Violencia obligó a EEUU a adelantar su salida de Irak

Cuando su avión C-130 despegaba del aeropuerto de Bagdad, Paul Bremer debe haber sentido el alivio de los rehenes al quedar libres. Acababa, como administrador civil de Estados Unidos, de entregarle el poder al gobierno iraquí dos días antes de lo previsto y en una ceremonia secreta.
Bremer dejaba atrás el peor trabajo del mundo: administrar una posguerra cargada de muertes, terrorismo, odios raciales y la latente amenaza de que un atentado terminara su gestión de la manera más brusca.

La entrega del poder a los iraquíes –primer paso hacia una democracia representativa prevista para fines de 2005– estaba prevista para mañana pero el temor de un gran ataque obligó, no sólo a adelantar la fecha, sino también a realizar la ceremonia en un lugar secreto y con escasos testigos.

Ya el nuevo primer ministro, Iyad Allawi había anunciado que la ceremonia se adelantaba por “motivos de seguridad”.

La insurgencia, que no acepta al nuevo gobierno, había aumentado significativamente las acciones de violencia incluyendo la decapitación de dos rehenes extranjeros. Estados Unidos acusa de la violencia a Al Qaeda, aunque las autoridades locales le achacan los ataques a remanentes fieles a Saddam Hussein.

Ayer mismo, la cadena de televisión Al Jazeera informó que un grupo de milicianos iraquíes ejecutó a un soldado estadounidense, porque Washington no modificó su política en Irak. En un video se ve a militantes encapuchados disparar a quemarropa a un hombre.

En Estambul, durante la cumbre de la OTAN, el presidente estadounidense, George W. Bush, y el primer ministro británico, Tony Blair, compartieron una sonrisa y un apretón de manos en el momento exacto en que, a no muchos kilómetros, se cerraba la transferencia. Ambos ven el momento como una bendición no sólo para sus planes en Irak sino para su supervivencia política.

Como dejando atrás un mal sueño, Bremer salió enseguida de Irak después de 13 meses al frente del país al frente de la Autoridad Provisional de la Coalición. Horas después llegaba John Negroponte, ex embajador estadounidense en la ONU, a ocupar la sede diplomática en Irak. Su primera tarea fue restablecer las relaciones diplomáticas entre Washington y Bagdad.

La ceremonia tuvo lugar en un antiguo palacio de Saddam Hussein en Zona Verde, el perímetro de seguridad de Bagdad que también alberga el cuartel general de la coalición. El acto se limitó al intercambio de documentos y cumplidos protocolares.

El momento pasó desapercibido para la mayoría de los iraquíes. De hecho, todo indica que su vida cotidiana seguirá como siempre: la insurgencia no ha prometido acabar con la violencia, la transición política está llena de baches y la economía necesita cierta estabilidad social para enderezarse.

El recuerdo de Afganistán que a más de dos años de ser independiente es aún uno de los lugares más peligrosos del mundo tiene que estar en la mente de las nuevas autoridades en Irak. Su tarea, además de sortear la enemistad de los grupos islámicos, es la de preparar el terreno para elecciones libres.

Sin embargo hay algunas diferencias con el caso afgano. Porque aunque el Consejo de Seguridad de la ONU le dio al nuevo gobierno liderado por Iyad Allawi, un hombre cercano a Washington, plena soberanía, sus poderes estarán limitados por un Washington omnipresente en sus futuras decisiones.

Le estará impedido, por ejemplo, tomar decisiones políticas de largo plazo y no tendrá control sobre los más de 160.000 efectivos extranjeros (90% de ellos estadounidenses) que permanecen en Irak. Podría pedirles que se marchen pero no será el caso: para controlar el caos en que está envuelto el país necesita una gran ayuda de los amigos.

Además, antes de partir, Bremer dejó un par de edictos que revisan el código legal iraquí que, de acuerdo al Washington Post, “restringen el poder del gobierno interino e impone reglas creadas por Estados Unidos para la transición democrática iraquí”.

Entre las normas más controversiales está la creación de una ley electoral que le da a una comisión de siete miembros la capacidad de prohibir partidos políticos y sus candidatos.

Además, Bremer reservó puestos influyentes para iraquíes seleccionados personalmente por él. Para mantener el poder de la coalición en el nuevo gobierno colocó inspectores generales en cada ministerio y comisiones para regular las comunicaciones, las radioemisoras y la seguridad.

Pero Bremer también deja un país fracturado por la guerra, y que alberga a todo el odio estadounidense del islamismo extremista que anda por el mundo.

El traspaso de poder a los iraquíes aporta poco para cambiar esa situación, pero en tiempos electorales, es un paso necesario para Bush para quien el fantasma de una derrota electoral en noviembre tiene la cara de la caótica posguerra iraquí. Un fantasma que se cobró la vida de más de 700 de sus soldados.