a la senadora Hillary Clinton, él sube el tono muchas veces para deslumbrar, pero otras para dar un paso más y lanzar entonces desde las tribunas promesas que, analizadas luego fríamente, son casi imposibles de trasladar a la realidad de los Estados Unidos.

Y ese es uno de los flancos que en los últimos días ha abierto Barack, hijo de un economista keniata y una estadounidense activista blanca de Arkansas. El influyente «The Washington Post» recogió en sus páginas un informe con el costo total de los proyectos lanzados por Obama en el último mes y señala que superaría la astronómica suma de 800 mil millones de dólares.

Su rival demócrata, la ex primera dama, tampoco ha dejado pasar la oportunidad de atacar el contenido de las palabras de Obama y reitera que «es agradable escuchar lindos discursos e impactantes palabras», pero jamás se » llena la canasta familiar y el tanque de nafta con promesas».

John McCain, prácticamente el contendiente seguro de los republicanos a la Casa Blanca, anunció que en caso de llegar a competir en el mano a mano presidencial con Barack Obama le propondrá «ajustarse en el gasto de la campaña electoral a los montos autorizados de las arcas públicas y no de los sectores privados», cuyo origen es difícil de controlar.

La «Obamanía» sin duda existe y crece. Ha ganado los sectores negros de la población, la juventud estudiantil y los votantes independientes y sorpresivamente sectores de la clase económica alta. En Maryland y Virginia, donde infringió duras derrotas a Hillary, «copó» varios de los territorios que parecían pertenecer a la senadora, como las mujeres y las clases bajas.

Pero, ¿marcan esos dos estados una tendencia definitiva? El comando electoral de Hillary y los sondeos de opinión niegan terminantemente que la senadora Clinton haya emprendido el camino de la derrota. Las cifras indican que perdería en las primarias de hoy en Wisconsin y Hawai, dominios indiscutibles de Obama, pero obtendría claros triunfos el 4 de marzo en Texas y Ohio (que le abrirían las puertas para alcanzar un fuerte porcentaje de los 389 delegados en juego), y también en Pennsylvania, el 22 de abril, que otorga 188 delegados.

Todo señala que no habría definición (ninguno alcanzaría los 2.025 congresistas para lograr la nominación presidencial) antes de la Convención Demócrata de agosto en Denver, Colorado. Y habría entonces que negociar entre los candidatos Clinton y Obama y las autoridades del Partido Demócrata.

guerras internas. Ante esta perspectiva nace el temor entre los demócratas. ¿Un encarnizado enfrentamiento entre Hillary y Clinton por la nominación no levantaría la hoy alicaída candidatura republicana de John McCain?

El ciudadano estadounidense está verdaderamente harto de la luchas entre los partidos y también dentro de ellos, tanto de republicanos como de demócratas. Y si en esta costosa y larga carrera presidencial aflora a último momento un «clima de guerra», muchos piensan que ni el impopular y desprestigiado gobierno de George W. Bush, hoy el factor determinante de la decisión ciudadana, pesaría para definir el voto. La enorme mayoría dejaría partidismos, ideologías, raza y género de lado, para buscar un candidato tranquilo, firme, que le asegure rápidas soluciones para una creciente crisis económica, para encontrar una salida a la guerra de Irak y mejorar la imagen exterior de Estados Unidos y solucionar, en lo posible, la situación que crean los 12 millones de inmigrantes ilegales.

Pero tanto en tiendas demócratas, como republicanos, la sangre ha empezado a correr. Todos prometen serenidad, pero en el día a día, los virulentos ataques suben de tono. No se ocultan las inclinaciones islámicas radicales de ascendientes de Obama (los críticos le insertan su primer apellido, bastante conocido: Hussein), su directa confesión que en el entorno de los 20 años fue consumidor de marihuana, alcohol y cocaína y especialmente su falta de experiencia política.

Hillary no se salva de la «quema». Se destaca su escasa simpatía natural, se la califica de ambiciosa y soberbia y de estar apoyada por los viejos esquemas partidarios demócratas y en especial se le ejemplifica como el continuismo: «dos Bush presidentes y dos Clinton presidentes». Y se le objeta que, en un país en guerra, una mujer no puede decidir desde la Comandancia en Jefe sobre todas las tropas de la mayor potencia del mundo.

Tampoco John McCain, en principio cómodo ganador en filas republicanas, la tiene fácil. Los sectores ultraconservador y radicales religiosos han reiterado que prefieren no votar o que gane un demócrata. Consideran al ex héroe de Vietnam, un «blando» enemigo de los ideales republicanos, que cede ante los inmigrantes y temas como el aborto y el homosexualismo, aunque sobre éstos últimos se ha pronunciado en contra reiteradamente.

Sólo un acuerdo para la vice presidencia, proponiendo a un «halcón conservador», le permitiría unificar a los hoy divididos y debilitados republicanos luego de la administración Bush. Aún así, un último recuento de la CNN le da 830 de los 1.191 delegados necesarios para hacerse con la nominación.

En tiendas demócratas queda aún otra etapa que puede inclinar las opiniones. Antes de Ohio y Texas se realizarán dos debates mano a mano entre Obama y Hillary, terreno que en general, pese a la facilidad de oratoria de Barack, la experiencia y conocimientos de la senadora Clinton le han otorgado hasta ahora cierta ventaja.