Un momento difícil para Bachelet

Es que sobre la presidenta se fueron levantando presiones… Desde su propio partido (sobre todo por el sistema de transporte) y también desde la derecha (por el conflicto del Sur con los mapuches). El análisis es del periodista Horacio Brum, desde Santiago de Chile.
(Emitido a las 8.25)

JOSÉ IRAZÁBAL:
La presidenta chilena, Michelle Bachelet, atraviesa momentos muy difíciles y movidos en la interna.

Desde el cierre del año, desde mediados del año pasado en adelante, la mandataria se ha visto envuelta en una crisis de popularidad muy fuerte, que no para de acentuarse. La jefa de Estado se reunió ayer con los líderes de todos los partidos políticos para fijar una posición nacional única en torno a la próxima instancia en el tribunal de La Haya por una disputa territorial con Perú.

Sin embargo, este no es el único problema que preocupa a Bachelet por estas horas. La semana pasada llevó a cabo un cambio radical de gabinete, que implicó la sustitución de seis ministros y 12 subsecretarios. Por si fuera poco, a comienzos de este año, un hombre de 26 años perteneciente a la etnia mapuche fue asesinado por la Policía en un enfrentamiento en la zona de Vilcún, en la Araucania chilena, unos 700 kilómetros al sur de Santiago de Chile.

Para analizar esta situación, que tiene que ver con el panorama político chileno, que está muy movido, para ver qué está pasando con la imagen de la presidenta, estamos en diálogo con nuestro corresponsal en Santiago, Horacio Brum.

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JI – Bachelet atraviesa un momento complicado. Y me animo a agregar otro tema, que se dice que fue el detonante de esa caída de imagen de la mandataria, que es el famoso Transantiago: el sistema de transporte que tantos dolores de cabeza le ha generado a este gobierno.

HORACIO BRUM:
Indudablemente es el tema que ha tenido más impacto popular, sobre todo en la capital, porque se prometió a la gente –incluso hubo videos de promoción con Iván Zamorano, el famoso jugador de fútbol chileno– un sistema de transporte del primer mundo, con gente bien tratada, llegando a tiempo y demás. Pero poco a poco todo ha ido volviendo al viejo estado de cosas. De hecho, el gobierno ha tenido que agregar más líneas, más recorridos y han vuelto todos los viejos ómnibus pintados con los colores reglamentarios del nuevo sistema. En realidad se notan muy pocos cambios, con la excepción de algunos buses nuevos.

JI – El fracaso le costó caro a la mandataria. Terminó afectando su imagen. Aunque en realidad el sistema venía del gobierno de Lagos.

HB – Sí. Es uno de los inventos de Lagos, que tenía una verdadera obsesión por modernizar a Chile. En ese marco habría que poner la figura de Bachelet, que fue creada por Lagos, para quien tener una mujer en la Presidencia era un símbolo claro de modernización. Lo cierto es que Bachelet heredó muchos de los problemas que creó Lagos con su obsesión por modernizar al país.

JI – Hoy parecen haber cambiado los temas de la agenda. Ayer la presidenta dio una señal muy fuerte al convocar a todos los partidos políticos para hablar sobre la puja con Perú en el tribunal de La Haya por el tema de los límites.

HB – Este es otro problema viejo. Perú lo planteó en las postrimerías del gobierno pasado, cuando Toledo estaba muy de `capa caída´ en términos de popularidad. El tema tiene cierta lógica. Se trata de la modernización de la línea de frontera marítima. Pide que se la establezca, como se hace actualmente en la mayoría de los países, incluso en América Latina, como la perpendicular a la línea de frontera que se proyecta desde la costa. Hoy la línea de frontera corre en paralelo a la costa, lo que genera una cierta anomalía, por lo que Perú reclama unos kilómetros cuadrados de territorio. Alan García, que ha establecido una relación muy buena con Bachelet, ha dicho que el diferendo debe resolverse en la Corte Internacional de La Haya, en un paralelismo con lo que está sucediendo entre Uruguay y Argentina.

FERNANDO ROSENBLATT:
Se está encapsulando el conflicto…

HB – Exactamente. Se lo está tratando de dejar aparte, porque hay factores importantes. Uno es el acercamiento que planteó García a Bachelet y otro son las importantísimas inversiones chilenas que se están haciendo en Perú. De manera que Perú remite todo esto a La Haya, y Bachelet, producto de la política interna, de algunos sectores nacionalistas duros que de tiempo en tiempo resurgen, ha tenido que recurrir a estos llamados a la unidad nacional, a reunir a los líderes políticos, a solicitar apoyo del Parlamento y demás. Pero seguramente no va a pasar más allá de eso.

JI – Ahí hay una gran diferencia entre el conflicto Uruguay-Argentina, con un diálogo bastante trancado entre ambos gobiernos en los últimos tiempos, y esta relación bastante aceitada entre Alan García y la presidenta Bachelet.

HB – Exactamente. García ha declarado que este asunto debe quedar en los tribunales internacionales. Tampoco hay un factor de irritación como los piqueteros argentinos en los puentes. La relación fronteriza continúa muy fluida. Hubo alguna declaración poco feliz en estos últimos días del ministro de Defensa chileno, que dijo que a Chile le sobraban 1.000 millones de dólares, producto de las grandes ventas de cobre, con los que podría comprar armamento, lo que causó alguna irritación en Perú.

JI – ¿Cómo se leyó esta reunión a la que convocó Bachelet ayer a los partidos políticos chilenos?

HB – En general, todo el espectro, de izquierda a derecha le dio su apoyo a la presidenta. Hicieron grandes declaraciones públicas, salieron en los medios… Pero en un análisis un poco más cuidadoso, se puede decir que hubo, si no un intento explícito, sí una razón muy conveniente para convocar a esta reunión. Porque lo que está ocurriendo en el sur es importante desde el punto de vista interno. Aunque el gobierno se niega a reconocerlo como tal. En el sur está surgiendo un problema que para algunos es de terrorismo y para otros son pequeños movimientos guerrilleros en la zona mapuche.

JI – En general por aquí se tiene muy poca información sobre ese fenómeno que se está generando en el sur de Chile.

HB – En Chile hay por lo menos un millón de personas que incluso en los censos se reconocen como de origen indígena. La mayor parte de ellas son mapuches que están en la zona del sur, a unos 800 kilómetros de Santiago, que históricamente fue donde los indígenas resistieron más a la conquista, prácticamente hasta las últimas décadas del siglo XIX. Luego esa gente fue entregando sus tierras, ya fuera por la fuerza o por engaño, y modernamente, en las últimas décadas, sobre todo a partir de la llegada de la democracia, se ha dado la paradoja de que aprovechando los beneficios que han dado los gobiernos democráticos para educar a los jóvenes de esas etnias y demás, se formó un movimiento de conciencia indígena que tiene buenos contactos internacionales y que ha planteado la posibilidad de desarrollar algún tipo de autonomía, como se plantea en otros países del mundo, para los indígenas. De hecho, una de las luchas fue para que Chile ratificara el convenio de la Organización Internacional del Trabajo que reconoce una serie de derechos indígenas.

Una parte de esta gente ha recurrido a la violencia, sobre todo contra símbolos que ellos ven como de expoliación de los mapuches, como las forestales, que son los principales latifundistas de la zona, y algunos hacendados duros que durante la época de Pinochet utilizaban sus contactos para reprimir a la gente de la zona, estuviera esta politizada o se tratara de simples trabajadores que reclamaban sus derechos. Y en el marco de estas protestas ocurrió la muerte de un joven mapuche, según los análisis de la Policía de Investigaciones –que es la policía civil chilena– muerto por la espalda por los carabineros, por la policía que ejerció la represión.

JI – ¿Es un movimiento de dimensiones importantes?

HB – En términos de simpatía sí. Es un movimiento que tiene cierta importancia. Es muy popular sobre todo entre los estudiantes de las universidades del sur, pero no se ha podido realizar una estimación en términos de la gente que está en primera línea realizando actos violentos, cuántos son, porque funcionan con un sistema de células muy hermético, muy cerrado, que hace imposible determinar su número. Se mimetizan con las comunidades mapuches campesinas del sur, se pierden en esa zona. Gozan de protección y por lo tanto hasta ahora no hay una estimación. Lo que sí se puede ver es que sus actos son espectaculares. De hecho, en estos días cortaron carreteras, quemaron camiones, cortaron la carretera principal que conduce hacia el sur y trataron de disuadir a los turistas con algunos actos para que no fueran a la zona. Generan amplia cobertura de prensa, lo cual preocupa a la derecha chilena, que presenta el fenómeno como un rebrote del izquierdismo extremista, etcétera, con desórdenes y demás.

JI – ¿Cómo se para el gobierno de Bachelet ante este fenómeno?

HB – El gobierno prefiere tratarlo como disturbios y desórdenes. La derecha le pide que aplique la ley antiterrorista, que es una ley muy draconiana, muy severa, con visos de la herencia del régimen militar. Pero el gobierno se niega a aplicarla, se niega a declarar un estado de emergencia en esa zona y simplemente se hace parte en los juicios contra la gente que es descubierta y capturada ejecutando actos violentos. Hay protección policial a las haciendas, a los lugares que son atacados por esta gente, y de hecho el episodio del joven muerto se produjo dentro de ese marco, en un enfrentamiento con carabineros que custodiaban una hacienda que había recibido más de 40 ataques de los mapuches. No hay un reconocimiento del gobierno de que aquí tenemos un problema grande, un problema serio, un problema grave.

FR – Hay otros asuntos que tienen que ver con lo político más partidario que también están moviendo el escenario en Chile. El gobierno ha perdido la mayoría en ambas cámaras del Congreso, por deserciones de diputados de las filas de la Concertación.

HB – Exactamente. A Bachelet le está costando mucho mantener la cohesión de la Concertación. La división más grande se produjo hace algunas semanas, cuando un senador que representa al sector más derechista de la Democracia Cristiana decidió no votar con su partido en los temas que enviaba la Presidencia al Congreso. Eso, sumado a la incertidumbre que hay en la Cámara de Diputados por otros diputados que han adoptado esa actitud, crea un cierto problema de gobernabilidad interna en esta alianza que Bachelet no ha podido dominar. De hecho, a raíz de la salida del ministro del Interior, hay gente que acusa a la presidenta de ser muy hermética en su toma de decisiones, de ser muy personalista o muy secretista, y sostiene que eso está perjudicando a la Concertación, que es una alianza bastante variopinta, con partidos que van desde una izquierda clásica hasta una izquierda renovada, hasta, como es el caso de este senador que desertó, alas de Democracia Cristiana, francamente alineadas con la derecha.

FR – ¿Cómo se interpreta este cambio tan importante en el gabinete?

HB – En parte, el cambio obedece a un conjunto de presiones que se fueron levantando dentro de su propio partido, sobre todo por el tema Transantiago, a presiones de la derecha a través de los medios y –aunque el lazo no se ha establecido aquí en Chile– al problema del conflicto en el sur. Porque el cambio drástico se produjo pocos días, pocas horas después de la muerte del joven mapuche en las protestas. El símbolo del cambio de gabinete es el ministro del Interior, responsable de la Policía y reconocido como un hombre de mano dura en todo lo que tiene que ver con el orden interno.

De modo que hay una serie de causas, pero ya están comenzando los contra-análisis. Porque ese cambio de gabinete incluyó cambios que no se explican, de ministros que estaban haciéndolo bien, como es el caso del ministro de Agricultura, un hombre con cierta experiencia en el asunto que fue sustituido por una mujer que estaba como embajadora en Alemania, que es asistente social de profesión y no tiene –ella misma lo confesó en algún momento– ningún conocimiento de agricultura. De manera que volvemos a una situación un poco confusa, que seguramente va a tener repercusiones en el mediano plazo en términos políticos.

FR – Las distintas notas de prensa consignan que, a pesar de estos cambios de nombres, no hay un cambio en la orientación general política del gobierno. ¿Es así?

HB – Exactamente. Porque el hombre clave, que en Chile domina la escena del gabinete, es el ministro de Hacienda, Alejandro Velasco, que es que toma las grandes decisiones económicas. De manera que en ese sentido no se prevén cambios radicales, a pesar de que el ministro de Hacienda es criticado dentro de la misma Concertación por su rigidez en los temas económicos.

Tampoco ha habido cambios en términos de las relaciones exteriores. El ministro Alejandro Foxley permaneció en su cargo. Sí puede haber cambios dentro de la Concertación, en los equilibrios de poder dentro de la Concertación, que hay que ver cómo evolucionan a partir de este cambio de gabinete.

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Edición: María Eugenia Martínez