Todas las sospechas se dirigen a Pakistán

Esto fue en Pakistán, el 12 de enero de 2002.

Esta semana, se supo que tres de los cuatro atacantes involucrados en los atentados de Londres habían estado hasta tres meses en Pakistán el año pasado. Y ayer, las autoridades paquistaníes anunciaron que detuvieron a más de 200 presuntos islamistas, entre ellos a un sospechoso «importante», en redadas policiales llevadas a cabo tras los atentados del 7 de julio en Londres, donde murieron 56 personas en cuatro atentados con bomba.

Más allá de las promesas y los desmentidos del gobierno, los grupos radicales continúan operando en Pakistán. Las escuelas religiosas o madrasas aún adoctrinan y reclutan muchachos para pelear en el extranjero. Varios líderes y miembros de estos grupos extremistas están otra vez en la calle. Ahí están los campos de entrenamiento, aunque, como dijo un diplomático, simplemente «cambiaron de dirección».

RENOVADO. Ahora, las autoridades paquistaníes respondieron a los ataques de Londres con una investigación de cualquier potencial vínculo y con un llamado a un renovado ataque a los grupos militantes. Pero la pregunta es si los nuevos esfuerzos van a ser más eficaces que los anteriores.

El lunes, un editorial del Daily Times, un diario local en inglés, se preguntó en su portada: «¿Aún es Pakistán, una plataforma para el terrorismo?»

Si los sospechosos de los atentados en Londres vinieron aquí buscando contactos con extremistas, no deben ser los únicos, especulan las autoridades.

Otro británico de origen paquistaní, Zeeshan Siddique, fue arrestado aquí en mayo. Está siendo investigado por sus lazos con grupos islámicos radicales y con planes de atentados en Londres. Un diario personal que llevaba Siddique incluye una anotación el 6 de marzo de 2005, en la que lamenta que uno de sus contactos se está «acobardando». Una semana después se entera que el «vagón fue retirado». Las autoridades británicas están intentado discernir si «vagón» se refiere a un plan de atentado.

Oficialmente, las autoridades se cuidan de llegar a la conclusión del papel de Pakistán en los ataques de Londres. Vehementemente rechazan la existencia de campos de entrenamiento. Aseguran que la reforma de las madrasas ya comenzó y se acelerará. Señalan que los grupos militantes han sido oficialmente prohibidos y que cientos de paquistaníes murieron enfrentándose a las fuerzas talibán en la frontera con Afganistán.

«Visitar Pakistán no significa que haya una conexión con los ataques», afirma el vocero de la cancillería. «El presidente Musharraf ha insistido en que no le permitirá que el extremismo y el terrorismo florezcan en Pakistán. Hay un compromiso total. Hay que hacerlo paso a paso».

incambiado. Pero diplomáticos, analistas e incluso algunos líderes religiosos, que no es tan así. En un estrecho callejón en la antigua ciudad de Lahore, uno de los líderes religiosos oficialistas dice que, más allá de la prohibición, a algunos grupos se les permite seguir funcionando.

«Lo que estaban haciendo, lo siguen haciendo», asegura el líder, Ajmal Qadri, el principal de una seminario inspirado por austera secta de los Deobandi. «Están reclutando. Tienen misiones en Cachemira. El entrenamiento sigue. Oficialmente están prohibidos. En realidad siguen en actividad».

RUTINA. Desde que Musharraf prometió la embestida contra el terrorismo, se ha seguido un modelo conocido. Un ataque mortal es seguido por una publicitada respuesta. Los grupos son prohibidos. Los militantes, arrestados.

«Ese es el camino habitual, van por ellos y después de dos meses, no hacen nada más», asegura Hasan Askari Rizvi, un analista militar en Lahore. «Eso les da a esos grupos un espacio para respirar y así pueden sobrevivir».