Se fue sin rendir cuentas

Pronunció el nombre de su esposa, Lucía, y expiró, según indicó la cadena CNN. El ex dictador chileno Augusto Pinochet falleció ayer a las 14.15 horas local (a las 15.15, hora de Uruguay). Murió a los 91 años junto a su familia por una “descompensación aguda en forma brusca e inesperada”, señaló un comunicado del Hospital Militar, donde ocho días antes había sido internado por un infarto y un edema pulmonar.
Considerado por unos el salvador de Chile y por otros el más despótico de los dictadores, el militar falleció sin que la Justicia lograra ponerlo tras las rejas.

Vivió arropado por la polémica y así murió, en un país dividido en el que, mientras unos lloraban desconsolados, otros descorchaban champán (ver página siguiente).

Falleció el día del cumpleaños de su esposa y –paradójicamente– el Día Internacional de los Derechos Humanos.

Desde el comienzo de su dictadura en 1973, Pinochet hizo actuar a una Policía represiva que persiguió sin piedad a las autoridades y a partidarios del gobierno del ex presidente Salvador Allende, al que derrocó. Su régimen concluyó con un saldo oficial de 3.197 disidentes muertos, entre ellos 1.200 detenidos-desaparecidos, y un millón de exiliados.

A la sombra de los discípulos de Milton Friedman y la Escuela de Chicago, impuso un modelo liberal.

Para los hombres de negocios, la derecha y los grupos nacionalistas, Pinochet fue “el hombre que salvó a Chile del comunismo” y logró el despegue de la economía al privatizar grandes empresas del Estado.


Causas truncas. Como contracara del despegue económico, cientos de fusilamientos de opositores y sindicalistas fueron la primera señal del costo que pagaría la sociedad chilena.

En 1988, Pinochet perdió una histórica batalla, cuando en el plebiscito del 5 de octubre más del 53% de los votantes dijo “No” y frustró su intención de seguir en el poder hasta 1997.

Pinochet entregó el poder a Patricio Aylwin el 11 de marzo de 1990, pero siguió al frente del Ejército hasta marzo de 1998, cuando entregó el mando para asumir sus nuevas funciones de senador vitalicio y partir a Londres siete meses después, para lo que sería el más prolongado y el último de sus viajes. Allí comenzaría su ocaso.

Pinochet fue detenido en una clínica de Londres –donde se recuperaba de una operación a la columna– a petición del juez español Baltasar Garzón, por los desaparecidos españoles durante la dictadura chilena.

Tras 503 días en Londres, regresó a Chile, donde fue privado de su inmunidad parlamentaria el 8 de agosto de 2000, para dar paso al proceso que abrió el juez Juan Guzmán Tapia por los 75 asesinatos de la Caravana de la Muerte que recorrió el país en octubre de 1973.

A partir de allí vendría para el ex dictador una batalla legal, con más de 300 querellas, que lo perseguirían hasta el fin de sus días.

Las causas eran por los crímenes de la Caravana de la Muerte, La Operación Cóndor –la coordinación de los servicios de Inteligencia de las dictaduras del Cono Sur entre los años de 1970 y 1980–, la Operación Colombo –un montaje para encubrir la desaparición de 119 militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria–, los desaparecidos de la Villa Grimaldi y por millonarias cuentas secretas que revelaban corrupción.

Sin que la Justicia lograra condenarlo, Pinochet murió y como católico, las cuentas ahora sólo las rendirá ante Dios. (Con AFP, AP y EFE)