Tras la muerte de Yasser Arafat

Hace un par de décadas un senador socialista español me confió un curioso secreto: poco antes de la muerte de Franco, ocurrida en 1975, el dictador libio Gadafi le había entregado cincuenta mil dólares para ayudarlo a liberar Andalucía del control tiránico de Madrid. Gadafi soñaba con la restauración en el sur de España de un estado islámico que recreara la gloria de Granada, el último reducto moro establecido en la península ibérica, ocupado por los Reyes Católicos en 1492.

El senador de marras —que entonces era un joven revoltoso— se embolsó los cincuenta mil dólares y se olvidó del asunto, pero lo que la historia tiene de interesante no es la pícara estafa del político español, sino la memoria enfermiza de Gadafi: para el coronel libio, Granada no era un episodio remoto ocurrido hace medio milenio, cuando Colón descubría América, sino un agravio vivo y vigente contra el Islam que merecía ser vengado a sangre y fuego en nuestros días.

Hay algo terriblemente enfermo en una cultura en la que no existen el perdón ni el olvido, permanentemente vuelta hacia el pasado, convencida de que todas las verdades ya han sido inscritas en un libro sagrado que determina quiénes son los infieles que deben ser sometidos o exterminados. Es en esa aberración moral donde radica la infinita capacidad de los árabes musulmanes para hacer y hacerse daño sin el menor vestigio de remordimiento. Algo que nada tiene que ver con la existencia de Israel o con la postura de Estados Unidos, como se comprueba en las periódicas masacres de Sudán, Argelia, Siria, Jordania o en el Irak de Saddam Hussein.

Esta reflexión viene a cuento de la muerte de Arafat. Es verdad que su desaparición abre cierto espacio a la esperanza de que se entronice la paz en el Medio Oriente, si heredaran su autoridad unos palestinos dispuestos a convivir serenamente con Israel, pero quien conoce el comportamiento despótico de las clases dirigentes árabes, su manifiesto desprecio por la vida humana y el culto por la violencia que las domina, no puede hacerse demasiadas ilusiones.

Por otra parte, es difícil creer que el conjunto de la sociedad palestina realmente simpatiza con los asesinos de Hamás, Hezbolá o la Yihad Islámica. La culpable es la élite, que establece su jerarquía por medio de la fuerza y el sometimiento de los débiles. Las personas corrientes y molientes tienen que estremecerse de horror ante los suicidas-asesinos que se atan una bomba a la cintura para volar un autobús o un supermercado. Y esas mismas personas deben estar cansadas de vivir en una polvorienta miseria, aterrorizadas por sus propios matones, en medio de una atmósfera de heroísmo sanguinario alimentada por las víctimas que le provocan al enemigo —aunque sean unos niños inocentes—, o por los «mártires» que aportan, jóvenes fanáticos convocados a la muerte por medio de las peores supersticiones y las más viles promesas.

Los palestinos están entre los árabes más educados. Saben que si pudieran erigir un Estado pacífico, democrático y honrado —no esa satrapía corrupta y brutal que hasta su muerte dirigía Arafat— llovería sobre el país una generosa cantidad de ayuda norteamericana y europea, además de la que probablemente aportarían Arabia Saudita, Kuwait o los Emiratos Arabes, y en el curso de una generación habrían conseguido crear una nación próspera y desarrollada. Pero, ¿cómo sacudirse de encima a la clase dirigente? ¿Cómo se entierra una cultura anclada en el pasado, más interesada en vengar viejos agravios, reales o inventados, que en construir un futuro venturoso? Nadie tiene una respuesta.