Una nación impactada por el horror del desastre.

Las cifras dan una clara idea del terrible azote que llegó al sudeste de los Estados Unidos: miles de muertes, decenas de miles de heridos, US$ 30 mil millones de pérdidas por daños y derrumbe de viviendas, alumbrado, puentes destrozados, calles que desaparecieron, etc. y las plataformas de petróleo, unas semidestruidas, otras sin bombear, con 90% de la extracción paralizada y el 80% sin producir gas, más de 2.500.000 personas sin luz ni agua corriente y hay problemas en algunas zonas con el abastecimiento de comida y agua potable.

Los relatos de los corresponsales de las cadenas de televisión a su retorno a esta ciudad, las conversaciones directas que se trasmiten continuamente con gente que mira hacia donde estaba su casa y sólo alcanza a ver una chimenea o parte del techo bajo las aguas y ahora espera que un helicóptero venga a rescatarla, confirman la frase del gobernador de Louisiana, Ray Nagin, «esta es la peor de las catástrofes naturales de los Estados Unidos».

ESCENAS DE DOLOR. En esas miles de escenas de dolor y tristeza, que desde hace 72 horas no dejamos de observar en las pantallas, nos quedaron grabadas dos en la retina, aunque hubo miles parecidas y con el mismo dramatismo. Una de ellas la vivimos con una abuela de raza negra, voluminosa, con su pequeña nieta, de apenas cinco o seis años, nadie sabe la razón por la cual no se evacuaron con el resto de la familia, ella sólo clama: «¡salven a Joan!», mientras abraza a la niña, en un intento de protección que no da mucha seguridad. Finalmente llegó el helicóptero y después de cuatro idas y venidas de la silla colgante, con un marino que la llevaba entre sus brazos y dos de las veces quedaron sumergidos en las aguas, el helicóptero encontró la fórmula para detenerse en el aire y sentar a la chiquita, que lloraba amargamente, no quería dejar a su abuela. Entre frases suaves para calmarle y un poco de fuerza para obligarla a quedar bien agarrada a la silla, fueron subiéndola; la tarea demoró entre los vaivenes en el aire, los gritos de alarma y desesperación de la abuela, precariamente sentada en el techo de la vivienda, unos 15 minutos que a todos nos parecieron largas horas. La niña entró en el helicóptero, en ese mismo momento, la abuela que no había dejado de expresar su angustia con vigor, cayó y quedó semicolgada. El marino volvió a buscarla, no sabemos si la abuela perdió las fuerzas al sentir que su nieta estaba salvada, sufrió un desmayo o algo peor: No llegamos a conocer el final.

El otro relato tan doloroso como el anterior, lo observamos en Biloxi, en Mississippi, ciudad de 300 mil habitantes, vapuleada directamente por el huracán Katrina, con vientos de más de 200 quilómetros por hora y olas hasta de 6 metros de altura.

Una señora joven, Kathleen, muy rubia, dijo que tenía 27 años, abrazada a cada lado de dos pequeñas, también muy rubias, lloraban desconsoladamente, a veces con gritos que desgarraban. El relato, cortado por las lágrimas, paraliza y deja sin palabras a todo el que lo escucha. Estaba la familia en pleno en su casa, no esperaban que el «ojo de la tormenta» pasara por allí, hablaban de que el epicentro estaría lejano, en Nueva Orleans. De pronto todo el mundo cayó con su peso sobre ellos, el viento arrasador, agua a torrentes «que parecía una gigantesca catarata», explica la joven, objetos que volaban de un lado a otro de la calle,. Convino toda la familia en dejar la casa, luego de observar que el agua subía y subía en el interior, pero apenas el padre de la mano del más pequeño, Joe, de tres años, salió, el agua los arrastró y absorbió, nunca más los volvieron a ver, ni han aparecido los cuerpos. La casa está con el agua casi hasta el techo, la escuela de los niños fue destrozada por los vientos, el hombre, Henry, era el que trabajaba de técnico en computación. Una familia destrozada y por ahora sólo con el desahogo del llanto.

Esos son dos de los crudos hechos que nos impactaron. En tanto todo sigue, Bush adelanta el fin de la licencia, dos días, para asistir a las regiones en emergencia económicamente, autorizar la utilización del petróleo de reserva (hay 700 mil barriles en cavernas subterráneas en Louisiana y Texas para paliar el desastre actual), la Cruz Roja tiene 44 mil refugiados en 12 refugios, 500 mil habitantes de Nueva Orleans fuera de sus viviendas sumergidas a 8 metros de profundidad y además en estado de ley marcial para evitar los saqueos en los comercios vacíos.

Las autoridades todavía no se animan a realizar valoraciones definitivas sobre muertos, heridos y los montos millonarios de los daños. El drama todavía no terminó.