Reforma del Banco Mundial y el FMI

Más allá de la posición indefendible del renunciante para continuar en el cargo por haber promocionado a una funcionaria del banco a quien lo ligaban razones sentimentales, el episodio desnudó nuevamente la serie de falencias institucionales que muestran los organismos multilaterales creados en la segunda posguerra. La tensión de las últimas semanas desembocó en el hecho de que el protagonista fue nominado políticamente, como es costumbre, por Estados Unidos con el adicional de que es candidato del Presidente de ese país sin requerir aprobación del Congreso. Como contrapartida, los países europeos tienen el derecho de designar al Director Gerente del FMI, la institución hermana nacida en la segunda posguerra.

Ese arreglo político corresponde a un mundo que ya fue, divorciado totalmente de la realidad y desafíos actuales.

La peripecia reciente no debe mirarse solamente como el correctivo de una desprolijidad administrativa amparada en el poder, ni tampoco como una demostración más de la tensión casi siempre latente entre el viejo continente y Norteamérica, sino como una muestra de la obsolescencia de esas instituciones para cumplir sus cometidos.

Es así que durante los pasados días, la confrontación presentó ribetes personales potenciados en el hecho acerca de quién tenía más capacidad política de torcerle la mano al presidente del país más poderoso del mundo y poco que ver con resolver estos sucesos aplicando las prácticas de buena administración, sin la injerencia política de los principales accionistas de esas instituciones.

Sin duda, que esto ha colmado una situación que lleva al límite, obligando a que después de este traspié estas instituciones recapaciten y no retornen a su práctica habitual como si nada hubiera pasado. Lo ocurrido debe ser visto como una ruptura de un modo de actuar sin retorno. Es necesario introducir reformas tanto en su forma de organización y selección de sus jerarquías así como en sus objetivos.

MIRANDO HACIA ADELANTE. Un buen punto de partida es considerar que China e India explican casi un tercio del Producto Bruto mundial medido en paridad de poder de compra, igualándolas entonces al del G7, excluido Estados Unidos. En otras palabras, el mundo está apoyado en tres patas que explican el sentido de su dinámica económico- financiera. Esto es muy diferente al mundo de Bretton Woods y se complica aun más cuando se considera que las reglas operativas de los mercados, tanto financieros como de bienes, son radicalmente distintas. Hoy se vive en un mundo más integrado, con relaciones de causa-efecto que inciden casi instantáneamente en todos sus rincones y donde las hegemonías políticas están perimidas. Y por extensión, tampoco hay una categoría cultural suprema que pueda entenderse como superior para extenderla como un manto hegemónico sobre el resto del mundo, dando lugar a tutorías intelectuales en materia de desarrollo económico y social. Toda esta materia es sumamente compleja y sutil, lo cual requiere de una presencia internacional más representativa en el manejo del andamiaje multilateral dedicado a esos fines.

En consecuencia, el primer paso es desligar la elección del presidente de esas instituciones en un reparto americano-europeo, para ir hacia una elección que provenga de una cantera de candidatos elegidos por sus credenciales profesionales. Este sería un gran paso que esfumaría el aroma de una geopolítica vieja en materia de desarrollo económico. Como todo gran paso llevará su tiempo. Un sucedáneo inmediato sería que bajo las reglas actuales, se presenten varios candidatos presentados por Estados Unidos o Europa según sea el caso, a ser aprobados por el Directorio, no formalmente como en la actualidad, sino con capacidad real de veto.

Los cambios debieran extenderse también hacia la forma de integración de sus directorios, que hoy actúan más como el apéndice de los ministerios de cooperación económica de los países desarrollados que como una usina para generar ideas, fijar objetivos e introducir los cambios necesarios. La realidad los muestra como un estamento burocrático, con escaso discernimiento operativo, abrumados con la actividad diaria y, también, altamente politizados.

Sin duda, la mayoría de sus prácticas administrativas no resisten la prueba de la buena toma de decisiones ni tampoco su prédica en la modernización de la burocracia de los países embarcados en sus programas.

NUEVOS EQUILIBRIOS. Como si esto fuera poco, sus ventajas comparativas como prestamistas se han venido diluyendo aceleradamente. La enorme liquidez internacional les ha restado espacio de maniobra, siendo hoy sus operaciones tanto en costo como en plazo prácticamente equivalentes a las que aporta el mercado. Y en algunos casos hasta más caras, especialmente cuando se les agregan los costos administrativos que requieren estas operaciones. Más aun, prestan en monedas duras lo que genera apremios al prestatario en momentos de crisis financieras.

Si volcamos la mira hacia el FMI, el mismo tema aflora desde un ángulo distinto. Sucede que hoy la mayor parte del mundo emergente, principalmente Asia, es acreedor del resto del mundo. A eso se agregan, los países exportadores de petróleo quedando solo una parcela reducida del mundo en desarrollo expuesta a los embates de una crisis financiera que, de ocurrir nuevamente, esa institución tendría capacidad escasa de revertir dadas sus reglas operativas actuales y la magnitud del impacto probable a resolver. Ante ello, muchos países en vías de desarrollo han optado por autoasegurarse acumulando reservas y seguir conductas estrictas de astringencia fiscal. Además, una buena porción de los flujos financieros de sus balanzas de pagos se explica por movimientos autónomos propulsados por el sector privado, donde los efectos correctivos de la política emergente del sector público se diluyen.

En definitiva, hoy miramos un mundo distinto y con desafíos diferentes a los existentes cuando fue diseñado el FMI. En la actualidad, el capital del prestamista de última instancia luce raquítico cuando se tiene en cuenta que solo uno de sus asociados del mundo emergente -China- tiene reservas que casi lo quintuplican

TECNOLOGÍA. El Banco Mundial cumplió décadas atrás un papel cardinal acercando tecnologías y transfiriendo buenas prácticas para acelerar el proceso de crecimiento del mundo en desarrollo. Fue el yacimiento más importante y casi único para encontrar excelencia en la mayoría de las materias que hacen al paradigma de crecer. Solo como mención y utilizando a Uruguay como ejemplo: los programas de mejoramiento de pasturas, que han sido una de las bases de la modernización de nuestro sector agropecuario, tuvieron su origen en un proyecto del BM de adopción del paquete tecnológico neozelandés. Más recientemente, la explosión del sector forestal tuvo como punto de arranque otro programa de esa institución.

Pero hoy, la parte de esa frontera tecnológica que aun luce ignota para la mayoría de los países es accesible por otros medios y generalmente aportada por la inversión privada, en particular la de origen extranjero. Salvo para las naciones extremadamente pobres y débiles institucionalmente, la demanda por servicios de esos organismos se encuentra reducida.

INFRAESTRUCTURA. Lo que continúa siendo una carencia para la mayoría del mundo en desarrollo, y en el pasado era el caballito de batalla de los programas de préstamos de los bancos multilaterales, se enfrenta con un desafío doble. Primero, la restricción fiscal le impone límites a la obra pública. En segundo término, han aparecido nuevas formas de financiamiento competitivas en costo y plazos, que pueden acomodarse a las necesidades de emprendimientos donde participan asociados en grados diferentes según las circunstancias, el sector público y privado. Además, poseen la ventaja que la restricción fiscal no actúa como tope relevante al tamaño de la operación. Los fideicomisos de obra pública son uno de sus ejemplos típicos.

QUHACER. Como primer comentario, entendemos que siempre es mejor reformar que empezar de cero. Por tanto, nos parece inapropiado crear nuevos organismos sustitutivos regionales o subregionales, pues seguramente se corre el riesgo de replicar a otra escala las carencias de los organismos actuales. El mundo tiene ya una cobertura suficiente de bancos multilaterales y regionales como para agregarle otros. La propuesta para crear el llamado Banco del Sur contiene ese riesgo original, que convierte la propuesta en inapropiada.

Lo que importa es introducirles a los existentes cambios en su operativa adaptándolos a los nuevos requerimientos, abandonando si es necesario actividades y, por tanto, achicándolos. Hoy son una gran burocracia pública internacional, sobredimensionada, que debe competir con nuevos jugadores y enfrentar nuevos problemas.

Sus modalidades de préstamos deben modificarse, actuando más como emisores de garantías para abaratar el costo del acceso al financiamiento de origen privado, que como oferentes de fondos frescos. Estos debieran reservarse para accederlos con agilidad en momentos de astringencia financiera internacional. Debieran ser más agresivos en buscar fórmulas para prestar en las monedas de los prestatarios, a efectos de mitigar el impacto de una eventual crisis financiera, usando su condición única de contar con una cartera de prestatarios cuyas monedas en su mayoría están correlacionadas en sus movimientos respecto al dólar o el euro. Eso los capacita a absorber con bajo riesgo el descalce entre las monedas de su fondeo y la de los préstamos.

Concluyendo, el mundo sigue con este punto pendiente, que no es menor, y que hechos circunstanciales lo desnudan de tanto en tanto.