Peligra seguridad mundial por tensiones de la recesión.

POR JAMES G. NEUGER BLOOMBERG NEWS

Ahora que el capitalismo está pasando por su primera crisis económica globalizada, los costes no sólo se medirán en dólares. Desde Rusia, con su riqueza recién recuperada, hasta la eternamente empobrecida África subsahariana, las tensiones sociales amenazan el orden político establecido, con lo que peligra la propia supervivencia de algunos países.
El mes pasado, rebeldes de Nigeria amenazaron con renovar su guerra contra los productores extranjeros de petróleo, Rusia envió a la Policía antimotines de Moscú para dispersar una protesta contra los impuestos en Siberia y los líderes comunistas de China advirtieron que podrían surgir disturbios sociales por el vigésimo aniversario de la masacre en la Plaza Tiananmen.

La desilusión y las consecuencias de la recesión mundial “podrían no sólo atizar los conflictos existentes en el mundo y contribuir al terrorismo, sino también poner en peligro la seguridad mundial en general”, dice Louis Michel, de 61 años, comisario de asistencia para el desarrollo de la Unión Europea en Bruselas.

Algunos resultados posibles son: inestabilidad en Pakistán, un Irán más agresivo aunque con dificultades económicas, un colapso en Somalia, disturbios sociales en Zambia –que depende del cobre–, una insurgencia fortalecida financiada por los narcotraficantes en Colombia y una Corea del Norte más belicosa.

Crisis. La colapso del mercado de la vivienda en Estados Unidos, que comenzó en 2007, se ha convertido en una crisis mundial que obligó a los directores de bancos centrales a bajar los tipos de interés a cerca del 0% a fin de impulsar los mercados de crédito, condujo a los gobiernos a rescatar a sus mayores bancos afectados por US$ 1 billón en provisiones y hecho que titanes como General Motors y American International Group pidan ser rescatados.

El Banco Mundial calcula que el comercio se contraerá por primera vez en más de 25 años, lo que intensificaría las dificultades económicas de los países en vías de desarrollo, en donde el encarecimiento de los alimentos y los combustibles costó a los consumidores US$ 680.000 millones adicionales el año pasado y hundió a hasta 155 millones de personas en la pobreza.

Pakistán, que tiene armas nucleares y alguna vez fue considerado por Bush un país aliado en la guerra contra el terrorismo, se encuentra entre la convergencia de inseguridad económica y el extremismo. “Sangre y lágrimas” podrían ser el destino de Pakistán, dice Thaksin Shinawatra, de 59 años, quien como primer ministro de Tailandia combatió la pobreza rural durante un tormentoso mandato de cinco años hasta su expulsión por un golpe militar en 2006. “Es eso lo que me preocupa, y también la estabilidad política, y la actividad terrorista” en el país, dijo en una entrevista.

Irán es uno de los países exportadores de energía afectados por la caída del 73% en el precio del crudo con respecto al nivel máximo de julio del año pasado de

US$ 147,27. El gobierno, que depende de los ingresos petroleros para cubrir más de la mitad del presupuesto, podría reducir los subsidios para cuentas de electricidad, lo que se sumaría a la inflación de octubre del 30%.

Las elecciones en junio podrían determinar si Irán prosigue con su programa nuclear o si las cosas cambian poco independientemente del resultado, dice Yousef al-Otaiba, embajador de los Emiratos Árabes Unidos ante Estados Unidos. Sea o no reelegido el presidente Mahmoud Ahmadinejad, el poder seguirá en manos del ayatolá Ali Khamenei y los líderes religiosos.

A escala mundial la espiral de dificultades económicas y radicalismo político ha existido en el transcurso de la historia, desde los disturbios por el pan que desencadenaron la Revolución francesa hasta el desempleo masivo que llevó a los nazis al poder en Alemania. Algunos dictadores, como Hitler y Stalin, recurrieron a sus vecinos tras deshacerse de enemigos internos. Otros, como Mao, cerraron sus sociedades, condenando a millones a la miseria.

Extremismo y violencia. La economía mundial cada vez más desequilibrada “constituye terreno fértil para el extremismo y la violencia”, dijo el presidente francés Nicolas Sarkozy en una conferencia la semana pasada en París. Con la globalización, dijo, “esperábamos competencia y abundancia, y en su lugar obtuvimos escasez, deuda, especulación y prácticas desleales de comercio”.

Los historiadores dicen que es demasiado pronto para declarar el fin de la interconexión de la economía mundial, que comenzó al menos desde el colapso del bloque soviético en 1989.

Por un lado, los países desarrollados siguen teniendo una enorme participación en el sistema: incluso con la caída de US$ 29 billones en el valor de los mercados bursátiles mundiales el año pasado, el índice industrial Dow Jones se encuentra en los niveles de 2003, algo difícilmente despreciable.

Como resultado las tensiones sociales en Occidente –de los peores disturbios en Grecia desde los años de 1970 a un incremento del 31% en la quema de automóviles en Francia en Año Nuevo y un aumento del 84 % en el robo en los principales comercios minoristas de Estados Unidos– no cimbrarán las bases de estas sociedades.

Los países más frágiles son los que se concentran al sur del desierto del Sahara, afectados por un legado de despotismo, corrupción, enfermedad y dificultades económicas, naciones en los que estos factores confluyen con frecuencia. Siete de los 10 primeros países en una lista de estados “fallidos” compilada por el Fund for Peace, un grupo de investigación de Washington, son de esta región.

Ahora que los precios de las materias primas caen, las empresas mineras como Anglo-American, De Beers, Lonmin y Xstrata están recortando empleos, lo que se suma a las dificultades económicas del continente africano.

Por su parte, la receta de China para elevar el nivel de vida ha dependido de la creación de empleo en ciudades costeras como Shanghai, que han sido un imán para los millones de pobres del interior rural del país. Ahora esa fórmula está desmoronándose: más de 10 millones de trabajadores migrantes perdieron sus empleos en los primeros 11 meses de 2008, dijo un funcionario anónimo del Ministerio del Trabajo a la revista Caijing el mes pasado.

En riesgo se encuentra la supervivencia del híbrido chino de una economía abierta con un sistema político cerrado. Durante su auge de 20 años –que multiplicó el producto interno bruto por 10 y convirtió a China en la cuarta economía del mundo y motor del crecimiento mundial–, el auge económico representó un seguro contra la disidencia política.

En el peor escenario, las agencias de inteligencia de Estados Unidos advierten que los líderes comunistas podrían dar marcha atrás en la integración de China en la economía mundial.