Trágicas inundaciones: ratas, robos y riesgos sanitarios

El foco de luz blanca en la mano de Jonathan López barrió lentamente la oscuridad nocturna del Barrio Oeste de Mercedes, hasta que de pronto iluminó una espalda. El tipo, que estaba trepado a un muro con una olla en la mano, ni siquiera se dio cuenta de que lo estaban viendo.
Jonathan apuntó con su rifle y colocó el índice en el gatillo. “Tenía la nuca en la mira”, dijo a El Observador. Pero alguien le tocó el hombro, alguien le dijo que lo pensara dos veces, que no valía la pena estar tres o cuatro años en la cárcel por una olla. Jonathan bajó el arma. Junto a sus compañeros escuchó el ruido de los remos de la chalana del ladrón, que se alejaba sigilosamente del lugar. “No es justo”, se quejó Jonathan mordiendo rabia, “no es justo”.


La presencia de extraños en las viviendas que quedaron abandonadas en la zona inundada de Mercedes es frecuente. En este caso era una olla. Otra salida con más suerte puede deparar un freezer, un dvd, un televisor que la gente dejó en un altillo. Muchos vecinos se quedan acampados en los techos de sus casas, algunos armas en mano, otros solo con su presencia, con la intención de defender lo que les queda luego de que el agua subiera todos los recórds de creciente menos el del legendario año 1959.

Durante el día las chalanas se desplazan con remadas lentas y cadenciosas por un agua marrón, que tiene la textura del aceite, que en algunos lugares presenta pequeños torbellinos de ebullición, como si alguien hirviera algo en las profundidades turbias. Pero la realidad, en este caso, es menos poética: esos remolinos son, la mayor parte de las veces, pozos negros que continúan eliminando materia. Esta actúa por efecto de la gravedad, por lo tanto sale a la superficie por donde se le hace más fácil. El asistente de ingenieros de OSE Roberto Alba explicó a El Observador que los caños que mandan la materia al río se hallan varios metros por debajo de nivel del agua, por lo que el camino más corto es que rebalse hacia atrás, y salga a través de los inodoros. El aire frío y cortante, con ausencia de viento, solo hace que el olor pútrido sea más penetrante.

Consultado por El Observador, el jefe de Policía de Soriano, Julio Martínez dijo que su fuerza actuará cuando alguien haga una denuncia. “Hasta no hay ni una”, afirmó. La Policía local patrulla las calles secas del barrio, mientras personal de la Prefectura de Fray Bentos realiza vigilancia en gomones.

Los vecinos de las casas adyacentes, las que están a metros de donde se detuvo providencialmente el agua del río Negro, también están preocupados por, pero por otros visitantes. Cientos de ratas y ratones invadieron casas y baldíos, huyendo de la creciente. Ubicados tradicionalmente en los bajos del río, en las zonas de cañadas y cunetas donde se acumula la basura, los roedores debieron retroceder ante el embate de las aguas. La subida desbalanceó el equilibrio humano y también el animal. Las ratas coparon el fondo de una vivienda donde se acumuló gran cantidad de plástico, espuma-plast y cartón, un sitio ideal para resguardarse. Basta remover un poco los cartones y las botellas vacías para verlas correr y esconderse.

Y esto es recién la primera parte del problema. “Si es bravo salir es más bravo volver”, afirma Fernando, que tiene todavía grabada en la memoria la marca de humedad que dejó la crecid del ´59 en la pared de su casa. “Uno le pasaba cloro y cloro y no salía”, concluye. Los vecinos siguen alerta. Los ladrones siguen con intenciones de volver. La policía todavía lo ve de afuera. Dos sonidos comparten la noche fría y mojada de Mercedes: algún tiro perdido, al aire o quizás dirigido contra algún forastero, y los leves chillidos agudos de las ratas que pululan, igual que los humanos, buscando calor y comida.