Sarkozy asume prometiendo un rápido cambio en Francia

Hoy es el día en que comienza a cumplir las promesas. El presidente Jacques Chirac le dejará el cargo ante un país que espera con una extraña combinación de celebración y aprehensión. Como Sarkozy es conocido por su hiperactividad, nadie duda que se moverá rápido.

La victoria de Sarkozy no fue abrumadora. Pero seis puntos por encima de su rival socialista, Ségolene Royal, fue la mayor ventaja para un candidato gaullista -aparte del triunfo aplastante de Chirac sobre el ultraderechista, Jean-Marie Le Pen en 2002- desde Georges Pompidou en 1969.

Fue una actuación muy destacada. Hasta hacía pocas semanas, Sarkozy era parte de un gobierno impopular con un presidente desgastado. Después de 12 años de Chirac esta era una elección para los socialistas. Como terminó resultando, Sarkozy se logró vender como una fresca fuerza de cambio, mientras Royal no convenció. Su mensaje fue incoherente: hizo 100 promesas de campaña, «sobraban 99», como apuntó un estratega político estaodunidense. El plan de Royal no fue creíble: habiendo denunciado a los centristas antes de la primera vuelta, dio una vuelta en U para cortejarlos para el balotaje. Y su papel en un debate televisivo dejó dudas sobre su carácter: su explosión de lo que ella llamó una «sana bronca» contra Sarkozy quedó demasiado agresiva y sin razón aparente.

Sarkozy, por su parte, se mostró muy preciso. Fue firme en un solo mensaje -Francia necesita un cambio y los franceses necesitan trabajar más- y lo endureció con un acento derechista de ley y orden que mantuvo incluso en la segunda ronda cuando necesitaba de los centristas. Eso le permitió llevarse dos tercios de los votos de Le Pen (que llamó a los suyos a la abstención) y dividir en partes iguales el aporte del centrista Francois Bayrou, aunque éste dijo que no votaría por Sarkozy.

A TRABAJAR. Con un desafortunado simbolismo, Sarkozy voló esta semana a Malta -junto con Cecilia, su esposa, y su hijo de 10 años- para pasar tres días en un yate privado, cortesía de un ejecutivo corporativo. La idea era prepararse para asumir. Pero las líneas generales de su programa, y su equipo están más o menos claras. Se espera que nombre a Francois Fillon, a quien lanzó en una polémica reforma de las pensiones y es su compañero de los ejercicios matinales, como primer ministro. Prometió un gabinete pequeño, de 15 miembros con la mitad de los puestos para mujeres. Incluso le encontrará algún lugar a algunos socialistas o de las minorías étnicas.

Los primeros meses estarán marcados por un tourbillon de actividad. Seguramente Sarkozy vaya a Berlín en su primer viaje al extranjero, para revivir la alianza franco-alemana y consolidar su lazo con la canciller, Angela Merkel. También irá por Bruselas para mostrar que, después de la parálisis de los años de Chirac y el rechazo a la consitución europea, Francia «regresa a la escena de Europa».

Sarkozy marcará una diferencia con la era Chirac, no sólo en tono, sino también en sustancia.

Es más instintivamente simpático tanto para Israel como EE.UU. que cualquier otro líder francés en 40 años; quiere una línea más dura con Rusia e Irán. Sarkozy ha llamado a EE.UU. «la más grande democracia del mundo» y se mostró inmensamente contento en septiembre después de un encuentro con George W. Bush en Washington. Se ha dicho «amigo» de Tony Blair.

Sin embargo, hay casi un peligro de que los amagues atlanticistas de Sarkozy hayan llenado de falsas expectativas a Washington y Londres. El nuevo presidente, ciertamente, evitará lo que llamó la «arrogante» amenaza de vetar una acción militar de la ONU en Irak en 2003. Sin embargo, respaldó el rechazo de Chirac a la invasión. Explícitamente le dijo a los estadounidenses en su primer discurso que «la amistad significa aceptar que los amigos pueden pensar diferente». Algunos de los puntos de vista de Sarkozy chocan directamente con los de EE.UU. y Gran Bretaña, incluyendo su vehemente hostilidad al ingreso turco a la Unión Europea, sus dudas sobre mantener soldados franceses en Afganistán y su proteccionismo industrial dentro de Europa. Sarkozy, como presidente, será un aliado transatlántico más tranquilo pero no será pan comido.